Fuente: Hoy Digital
El 20 de enero de 1960, mientras monseñor Juan Félix Pepén preparaba la celebración del día de la Altagracia, de forma inesperada llegó al obispado de Higüey el joven Hipólito Medina Llauger, estudiante universitario, seminarista desertor y miembro del movimiento clandestino 14 de junio.
Le informó que escapaba porque era perseguido por el Servicio de Inteligencia Militar (SIM). Habían descubierto un complot para asesinar al dictador Rafael Leónidas Trujillo en la Feria Ganadera y esa organización estaba involucrada en el intento. Temía lo peor: lo torturarían en la silla eléctrica y la muerte era inminente.
Solicitó ayuda. En su libro “Un garabato de Dios”, el obispo relata que, conmovido por su relato y angustia, decidió esconderlo en el obispado a pesar del riesgo que eso implicaba.
Luego de celebrar la misa el 21 de enero, viajó con urgencia a Santo Domingo para informar al nuncio Lino Zanini sobre la situación. Al escuchar la historia, el representante del papa Juan XXIII exclamó: “¡Esto no puede seguir así! La Iglesia debe alzar su voz y expresarse claramente. ¡No hay tiempo que perder!”.
Pidió a monseñor Pepén que entregara al día siguiente un borrador de una carta que la Iglesia haría pública. Este la redactó, pero cuando Zanini lo revisó exigió un texto que denunciara las violaciones a los derechos humanos.
La redacción final fue elaborada en absoluto secreto por Fray Vicente Rubio, de la orden de los predicadores. La carta pastoral simbolizó el quiebre entre Trujillo y la Iglesia Católica al condenar la represión del régimen contra los miembros del grupo 14 de Junio.
La firmaron los obispos Ricardo Pitini, Octavio A. Beras, Hugo Eduardo Polanco Brito, Francisco Panal, Juan Félix Pepén y Tomás F. Reilly.
Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.









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