Por Mel Adames
En tiempos de incertidumbre y desasosiego, los llamados a la oración por esta o aquella situación, por este o aquel desastre natural, son muchos y frecuentes.
Como reacción y respuesta a esas convocatorias, nosotros entonces oramos, o pedimos que se ore, por las victimas de este terremoto aqui, o los desalojados de aquel huracán por allá; rogamos por los que pasan hambre aquí, o por los que sufren persecución por allá.
Pero yo no quisiera—ni siquiera por asomo—dar la impresión de que estas situaciones, condiciones, y tribulaciones, no sean desgarrantes o que, en alguma manera que aun nosotros mismos no entendemos, las mimas no sea lo que nos motive a semejantes despliegues de aparente solidaridad.
Y es que, ante tanto sufrimiento, dolor y miseria, es natural que nos sintamos así. Por el contrario, lo que no es no natural, ni real, es esperar que Dios realmente ha de contestar cada súplica, oración o plegaria—así porque sí.
Como Dios opera en base a su Palabra misma, y como Él no es hombre ni hijo de hombre para que se arrepienta, entonces no será tan difícil entender la razón por la cual Él no puede ir en contra de su misma naturaleza.
A esa capacidad de permanecer inmanente a las circunstancias del momento—a la cual el escritor del libro a los Hebreos llama la “inmutabilidad de su consejo”, es a lo que Dios obedece, más que a la inclinación de sólo atender a nuestras plegarias. [Hebreos 6:17].
Así que como se comprenderá, Dios no puede a cada momento, desprenderse de su propia esencia y carácter, para atender a cada una de nuestras rogativas, como si nuestra percepción de su providencia descansara en su asentimiento.
De hecho, si Dios fuera a responder en alguna, a todas nuestras quejas, oraciones y súplicas, Dios tendría que “revelarse” a nosotros, una vez más; Él tendría que darnos una versión nueva de las Escrituras para acomodar todo el desenredo y el entretejimiento que habría de tomar lugar.
De esa manera, y ante tan inmenso cúmulo de oraciones, Dios se vería entonces, forzado a “re-inventarse a sí mismo”—a fin de quedar bien con todos.
Tengamos bien presente que en realidad Dios no puede hacerlo todo, o concedernos todo—pues esto iría irremediablmente en contra de lo que Él es, y que nosotros, además, no somos capaces de hacer mucho, si no le tenemos a Él.
La realidad es que Dios no responde a todas nuestras súplicas—ni tampoco puede. Si recordamos que nuestros pensamientos no son como sus pensamientos, ni nuestros caminos, son como los caminos de Dios, entonces veremos claramente que Dios tiene cuidado de nosotros, y que É atiende a nuestras necesidades, aun antes de que nosotros se las contemos en oración.
Al asimilarlo de esta manera, se nos haría más agradable al paladar, entender que de dia a dia, Dios nos prodiga de sus misericordias, independientemente de nuestras súplicas y mucho antes de que las palabras contenidas en nuestras súplicas hayan sido elevadas a nuestra conciencia, antes de que estas sean procesadas por nuestro cerebro, y mucho antes de que estas sean, ulteriormente, emitidas por nuestros labios.
Sus Miscericordias son nuevas cada manana, escribe el salmista. Sus juicios son todos justos, escribiria Salomon. Dios no se equivoca—aun cuando no responda. En verdad Dios no tiene la obligación de hacerlo. Ya que El es soberano.
Dios tiene la autoridad y el poder de concedernos lo que Él quiera, aun cuando no lo hayamos pedido, o de negarnos lo que hemos pedido, aunque nos hayamos derramado en lágrimas, como sería el caso de muchos a lo largo de la narración bíblica.
De esa manera, y a raíz de la campaña proselitista que transcurre actualmente en los Estados Unidos, muchos han procedido a emitir convocatorias a la oración en favor de la todavía joven república del norte. Como bien yo señalara recientemente en las redes sociales, ciertamente “días oscuros se ciernen sobre los Estados Unidos.”
Lo que sucede en varios países, especialmente algunas naciones de Latinoamérica, es que cada vez que se declara algún tipo de tragedia o calamidad en los Estados Unidos, dicha noticia parece ser recibida con cierto aire de satisfacción y desdén—algo así como queriendo decir: ¡Qué bueno—se lo merecen!
Pero cuando esta es la situación, no quiere esto decir que debemos avalancharnos en una frenética peregrinación virtual, con la esperanza de que Dios quiera apiadarse de lo que esté o no ocurriendo en los Estados Unidos, o en cualquier otro país.
El mismo Hijo de Dios declararía que: La luz vino al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la Luz, porque sus obran eran malas”, eso debe darnos una pauta reverente por medio de la cual podamos comprender que Dios entonces no puede, aunque quisiera, contestar todas nuestras peticiones.
Y, esto, claro, es de mi propia especulación: cambiar el curso de la historia misma, en aquellas coyunturas en las que los hombres mismos ya se han cometido a un patrón de conducta, que los aleja de Él, no es algo para lo cual Dios haya asignado mucho tiempo. Dios prefiere estar más ocupado en tareas con fines más nobles, o que contengan las características propias de la Redención, hecha posible por medio de su Unigénito Hijo en la cruz.
Lo que pudiera estar ocurriendo con el actual proceso electoral en los Estados Unidos, no es, para sorpresa de muchos, resultado alguno de ningún desenredo profético.
Si este fuera el caso, esto último indicaría, necesariamente, que si Dios fuera a cambiar las conductas de individuos, de líderes, que si Él fuera a torcer la opinión pública de la sociedad misma, para alterar este o aquel desenlace, todo andamiaje profético, sin importar su factura, quedaría entonces muy mal plantado.
De una manera—que es en realidad un tanto preocupante—cada presagio de calamidades, ya sean estas inminentes o no, es rutinariamente recibido por la comunidad evangélica, como una causa o consecuencia de algún telón profético que de repente ha comenzado a ser izado.
Bueno, tal vez haya cierto grado de veracidad en la manera en las que esos presuntos presagios son analizados. Pero, afortunadamente, Dios no aflige voluntariamente a los hijos de los hombres.
Y, como esto último, es precisamente el caso, entonces los problemas que pudieran estar incidiendo en la vida cotidiana de los Estados Unidos, o de cualquiera otro país, son más bien resultados de conductas de individuos y líderes, o el lastre inevitable de conductas generalizadas por la sociedad misma.



