Fuente: Listin diario
Monsieur Micheline estuvo a punto de gritar, luego respiró profundamente, como alguien que ha estado largo rato bajo el agua, al borde de la asfixia. Después continuó: -Es claro que en su mente había dado esa instrucción a los a-con-te-ci-mien-tos.
Un silencio rotundo siguió a sus palabras, hasta que Monsieur Micheline mismo lo rompió diciendo: -Pero aquí vivimos en Santo Domingo, NO ORDEN; muchas cosas simplemente ocurren, NO IMPORTA QUÉ!
TAN-TAN-TAN-TAN-TAN-TAN Se escucharon con fuerza los seis golpes de mazo que el juez Cucurto propinó sobre la mesa, elevando la voz y gritando: -Orden, orden, carajo.
Luego, con un tono más bajo pero igual de firme y mirando fijamente a Monsieur Micheline, añadió: -No me haga quedar mal así.
Las risas contenidas sacudieron varios bancos del tribunal y cuando la sala recuperó la calma, el juez continuó: -Yo también tengo Netflix.
Entonces las carcajadas estallaron en el público como una avalancha que dominó el tribunal por bastante tiempo. El juez Cucurto simplemente se puso de pie en medio de la risa generalizada y se retiró.
Se crió en el barrio de Antillas, hijo único de madre soltera, viendo en un pequeño televisor a blanco y negro EL TREMENDO JUEZ, DE LA TREMENDA CORTE, VA A RESOLVER UN TREMENDO CASO, el famoso programa protagonizado por José Candelario Tres Patines. Todo lo demás en su vida había ocurrido durante los comerciales de esa serie clásica en blanco y negro, y hoy en día así llevaba el sustento a su hogar, bueno, a sus hogares, porque aunque vivía solo, tenía tres matrimonios previos de los que se hacía cargo con mucha responsabilidad.
Vivía solo, en su universo y bajo sus propias reglas absolutas; todo un tremendo juez. Trabajaba duro como un buey y desaparecía una quincena al año con la misma tranquilidad con que ahora avanzaba entre las carcajadas.
Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.








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