Fuente: Hoy Digital
Pablo Victor Fontes y Victor Cabral/Latinoamérica21
La política internacional se asemeja a una representación teatral: estructura narrativas, configura personajes y define momentos culminantes, estableciendo un diálogo constante con su audiencia. Esta dimensión imaginativa influye en las percepciones y orienta maneras específicas de entender los conflictos armados. A través de estrategias de simulación y ocultamiento, se crea un marco interpretativo que legitima prácticas, naturaliza intervenciones y fija interpretaciones. En esta interacción entre escenario, bambalinas y espectadores se consolida un panorama marcado por la parálisis institucional, el retroceso del multilateralismo y la profundización de prácticas imperiales, sustentado en un derecho internacional deteriorado y aplicado de forma selectiva.
Acto (1): Organismos regionales, multilateralismo y derecho internacional
Primero, se evidencia la incapacidad de organizaciones regionales como UNASUR para funcionar como espacios autónomos de coordinación política y manejo de conflictos. Al mismo tiempo, observamos el debilitamiento del multilateralismo liberal posterior a la Segunda Guerra Mundial, sustituido por una lógica basada en excepciones, unilateralismo y uso discrecional de la fuerza. Este fenómeno se agrava con la negativa de Estados Unidos a adherir al Estatuto de Roma y la promulgación de la Ley de Protección para miembros de sus Fuerzas Armadas, que institucionaliza su excepcionalismo legal al impedir que ciudadanos estadounidenses sean juzgados por la Corte Penal Internacional. Esto pone en evidencia un sistema jurídico internacional jerárquico, profundamente desequilibrado y alejado del universalismo efectivo.
En el plano interno, Estados Unidos opera bajo un estado permanente de excepción. Aunque la Constitución establece controles institucionales, la concentración del poder en el Ejecutivo junto con la neutralización del Legislativo y la Corte Suprema socavan los mecanismos de equilibrio. Se trata de una reactivación del excepcionalismo estadounidense intensificada durante el trumpismo, que rechaza los principios normativos de la democracia liberal mientras utiliza sus instituciones selectivamente. La política exterior estadounidense se sostiene en la construcción recurrente del enemigo —desde el comunismo hasta el terrorismo, pasando por el narcotráfico y China— una gramática esencial para legitimar intervenciones y reorganizar el consenso interno, pese a la creciente resistencia pública frente a los costos de nuevas incursiones militares.
Acto (2): Estados Unidos, Venezuela y América Latina
No solo se observa una crisis del orden internacional sino también el derrumbe de sus fundamentos normativos mínimos, reemplazados por una lógica abierta basada en la fuerza, excepción y jerarquización. La expansión del mapa imperial hacia objetivos como Irán, Cuba y Colombia no es una desviación sino la transformación misma del orden contemporáneo. La escalada estadounidense debe interpretarse menos como exhibición de poder y más como síntoma de ansiedad estratégica ante cambios estructurales económicos, energéticos, geopolíticos y simbólicos que amenazan su hegemonía.
En este marco, Venezuela no es causa sino territorio donde se condensa esta ansiedad imperial. El empleo de coerción, tutela y violencia discursiva refleja más inseguridad que poder. En lo regional, el trumpismo combina prácticas clásicas de intervención con tecnologías híbridas de guerra, vigilancia e inteligencia para desestabilizar políticamente y afectar procesos electorales. Sin embargo, el chavismo persiste. La nacionalización petrolera mediante PDVSA transformó la geopolítica energética regional al limitar la influencia directa estadounidense y convertir al petróleo en eje central del conflicto estratégico. Los intentos institucionales para romper este orden en 2002, 2019 y 2026 deben interpretarse como parte de una estrategia repetida para contener y disciplinar políticamente; donde la democracia liberal es retórica secundaria frente a intereses energéticos.
Pese a ello, gran parte del comercio petrolero continúa con Estados Unidos, aunque cada vez más mediado por otras monedas como el yuan. Esto indica cambios significativos en la arquitectura financiera global e impone límites materiales a los esfuerzos estadounidenses por aislar a Venezuela; a su vez fortalece a China como socio económico principal para varios países latinoamericanos.
La acción estadounidense en Venezuela no responde a una misión civilizadora sino que refleja una forma contemporánea de barbarie política. La retórica pacifista del trumpismo funciona como dispositivo simulado: bajo el lema “una Venezuela libre” se ocultan prácticas coercitivas, intereses energéticos y estrategias imperialistas que transforman violencia en cuidado, intervención en liberación y dominación en responsabilidad. Aunque Estados Unidos no constituyó un imperio colonial formalmente, esto no implica ausencia de prácticas coloniales rearticuladas bajo formas tutelares que niegan soberanía ajena.
Acto (3): Dimensión simbólica – cultura, medios y opinión pública
Estas dinámicas exceden lo estratégico o material; cultura y medios son espacios centrales en disputa política generando significados, afectos e identidades compartidas. En Venezuela movilizan narrativas resistentes basadas en memorias coloniales, dependencia y lucha antiimperialista que confieren fuerza simbólica a la Revolución Bolivariana como imaginario histórico. Esta disputa también ocurre a nivel semántico: términos normalizados como “intervención” en lugar de “guerra” o “captura” por “secuestro” despolitizan la violencia y ocultan asimetrías de poder; además evidencian estándares normativos dobles al describir regímenes políticos.
Acto (4): Diplomacia entre América Latina y Estados Unidos
La fragmentación política latinoamericana —marcada por gobiernos alineados con agendas derechistas o ultraderechistas— dificulta respuestas colectivas e incrementa vulnerabilidad regional frente al intervencionismo creciente. Frente a esto, las políticas exteriores críticas pueden optar por tres rutas: alineamiento automático con EE.UU.; crítica frontal pero aislada; o crítica combinada con diálogo multilateral especialmente mediante CELAC y otros foros regionales.
Esta trágica puesta en escena estadounidense continúa revelando menos fortaleza hegemónica consolidada que ansiedad propia de una potencia en crisis.
Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.









Agregar Comentario