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Asimismo, el prolífico Dumas (1802-1870) usó su voz narrativa para relatar la historia de una mujer en “La dama pálida”, una breve narración cuya atmósfera se establece en el primer párrafo: “Soy polaca; nací en Sandomir, es decir, en una región donde las leyendas se convierten en artículos de fe, donde creemos en nuestras tradiciones familiares tanto, o tal vez más, que en el evangelio. No hay castillo entre nosotros que no tenga su espectro, ni cabaña que no posea su espíritu familiar. Tanto en la mansión del rico como en la morada del pobre, en el castillo como en la choza, se aceptan por igual el principio amigo y el principio enemigo. A veces estos dos principios entran en lucha y combaten. Entonces resuenan en las galerías misteriosos rumores, rugidos espantosos en las antiguas torres, sacudidas tan formidables que estremecen las paredes, y los aldeanos y nobles corren a la iglesia en busca de la sagrada cruz o de las santas reliquias, únicas protecciones contra los demonios que nos atormentan”.
Sucede que la dama suscita el amor entre dos hermanos que, si antes se detestaban y competían, ahora, por la disputa que implica amar a la misma mujer, llegan hasta la muerte. El hermano asesinado sobrevive, de algún modo extraño: “todo estaba muerto, todo era cadáver… carne, ropas, movimientos… solamente los ojos, aquellos terribles ojos, estaban vivos”.
Ah, no les voy a contar el final con vampiro incluido. Pero sí les digo que “La dama pálida” es un texto corto, que no ocupa todo el volumen de esta edición. Por lo tanto, alcanza a caber otro cuento de Dumas, “Historia de un muerto contada por él mismo”, también del más allá, en la que el narrador se encuentra con el demonio y charla con él. Termino con algunas de las palabras que el diablo le dice al personaje: “Esta noche estoy muy alegre; hoy han ocurrido en el mundo cosas que me encantan. Creía que a los hombres degenerados algo los había vuelto virtuosos desde hace algún tiempo, pero no, son siempre los mismos, tal como los creé. Y bien, querido, rara vez he conocido días como éste. He cosechado, desde ayer, seiscientos veintidós suicidas sólo en Europa, y entre ellos hay más jóvenes que viejos, lo cual es una pérdida, porque mueren sin hijos; dos mil doscientos cuarenta y tres asesinatos, sólo en Europa; en las demás partes del mundo ni llevo la cuenta. Con ellas me pasa lo que a los mayores capitalistas, no puedo enumerar mi fortuna. Dos millones seiscientos veintitrés mil novecientos setenta y cinco nuevos adulterios; esto es menos sorprendente debido a los bailes; doscientos jueces se han vendido; habitualmente tenía más. Pero lo que mayor placer me ha dado son veintisiete muchachas, la mayor de las cuales no tenía dieciocho años, que han muerto blasfemando a Dios. Cuenta, querido, todo eso es un ingreso aproximado de dos millones seiscientas veintiocho mil almas sólo en Europa. No cuento los incestos, las falsificaciones de moneda, las violaciones: pura calderilla. Por eso, haciendo una media de tres millones de almas que se pierden al día, calcula en cuánto tiempo el mundo entero será mío. Me veré obligado a comprarle a Dios el paraíso para ampliar el infierno”.
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