Entre la pared y una casa sin fundamento

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Por Mel Adames

El actual proceso electoral en los Estados Unidos atraviesa una de las más inciertas encrucijadas de los últimos años. Pero esto no es solo un «conveniente decir»; existen profundas y arraigadas tensiones a ambos lados del espectro político.

Lo cierto es que, esto no es cosa nueva. Este ha sido siempre el caso. Lo que si es nuevo es la dolorosa sensación generalizada, de que el electorado, habiendo perdido el rumbo, no sabe ahora hacia dónde dirigirse.

Esto no seria difícil de dilucidar, cuando se piensa que, como una nación — aun en sus años de adolescencia histórica y cultural — los Estados Unidos, durante los pasados 60 años, también han perdido el rumbo.

Y si esto último es indicación alguna de cómo las cosas han transcurrido en los Estados Unidos en las últimos décadas, solo hay que dar un vistazo a los dos candidatos planteados por los dos principales partidos políticos norteamericanos.

Los demócratas presentan la candidatura de Hillary Rodham Clinton. La señora Clinton, es la tristemente célebre esposa del también tristemente célebre, William Jefferson Clinton. Ambos han tenido sus «altas y sus bajas».

Las bajas de la señora Clinton, dejan mucho que desear. Sus «altas» solo evocan más preocupaciones. En la década de los años noventa, la señora Clinton emprendería una campaña para reformar y re envigorizar el Sistema de Seguros de Salud, pero este esfuerzo estuvo marcado por la corrupción, la ineptitud y las prebendas políticas.

En su desempeño como secretaria de Estado de los Estados Unidos, la señora Clinton no ha tenido «una mejor suerte».

En su gestión como canciller de la nación del norte, Hillary Rodham Clinton implementaría acuerdos geopolíticos mediocres, así como soluciones internacionales que impactarían negativamente la imagen de los EE.UU en el exterior, y que pondrían en peligro las vidas de muchos operativos norteamericanos desplegados en el Medio Oriente, el Sudeste Asiático y otras regiones.

Los excesos políticos, así como las descabelladas proposiciones — manchadas de corrupción y alevosía política — manifestadas estas en sus manejos de entidades de carácter «altruista» y sus descuidos políticos en la administración de sus haberes personales, colocan a la señora Clinton en una posición muy poco deseable.

Por el otro lado, Donald J. Trump ha estado plagado por una serie de malas decisiones, que han puesto «entre comillas» su preocupación social y la manera en que este acaudalado inversionista percibe los desajustes socio-políticos de la nación que ha hecho posible su fortuna.

Los intemperantes y, a veces, desarticulados pronunciamientos de Donald J Trump, le han ganado la desafección de un gran sector del electorado norteamericano, y sus niveles de preferencias entre los votantes de color, no han logrado quebrar los indicadores positivos de las encuestas.

Para añadir a la suspicacia del electorado, algunas de las prácticas de negocio — en las que Donald J. Trump ha incurrido en los últimos años — le han granjeado una similar desaprobación, la cual no se ha del todo, disipado. Sin embargo, el candidato por el Partido Republicano parece haber comenzado, en las ultimas semanas, a lidiar con todo ese enredo en una manera un tanto «populista», y ese manejo, aparentemente, ha comenzado a cambiar la opinión de algunos quienes, hace solo unos meses, lo descartaban como una viable opción.

Ante semejante cotejo de preferencias, es entonces, natural, esperar que el electorado no sepa, aun a estas alturas, qué camino habrá de tomar. Y es ahí en donde radica la tragedia — si me permiten llamarle así.

Ante la disparidad, política, social y cultural de los dos candidatos, no debía haber ambivalencia alguna en cuanto a cuál de ellos es la mejor opción. Pero la inseguridad colectiva, reina.

Tristemente, los Estados Unidos han entrado en una etapa de fluidez epistemológica que lo han incapacitado para ver «más allá de la punta de su nariz». Década y media han transcurrido en este Siglo XXI, y ahora el Relativismo Cultural, el Lenguaje de Corrección Política y los embates del Post-Modernismo religioso, han cegado la visión de un pueblo ávido de mejores días, y en necesidad de líderes con convicciones férreas y resolutas.

La señora Hillary R. Clinton representa una continuación del «status quo», instituido durante los 8 años de la administración del presidente Barack Hussein Obama, mientras que Donald J. Trump — en los ojos de muchos — podría exacerbar las tensiones raciales que han atormentado a la gran nación del Norte en los últimos meses.

Parafraseando un correo electrónico que fuera puesto en publicación hace unos años, en referencia a la elección del entonces senador por el estado de Illinois, Barack Hussein Obama, como presidente de la nación, pudiéramos entonces mejor comprender lo que ahora aflige al electorado Norteamericano:

«El peligro que los EE.UU. enfrentan, no es Hillary R. Clinton, sino un electorado [que parece] capaz de confiar la presidencia [de la nación] a una mujer como ella. Limitar o deshacer los desatinos de una [posible] gestión presidencial de la señora Clinton, seria más fácil, que lo que seria restaurar el necesario sentido común y el buen juicio, a un lectorado depravado, el cual está en ánimos de [elegir] una mujer como ella para la presidencia. El problema es mucho más profundo y mucho más serio que la misma señora Clinton—quien al fin y al cabo no es más que un síntoma de que lo aqueja a los EE.UU. Echarle la culpa a la «princesa de los tontos» no debería enceguecer a nadie para reconocer la vasta «confederación de tontos» que pudieran hacerla su «Princesa». La República podría sobrevivir a Hillary R. Clinton, quien no es más que una farsa. Es mucho menos probable, sin embargo, que la República pueda sobrevivir la multitud de tontos — como aquella que la quiere elegir como su presidente».

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