Fuente: Hoy Digital
La Navidad se presenta como un momento que invita a la alegría y la unión. No obstante, esta imagen ideal de bienestar choca con la dura realidad de quienes atraviesan un duelo, una enfermedad o la soledad.
Desde nuestra perspectiva como psicólogos, vemos cómo la modernidad exige una positividad constante, fenómeno que el filósofo Byung-Chul Han denomina “sociedad del rendimiento”: un entorno donde mostrar vulnerabilidad es considerado un fallo del sistema y no una característica inherente a nuestra condición humana.
Ante esta presión, resulta fundamental reivindicar el “derecho a la fragilidad”. En la psicología humanista, este concepto representa el permiso esencial para no estar bien cuando el contexto demanda lo contrario. Negar este espacio nos conduce a la llamada “positividad tóxica”, una narrativa que, bajo el lema “todo pasa por algo”, puede resultar cruel.
Expertas como Whitney Goodman y especialistas como Jerimya Fox advierten que este optimismo ciego no equivale a resiliencia, sino a una invalidación que puede provocar culpa y aislamiento. Creer que un cambio de actitud borrará un diagnóstico devastador es, en última instancia, negar la legitimidad de la experiencia humana.
Precaución con los consuelos que brindamos
Cuando alguien sufre, no busca frases motivacionales que le arrebaten su derecho a sentir, sino acompañamiento y validación. Solo después de ese reconocimiento podrá preguntarse: ¿Qué hago con esto? Aquí, la esperanza se distancia del optimismo vacío. Como indica el psicólogo Jorge Cantero, la esperanza es la actitud con la que enfrentamos la desgracia apelando a valores firmes.
Finalmente, Viktor Frankl nos dejó una herramienta definitiva: la búsqueda de sentido. Frankl enseñó que el propósito no está en alcanzar el éxito, sino en mantener coherencia con nuestros principios en medio del caos.
Cabe destacar que no se trata de tener la certeza de que todo mejorará, sino de la determinación de afirmar: “No sé si estaré bien, pero seguiré adelante”.
La clínica del vacío y el valor de convivir con la ausencia
Esta búsqueda de sentido nos conecta con lo que el psicoanalista Massimo Recalcati denomina “clínica del vacío”. En Navidad, la pérdida se manifiesta en la “silla vacía”, un espacio emocional que el ritmo actual intenta llenar con compras y ruido. Sin embargo, ese vacío no debe ser ocupado forzosamente; es preciso aprender a habitarlo.
Aceptar esa ausencia posibilita una transformación genuina. Reconocer el dolor en estas fechas es un acto valiente que integra a quienes ya no están en la celebración, logrando que la mesa sea finalmente un lugar de amor incondicional y honesto.
Defender este derecho implica distanciarse de la “sociedad de la transparencia”, aquella que nos obliga a mostrar siempre una cara positiva. No es justo exigir que un enfermo sea un “guerrero” sonriente ni que quien sufre un duelo “pase página” rápidamente.
El dolor no tiene horarios ni plazos para concluir. Como afirmó Carl Rogers, el verdadero valor reside en la “congruencia”: ser sinceros con lo que sentimos. La vulnerabilidad no es un error; es lo que nos humaniza y nos permite conectar con otros. Al exhibir nuestra fragilidad, brindamos permiso a los demás para hacer lo mismo, creando así un espacio de apoyo mutuo. El derecho a sentirse mal es, en esencia, una forma de respeto hacia la vida y su complejidad.
Estudios citados por The Lancet indican que el duelo intenso aumenta el riesgo de problemas emocionales y físicos, especialmente durante los primeros meses tras una pérdida.
Preguntas frecuentes
¿Por qué puede ser sensible para la salud mental la época navideña?
La “alegría obligatoria” choca con quienes atraviesan sufrimiento. Esta presión social conocida como “positividad tóxica” invalida el dolor legítimo causado por la soledad o el duelo y puede generar culpa en lugar de bienestar. Al imponer un optimismo falso se ignora la complejidad emocional propia de fechas que suelen ser momentos de balance o nostalgia.
¿Qué significa el concepto de “derecho a la fragilidad”?
Es el permiso para permitirnos estar mal cuando sea necesario. Reconocer nuestra vulnerabilidad es un acto honesto imprescindible para procesar situaciones difíciles como enfermedades o pérdidas sin sentirnos obligados a fingir fortaleza siendo héroes o guerreros. Implica aceptar que quienes enferman o mueren no han fracasado; simplemente transitan su propia finitud.
¿Cómo sugiere el texto afrontar la ausencia de seres queridos en las festividades?
Siguiendo la idea de Recalcati sobre la “clínica del vacío”, propone no rellenar el espacio dejado por la “silla vacía” con ruido o consumismo. Invita a habitar ese espacio permitiendo que tristeza y recuerdo coexistan auténticamente con la celebración.
Imposición excesiva del optimismo que desestima emociones genuinas.
Fragilidad
Capacidad de ser vulnerable o sensible al daño emocional.
Congruencia
Armonía entre lo que se siente internamente y lo que se expresa externamente.
Vacío
Espacio emocional generado por una ausencia o pérdida significativa.
Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.








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