ALAN GARCÍA, EL PODER PUNITIVO Y LAS CONVOCATORIAS PROCESALES

*”Alan García, de Presidente a perseguido y suicida. Una pena. Situación que retrata lo delicado y efímero que es el poder, lo voluble y cambiante que es la vida. Lo importante de una interrelación sincera. Y la falta de entereza y ligereza del sistema judicial en emitir órdenes.

 

Por: Valentín Medrano Peña.

El poder punitivo del Estado es el más absoluto e incisivo. Se manifiesta en su naturaleza más plena y abarcadora a través del derecho penal, que permite al Estado modificar de golpe y porrazo la vida y suerte de los ciudadanos; privándoles de sus libertades en la forma en que si lo hiciera un ciudadano común constituiría un rapto o un secuestro, quitándoles sus bienes sin que constituya robo, y asumiendo todo tipo de conductas que en otros acarrearían acusaciones y condenas.

La administración de este poder es algo delicado, un asunto que reviste y requiere de una responsabilidad especial y consciente, pues en el ejercicio del mismo pueden derivarse consecuencias desastrosas y perjudiciales.

El poder judicial en este punto juega un papel de muro de contención, de límite al poder punitivo y al ejercicio de poder afectador de garantías desde el Estado, el que tiene como límite y autoridad suprema a la ley.

La muerte por suicidio advenido de un acoso procesal del ex presidente Alan García, que asustado por la suerte y vejámenes y arbitrariedades sufridos por otros homólogos en su país y en otras naciones del orbe, debe llamar a la reflexión, pues se pueden repartir trozos de culpabilidades respecto a este trágico desenlace que alcanzaría a todos los sectores e intereses políticos y de Estado, y un trozo importante recaería en la ligereza, tan habitual que duele, en nuestros países de emitir órdenes de arresto y allanamientos judiciales tan alegre e injustificadamente.

No es cierto que estamos en un sistema de derechos que respete los principios básicos y elementales que consagra todos ordenamiento mínimamente civilizado, mismos que plantea a la prisión como excepción y al derecho penal como última opción. En el caso del Presidente Alan García, ni existió peligro de fuga ni necesidad de conducirlo. Bastaba una citación a comparecer para que el mismo acudiera al llamado de la investigación y se cumpliera el interés de la justicia de tenerlo presente ante un juez, pero la necesidad de circo fue más importante que la cortesía requerida y el respeto a las excepciones en esta nefasta intentona de vender una igualdad que sólo iguala en la desgracia.

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