Fuente: Listin diario
Por qué la historia sigue emocionando hoy, a pesar de estar situada en el siglo XVI, es una pregunta que Buckley responde yendo a lo fundamental. “Amar con valentía y después poder soltar es un acto profundo de humanidad”, sostiene.
Existen filmes que buscan desentrañar la genialidad de un personaje. En cambio, “Hamnet”, bajo la dirección de Chloé Zhao, opta por otra vía. No pretende interpretar a Shakespeare, sino comprender qué sucede cuando el amor y la pérdida impactan a una familia antes de que su arte se vuelva inmortal.
Desde el comienzo de su diálogo con los periodistas de Listín Diario, Zhao manifiesta que su conexión con esta historia fue íntima. Relata que descubrió la novela de Maggie O’Farrell en un momento en que cuestionaba su propio propósito como narradora.
“Es una historia acerca del amor, la muerte y la transformación”, comenta. Para ella, estos tres conceptos no son solo literarios, sino experiencias humanas esenciales. Adaptar Hamnet le permitió explorarlos desde dentro.
Zhao define su método con un término que repite: contenedor. No dirige imponiendo emociones; crea un espacio seguro.
“Muchas veces desaparezco y dejo a los actores solos; otras veces sostengo ese contenedor para que todos se sientan protegidos”, explica. Ese equilibrio entre libertad y cuidado se percibe en cada escena.
En el centro está Agnes, interpretada por Jessie Buckley con una intensidad que parece surgir de forma natural. Cuando le preguntan sobre la construcción del personaje, Buckley no menciona técnicas ni referencias específicas. “Abres el libro y comienzas a recorrer caminos pequeños”, afirma. “Recoges lo que te llama, lo que resuena.” No existe una fórmula; es pura intuición.
Al hablar sobre la escena más desgarradora del filme, la muerte de Hamnet, Buckley descarta preparaciones calculadas.
“El duelo siempre va acompañado de amor”, dice. Y agrega una frase que define su ética actoral: “No quiero actuar, quiero ser.”
Para ella, anticipar una idea del dolor bloquea la autenticidad. La experiencia debe darse en ese instante.
Zhao interviene con una palabra que sintetiza ese proceso: “Rendirse.” Soltar el control para permitir que el momento fluya sin forzar nada. Buckley coincide: “No es posible hacerlo sola.” Contar historias implica crear vínculos con quienes están frente a ti para impactar luego a quienes verán la película.
La música de Max Richter funciona como una corriente subterránea que sostiene esa vulnerabilidad. Él cuenta que buscaba un lenguaje capaz de expresar amor, maternidad, conexión y pérdida.
“Quería una música que pudiera contener esos temas, como un líquido envolvente”, señala. La intención no era enfatizar la emoción sino acompañarla.
Zhao revela que la música estaba presente incluso antes de cada toma. Sonaba en el set hasta el instante de acción y formaba parte del ambiente emocional. La creación fue orgánica, casi ritual, no lineal.
Por otro lado está la naturaleza. Para Zhao no es solo un fondo visual. “Estamos hechos de las mismas partículas que el árbol y la hoja”, recuerda.
En Hamnet, el paisaje refleja el mundo interior de los personajes. La relación con la tierra, el bosque y el aire no tiene un fin estético sino existencial. Reconocer esa unidad disminuye el miedo.
Dentro del elenco joven, Noah Jupe y Jacobi Jupe aportan una fragilidad sincera. Noah admite que antes del rodaje no tenía una conexión profunda con Shakespeare.
La primera escena que filmó se adelantó intencionadamente para capturar su nerviosismo real. “No sabía bien mis líneas”, reconoce entre risas.
Ese temblor genuino se convirtió en verdad dramática.
Cuenta cómo memorizaba el célebre monólogo “Ser o no ser” repitiéndolo como si fuera una lista del supermercado, sin ninguna intención añadida. Solo palabras y ritmo. Quitar solemnidad fue su forma de apropiárselo.
Jacobi confiesa que lo que más le intimidaba era una escena íntima donde debía transmitir una carga emocional intensa.
“La confianza es vital para alcanzar esa emoción”, dice. Rodeado de actores experimentados y bajo una directora que mantenía un espacio seguro, halló la tranquilidad necesaria para arriesgarse.
Joe Alwyn describe a su personaje como un “ángel guardián”, un árbol plantado junto a Agnes en momentos cruciales de su vida. La metáfora vegetal no es casual: en Hamnet las relaciones están profundamente arraigadas. La pérdida no fragmenta; redefine.
Cuando les consultan por qué esta historia conmueve tanto hoy pese a estar ambientada en el siglo XVI, Buckley vuelve a lo esencial: “Amar con valentía y luego ser capaz de dejar ir es un acto profundo de humanidad.” No importa la época: esta experiencia es universal.
Zhao insiste en la idea de metamorfosis. La muerte no representa solo un final; es transformación. El dolor no desaparece sino que se convierte en otra cosa: memoria, arte y legado.
La directora confiesa que lo que más le asustó fue la primera semana de rodaje: “No sabía aún quiénes eran exactamente estos personajes.” Descubrirlos implicaba aceptar incertidumbre. Ese riesgo creativo quedó reflejado en la película misma, que no impone una interpretación del duelo sino que lo vive.
En un contexto donde el cine histórico suele optar por la grandilocuencia, Hamnet escoge la intimidad. No trata sobre un dramaturgo consagrado sino sobre la familia antes del mito; sobre una mujer que ama, pierde y sigue adelante.
Comienza con amor, dice Buckley; continúa con pérdida y concluye con metamorfosis. Entre estos tres movimientos reside la verdad de Hamnet.
No necesita elevar su voz para emocionar: basta con que sus intérpretes simplemente sean; basta con que la cámara observe; basta recordar, como señala Zhao, que somos parte de la misma materia que el mundo alrededor nuestro. En esa conciencia elemental disminuye el miedo y permanece el arte.
Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.








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