La Semana Mayor: Una ocasión para ponderar, no para celebrar

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Por Mel Adames

Nuevamente, llega la Semana Mayor –– sin mayores novedades, vale la pena añadir. Las consabidas Siete Palabras, las Habichuelas con Dulce, si es usted dominicano, la cacería de huevos pintados, en los Estados Unidos, las Procesiones, para las comunidades con tradición católica –– y como siempre, con escasos o fehacientes indicios de que alguien este siendo cambiado, transformado, o por lo menos impactado por semejante conmemoración –– o por todo el ajetreo que tiene lugar.

Y, qué conste, las actividades de la Semana Santa –– como también se le conoce a ésta época del año –– no guardan mucha relación con el sufrimiento, dolor y sacrificio, que dieran origen, en primer lugar, a una época tan solemne como debiera ser ésta.

En medio de toda la actividad generada por la Semana Santa, es propio preguntarnos: ¿Recuerda acaso alguno, los profundos acontecimientos que tomaran lugar, más o menos para un tiempo como éste hace ya más de dos mil años — y más que nada, ¿se los entiende?

Aun en el tiempo cuando yo crecía allá en mi querido y polvoriento San Pedro de Macorís, en la República Dominicana –– y tal vez aquí tiendo un tanto a equivocarme –– yo recuerdo que durante éste tiempo del año, y en una manera un tanto incomprensible para mí para ese entonces, yo  podía notar, aun en mi ingenuidad de mi infancia, que la Semana Santa marcaba alguna época especial de recordación veneración.

Recuerdo a mis padres constantemente advirtiéndonos que debíamos abstenernos de hacer ruidos, que todo debía estar tranquilo, sereno –– era como si el silencio de los cementerios de pronto cubriera toda la ciudad. Recuerdo igualmente la conducta de algunos de mis más inquietos amigos, y las serias ‘pelas’ que estos padecían a manos de uno de sus padres, al percatarse uno de estos que ese muchacho no podía estar tranquilo y callado.

En aquel tiempo, las estaciones de radio solo difundían música clásica, en lo que resultaría ser uno de los más desatinados desajustes socio-culturales de los últimos 100 años. De ahí surgió el desdén por la música clásica que domina a muchos jóvenes y adultos, hasta nuestros días.

Si se considera que los discípulos estaban reunidos en algún lugar secreto después de la muerte de Jesús, tal vez, eso de darle a la ocasión una semblanza de reposo, silencio y extrema compunción, lo cual no seria en ninguna manera, inapropiado. Ese debió haber sido el ambiente emocional en esos días –– de seguro entre los discípulos y entre todos aquellos, quienes de una manera u otra habían estado cerca de Jesús.

Haber presenciado el horror por el cual fuera traspasado Aquél –– quien hasta sólo unos días, había estado con ellos difundiendo su Mensaje, enseñando a las multitudes y sanando a los enfermos que venían a él –– debió haber sido un poco más que traumatizante para los discípulos, por lo menos para aquellos discípulos que sí permanecerían cerca al lugar de los hechos. La tensión que debió haberse apoderado de aquellos asustadizos seguidores de Jesús, habrá de haber sido un poco más que aterradora.

La desolación habrá sido, intolerable; la angustia desquiciante, el temor a que fueran ellos los próximos a ser ejecutados, extremadamente cruel. De todo éste indecible cuadro de dolor y extremo sufrimiento, emanaría la Más grande Historia, jamás Contada –– literalmente.

Las implicaciones de dicha Historia trascienden mucho más allá de la práctica del silencio, la meditación, la quietud o la serenidad. El sacrificio de Jesús – Cristo en la cruz es el punto de contacto en el que Dios, tomando forma humana, irrumpe en los asuntos humanos en aras de la Redención y la Restauración del Orden Original.

Pero en nuestros días, todas las cosas están pasando por un proceso forzado de re-definición y de revisionismo. Hay quienes detestan los recuentos históricos –– Bíblicos o no –– o quienes restan valor a la transferencia de tradiciones, pretendiendo a todo costo, ya sea asignarles a dichas tradiciones y recuentos históricos, nuevos significados y perspectivas, en aras de avanzar ésta o aquella agenda, o de plano, descartarlas, considerándolas sin importancia.

