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Nada bueno ni malo perdura para siempre

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Por otro lado, lo que resta, si algo queda, es para la plebe, o sea, para el pueblo, para sus vasallos, aquellos ingenuos que en cada elección los premian con su voto, mientras ellos, como supuestos «líderes», viven un feudo subrogado en lo que han dado en llamar democracia.

Nos parece muy atinado lo escrito por la periodista Clotilde Parra, al decir que estamos viviendo un tiempo político que clausura la esperanza y, si consideramos que este pueblo padece de un cáncer funesto, que ha hecho metástasis en toda nuestra sociedad, llamado clientelismo político, donde solo los pobres padres de familia y una camarilla de políticos se han hecho dueños y señores de todo el quehacer diario en este país, tendríamos que concluir que la periodista tiene toda la razón.

Y es que todo se olvida, ya nadie habla sobre aquellos tiempos donde se forjó una clase de adoctrinamiento, donde los estudiantes -reclutados entre los supuestos más leídos- se sentaban en corro en cualquier patio a estudiar los panfletos traídos por aquel fogoso que estaba más cerca del líder que los había creado y, que una vez obtuvieron el poder político, toda esa propaganda se la llevó el viento.

Incluso, cosecharon el fruto de aquellos estudiantes y sus líderes, cuya llama mantenía encendida la luz que iluminaba el camino para llegar a obtener los mejores principios democráticos, aquellos que aún se mantenían soterrados, aprisionados por los remanentes de una dictadura que se consideraba cruel, criminal, inmoral y corrupta pero que, el nacimiento de la «nueva democracia», resultó en toda una negación de los principios que enarbolaba, con la salvedad de que hasta se podría decir, en muchos aspectos, peor que las propias acciones que se pretendían abolir.

Hoy, son los mismos, ya no con la boina puesta y mucho menos enarbolando algún principio, ideal o doctrina, sino abrazando una asquerosa propaganda para justificar su engaño al pueblo, donde todos tienen el mismo origen, pero que, a pesar de la evidente misma situación de hace décadas, quizás mucho peor que cuando «ellos» eran rebeldes, nos encontramos con unos fanáticos o dueños de franquicias políticas, que carecen de una percepción colectiva sobre dónde y quién es el enemigo.

Más bien, cabría decir que viven enamorando al enemigo e incluso se acuestan con él, ignorando el mismo peligro que ellos decían combatir, es decir, el hambre, la miseria, el abuso, la corrupción y, sobre todo, la tan pregonada seguridad ciudadana, todo lo cual han y pretenden cubrir con un falso paternalismo político que les ha dado un relativo triunfo, en base al mal uso del erario, el cual utilizan como si fuese una herencia y que pueden usar como les plazca, sin consecuencia alguna.

Pero, hay que admitir que cada pueblo se toma su reclusión política de manera distinta y, los ejemplos abundan, donde los principios revolucionarios de los que presumían esos líderes, han sido dirigidos en una sola dirección: la bonanza y seguridad para ellos y los suyos.

Por otro lado, lo que resta, si algo dejan, es para la plebe, o sea, para el pueblo, para sus vasallos, aquellos ingenuos que en cada elección los premian con su voto, mientras ellos, como supuestos «líderes», viven un feudo subrogado en lo que han dado en llamar democracia.

Al inicio de esta «democracia», desconocíamos hasta qué profundidad y enmarañada se encontraba la maldad que estos abrigaban, mientras nos manteníamos o mantenemos en una actitud que se puede considerar hasta sumisa, todo en espera del tan cacareado cambio, que se ha quedado en falsedades y burdas manipulaciones mediáticas, aglutinando esperpentos de órganos inoperantes -como la policía- e incluso permitiendo la creación de organismos paramilitares, ilegales por naturaleza, que al final no dejan de ser simples actos de clientelismo político. ¡Así es!

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