Fuente: Cubadebate
Estados Unidos ha dejado de ocultarlo: América Latina vuelve a ser vista como un territorio para administrar, no como una región con la que dialogar.
Esa es la idea principal que atraviesa la nueva estructura estratégica promovida por Donald Trump, una doctrina que no introduce novedades, sino que actualiza viejas jerarquías imperiales con un lenguaje contemporáneo.
El documento (Donroe: el corolario Trump a la doctrina Monroe) presentado en Washington D. C. en diciembre de 2025, que guía esta etapa, no habla de cooperación sino de control; no menciona alianzas sino sumisión. América Latina se presenta allí como un espacio “natural” de influencia exclusiva, algo así como un patio trasero revalorizado en un mundo donde Estados Unidos ya no puede dominar solo, pero tampoco acepta dejar de hacerlo.
La metáfora es clara: un imperio en retirada que clava estacas para conservar su territorio. Trump no plantea una hegemonía global expansiva, sino una hegemonía selectiva y fuertemente territorializada. Frente al ascenso de China y la persistencia rusa, Washington redefine sus prioridades y concentra sus recursos donde históricamente se sintió dueño: Nuestra América.
El primer eje es militar. El incremento de tropas, ejercicios conjuntos y bases “temporales” configura una ocupación de baja intensidad, legitimada por gobiernos locales sumisos. Argentina, Ecuador, Perú y el Caribe no son excepciones, sino laboratorios. Allí se pone a prueba una doctrina en la que la soberanía se vacía por decreto y la defensa nacional se terceriza bajo la excusa de la “seguridad”.
El segundo eje es político. La retórica contra el narcotráfico y el terrorismo funciona como justificación discursiva, no como un objetivo real. El verdadero adversario es cualquier proyecto autónomo que busque diversificar vínculos, proteger recursos estratégicos o disputar el sentido común. La advertencia es clara: quien no se alinee será señalado como amenaza.
El tercer eje es económico-cultural. Trump rechaza el globalismo, pero no el dominio. Rechaza el libre comercio cuando este no favorece a su industria, pero exige apertura total cuando se trata de recursos externos. Se trata de un nacionalismo imperial: proteccionista en casa, extractivista fuera.
Aquí surge una paradoja bien conocida por el peronismo: el poder sin legitimidad requiere fuerza; aquel sin futuro necesita rapidez. Estados Unidos acelera porque sabe que el tiempo ya no juega a su favor. Por eso impone, presiona y amenaza. No convence.
La cuestión crucial no es qué quiere Trump, sino qué harán los pueblos latinoamericanos. La historia regional no es una de sumisión pasiva, sino de resistencia cíclica. Cada intento de disciplinamiento encontró tarde o temprano una respuesta popular, política o cultural.
El futuro no está escrito. Pero algo es seguro: si América Latina acepta ser un botín, lo será; si decide pensarse como sujeto histórico, volverá a incomodar al poder. Y eso —ayer como hoy— sigue siendo el mayor pecado imperdonable para cualquier imperio en decadencia.
Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.










Agregar Comentario