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Javier Milei y el reto del dólar: ¿puede Argentina transformar su forma de pensar?

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En el ámbito de la política internacional, las creencias pueden tener consecuencias profundas.

Fuente: Hoy Digital

En el ámbito de la política internacional, las creencias pueden tener consecuencias profundas. Mark Carney, primer ministro de Canadá, lo reconoció durante su intervención en el Foro Económico Mundial de Davos, donde sostuvo que la fuerza de la creencia colectiva puede desafiar la hegemonía de Estados Unidos. Según Carney, las grandes potencias emplean la dependencia económica como un instrumento de poder. No obstante, si las naciones dejaran de confiar en instituciones económicas como el Fondo Monetario Internacional (FMI), estas podrían perder influencia. Sin embargo, ¿realmente es tan sencillo?

Ninguna región comprende mejor el hard power estadounidense ni el poder colectivo que emana de compartir normas comunes que América Latina. Esta región fue pionera al convertirse en una zona libre de armas nucleares mediante el Tratado de Tlatelolco en 1967, ejemplificando la conocida idea constructivista de Alexander Wendt en 1992: “La anarquía es lo que los Estados hacen de ella”. Los países latinoamericanos creyeron y continúan creyendo, al cumplir con las disposiciones del tratado, que sus vecinos no desarrollarán capacidades nucleares militares.

Por otra parte, Estados Unidos ha reaccionado con dureza ante las creencias expresadas por los países latinoamericanos. La Doctrina Monroe (1823), el Corolario Roosevelt (1904), la Enmienda Platt (1901), los golpes de Estado en Guatemala (1954) y Chile (1973), la fallida invasión a Bahía de Cochinos en Cuba (1961) y las intervenciones en Granada (1983) y Panamá (1989) evidencian la respuesta estadounidense frente a políticas izquierdistas o intentos por diversificar relaciones internacionales. En otras palabras, cuando las creencias han desafiado a Estados Unidos, este ha respondido con intervenciones.

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Por ello, trasladar esta lógica al ámbito económico latinoamericano no es sencillo. El hard power en la región también se sostiene gracias al dominio del dólar estadounidense impuesto por Washington. En Argentina, la confianza compartida en la fortaleza y valor del dólar —quizás impulsada por la Ley de Convertibilidad de 1991— ha llevado a que los argentinos hayan acumulado ahorros por 260.443 millones de dólares (INDEC, 2025). Un cambio hacia ahorrar en pesos u otra moneda implicaría un costo elevado para quienes poseen ahorros en dólares. De hecho, tres países latinoamericanos han dolarizado su economía: Panamá (1904), Ecuador (2000) y El Salvador (2001).

Esta realidad está perfectamente comprendida por Javier Milei, presidente argentino y simpatizante de Trump. En Davos, Milei defendió que el capitalismo basado en libre empresa no solo genera más productividad sino que es el único sistema justo. Sin embargo, el capitalismo libre al que se adhiere Milei no es realmente libre ni justo; está regulado y sostenido por Estados Unidos y su moneda. Los Derechos Especiales de Giro (DEG) del FMI, cuyo valor está anclado al dólar en 43,38, y la mayoría estadounidense con un 17,42% de votos —casi un veto— ilustran cómo se instrumentalizan las instituciones sobre las que Carney advierte.

Además, al sostener la confianza en el dólar, Milei no solo cumple su promesa electoral de dolarizar Argentina hecha en 2023 sino que reafirma su adhesión a la escuela austríaca de economía, cuyo exponente Murray Rothbard definió al gobierno como un grupo de bandidos que recurre a la coerción para obtener recursos. Por ende, creer en el poder del dólar va estrechamente ligado al hard power militar estadounidense.

Milei sostuvo que “el derecho fundamental a la libertad da origen al derecho adquirido a la propiedad privada, que se manifiesta en nuestra capacidad de adquirir libremente propiedad con el fruto de nuestro trabajo”. Sin embargo, en Argentina ese fruto suele pagarse en pesos pero ahorrarse en dólares estadounidenses. La compra de propiedades se realiza frecuentemente en efectivo y moneda estadounidense. En La Rioja, durante 2024 se utilizaron “cuasimonedas”, remanentes de la crisis del 2001, para abonar salarios; esto mina aún más la confianza ciudadana hacia el peso.

En este escenario, ¿de qué manera pueden Argentina y otros países latinoamericanos responder a las exhortaciones de Carney para dejar atrás la creencia de que los dólares representan un futuro seguro?

¿Si una nación pierde fe en el FMI y en el dólar estadounidense disminuye el poder del dólar? Tal vez sí, aunque solo marginalmente. Pero si toda una región abandona esa confianza podría producirse el cambio que Carney anticipa. No obstante, esto exige disponer de una moneda confiable. Los líderes latinoamericanos que han dolarizado sus economías deberán convencer a sus ciudadanos; sin olvidar a figuras como Antonio Kast en Chile o Rodrigo Paz en Bolivia, quienes mantienen afinidad ideológica con Estados Unidos.

Una alternativa para diversificar y reducir la dependencia del dólar sería fortalecer la autonomía regional mediante organismos como el Banco Interamericano de Desarrollo o Mercosur. A nivel global resulta atractivo también el Nuevo Banco de Desarrollo creado por los BRICS+, que ofrece igual peso en las votaciones.

Si América Latina ha logrado mantener desde 1967 su liberación nuclear, quizá pueda también liberarse del dominio del dólar. Sin embargo, para los latinoamericanos no será cuestión tanto de confianza como de valentía.

Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.

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