Fuente: LaVanguardia
En Washington, cada vez más personas observan con expectativa, inquietud o temor las elecciones legislativas de medio mandato que se celebrarán en noviembre. Estas votaciones serán decisivas.
Actualmente, Trump dispone de una mayoría republicana tanto en la Cámara como en el Senado, además de un Tribunal Supremo dominado por magistrados designados por presidentes conservadores. Esto le permite ignorar la Constitución cuando lo desea y actuar sin considerar la opinión del Congreso.
Si en noviembre el Partido Republicano mantiene el control de ambas cámaras, los tradicionales pesos y contrapesos de la Constitución estadounidense seguirán inactivos. Trump podrá actuar sin restricciones. El vicepresidente Vance podría lanzar su campaña para sucederlo y perpetuar el movimiento MAGA, salvo que Trump encuentre la manera de postularse nuevamente.
En cambio, si los republicanos pierden el dominio en una o en ambas cámaras, Trump quedaría limitado —sobre todo si pierde ambas, aunque no es sencillo—. Ya no tendría libertad para atacar países sin permiso del Congreso, ni para enviar tropas federales a los estados ni emplear el Departamento de Justicia para amedrentar a sus rivales políticos o a quienes se resistan a acatarlo, como ocurre con Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal. Numerosos senadores y congresistas republicanos comenzarían a distanciarse de él, convirtiéndolo en una figura política con poder reducido, un lame duck (un pato cojo), término que se usa en Estados Unidos para referirse a presidentes con autoridad menguante.
No es raro que el partido gobernante pierda en las elecciones de medio mandato, ya que muchos electores decepcionados por las promesas incumplidas del Gobierno optan por no votar, mientras que quienes están en contra suelen movilizarse más.
Trump ganó las anteriores elecciones principalmente porque prometió una nueva etapa de prosperidad con precios bajos, reducción del déficit federal y creación de empleo industrial. Sin embargo, los precios siguen al alza, el déficit crece y no se han generado los puestos industriales anunciados. Como resultado, numerosos votantes están insatisfechos y podrían abandonarlo.
La popularidad del presidente es muy baja, inferior incluso a la de Joe Biden, Richard Nixon o Jimmy Carter en momentos similares de sus mandatos. En el caso de Trump hay que ser cautelosos con las encuestas, pues cuenta con seguidores que no suelen admitir su apoyo. No obstante, las perspectivas para las elecciones legislativas de noviembre son bastante desalentadoras.
Hay tensión. Según The New York Times, en una reciente reunión con congresistas republicanos Trump se mostró frustrado por la volatilidad del electorado. “¿Me pueden explicar qué diablos pasa en la mente de la gente?”, preguntó refiriéndose a las encuestas. Añadió: “Estamos actuando correctamente”. Y concluyó: “Tenemos que ganar las elecciones de medio mandato. Si perdemos, me inhabilitarán”.
Alguien dijo que la egolatría es el analgésico que mitiga el sufrimiento causado por la estupidez. El ego de Trump, tan grande como el salón de baile que construye en la Casa Blanca, no acepta un fracaso. ¿Rechazado por los votantes? Imposible; debe haber fraude. Siempre que le muestran encuestas desfavorables afirma que están manipuladas.
Hace pocos días, en una entrevista con The New York Times , bromeó con la idea de suspender los comicios. Aseguró que no lo haría porque lo acusarían de dictador. Era una broma, claro, pero no inocente. Y el miércoles, en diálogo con Reuters, manifestó que no desea estar en la posición de un presidente que gana las presidenciales pero pierde las legislativas: “Hemos logrado tantas cosas que, realmente, no deberíamos celebrar elecciones”, afirmó.
A primera vista suspender las elecciones de noviembre parece impensable; ni siquiera ocurrió durante la guerra civil. Pero también es sorprendente querer anexar Groenlandia y Trump insiste en hacerlo por cualquier medio. Para él no existen líneas rojas. Si teme perder pero no se atreve a suspender los comicios puede desplegar tropas en estados demócratas para intimidar al electorado. Sin embargo, esta estrategia podría salirle mal. También podría inventar alguna excusa para desconocer resultados adversos; por ejemplo: provocar disturbios como los actuales en Minneapolis para invocar la ley de Insurrección y declarar estado de emergencia —como algunos seguidores le sugirieron para impedir la transición tras las elecciones de 2020—.
¿Se atreverá? ¿Lo permitirán sus colaboradores? A estas alturas tenemos suficientes indicios para responder sin muchas dudas: Trump está dispuesto a todo y ninguno de sus colaboradores parece tener interés o valor para detenerlo. La verdadera incógnita es si el pueblo estadounidense —que siempre ha luchado por sus derechos y se siente orgulloso— permitirá tales acciones. Estaremos atentos.
Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.










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