En toda esta re-definición y transculturización de los anales históricos del nacimiento, la muerte y pasión del Hijo de Dios –– plataforma del post-modernismo –– lo que predomina es el esfuerzo subliminal de suprimir de la Historia todo vestigio o noción de que Jesús, fue humano –– el Dios – Hombre.

Cuando esto se logra, entonces Jesús es reducido a la condición de un dios fantasmal, alguien quien inexplicablemente decide mezclarse entre nosotros, pero sin que este tenga ninguna conexión con nosotros –– y quien, muy probablemente, está completamente ajeno a lo que nos pasa, o a quiénes somos.

Para mí es suficiente, sin embargo, la declaración del apóstol Juan:‘aquel verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros.’ [San Juan1:14, vRV, 1960].

Cuando pensamos en que Él –– Jesús, es la misma imagen de la sustancia del Dios, Padre –– Creador, entonces sabemos que Dios en realidad sabe quienes somos –– y más que nada, que conoce de lo que adolecemos.

Pensándolo bien, creo que prefiero toda aquella sensación de luto y profunda sensación de separación que embargara a los discípulos en esos días –– y que tan tímida y ingenuamente se nos enseñara a observar en la niñez.

Se nos enseñaba que debía haber silencio, que todos debían estar recogidos alrededor del hogar; no riñas, o pleitos, no entretenimientos –– y sí, tampoco música estruendosa y desaforada. Después de todo, Jesús, era humano, y su muerte –– desde la perspectiva humana –– debió haber sido un desgarrador momento de dolor y angustia. Lo fue para los discípulos y amigos de Jesús, y yo prefiero pensar que lo debe ser para nosotros también –– aun hoy día.

Prefiero todo aquello, con todo su sentido de pérdida y la devastadora desolación resultante –– como habrá sido muy seguramente el caso –– a la algarabía, el descontrol e irreverencia exhibidos hoy en la conmemoración de un evento de semejantes implicaciones eternas.

No creo que la muerte del Unigénito Hijo de Dios en una cruz, sea motivo de algarabía, sino de reverente angustia, solaz y reconocimiento. Dios decidió ofrendar a su Único Hijo en un acto de muerte sustitucionaria sin precedentes, que nos proporcionaría acceso directo al Trono de la Gracia. Esto no fue, y no debe tampoco serlo ahora, motivo para las fiestas,  o las demostraciones insensatas de júbilo que dominan esta época del año, hoy dia.

Semejante gesto de desprendimiento y amor, no merece el ruido y la banalidad presentes en la mayoría de las demostraciones de adoración o en las conmemoraciones propias del culto cristiano moderno.  Isaías, ciertamente no nos deja idea alguna de que así debió haber sido.

Refiriéndose a Jesús, Isaías escribiría: ‘Jehová quiso quebrantarlo, sujetándolo a padecimiento’ –– y el escritor a los Hebreos añade: ‘el cual por el gozo ( aquí el vocablo ‘gozo’, se refiere a la incondicional disposición del espíritu, para hacer la Voluntad de Dios) puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. [Hebreos 12:2b, vRV, 1960].

Esto, no es motivo de celebración, sino de compunción ––profunda. De seguro Habrá muchos momentos para apropiadas celebraciones y demostraciones de júbilo –– emociones muy apropiadamente aludidas en el libro de los Salmos –– pero ésta no debe ser una de ellas.

A lo largo del todo el contenido de las Sagradas Escrituras,  el mensaje que predomina es que Jesús murió en nuestro lugar. Celebraciones discordantes con semejante realidad espiritual y existencial, no son más que un insulto y desprecio a su mismo Sacrificio.

Si en verdad somos ‘coherederos con Cristo, si es que padecemos con él –– como escribiera, el apóstol Pablo a los Romanos –– entonces lo único que debiéramos estar haciendo es clamar a Dios por su misericordia y perdón. Muy pocas, por no decir ningunas, de las actividades en las que nos enfrascamos, en nuestras vanas celebraciones de Semana Santa’, conducen a ésto ultimo –– ni en lo más mínimo.

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