Fuente: Listin diario
Joachim Trier, director noruego, explora la intimidad familiar sin buscar catarsis ni redención
“Cada vez que comienzo a escribir una película, siento miedo”, comenta Joachim Trier. Lo dice con naturalidad, sin dramatizar ni adoptar una pose de autor. “Si no siento ese miedo, sé que algo anda mal”. Sentimental Value nace precisamente de ese sentimiento: no de la certeza, sino de la duda; no de la claridad, sino de la incomodidad al mirar atrás y descubrir que la familia sigue siendo un terreno inestable, incluso con el paso del tiempo.
Trier describe esta película como algo muy personal, aunque se apresura a aclarar que no es autobiográfica. “No me interesa contar mi historia”, aclara. “Lo que me importa es comprender por qué ciertas emociones se transmiten incluso cuando nadie las nombra”. Esa idea atraviesa todo el film. Las hermanas Nora y Agnes no intentan resolver un conflicto definido; más bien, tratan de convivir con algo que nunca terminó de expresarse.
Renate Reinsve, quien interpreta a Nora, lo expresa con claridad: “Nora aprendió a actuar antes que a hablar de sí misma”. Para ella, el teatro no es una metáfora elevada sino un refugio práctico. “Sabe exactamente cómo responder cuando el texto le pide una emoción. Lo que desconoce es cómo manejar esa emoción cuando le pertenece”. Reinsve cuenta que muchas escenas se construyeron desde la contención y no desde la explosión emocional. “Joachim me repetía que no empujara nada; si dolía, debía doler hacia adentro”.
Esa contención marca también la relación con el padre, Gustav, encarnado por Stellan Skarsgård. El actor describe a su personaje sin suavizar sus defectos: “Es un hombre excelente en su profesión pero muy fallido en su vida privada”. No lo juzga ni lo defiende. “Gustav cree que el arte justifica sus ausencias; piensa que crear algo importante compensa no haber estado presente”. Skarsgård reconoce que lo más complicado fue evitar cualquier forma de redención sencilla. “No queríamos que el público lo perdonara, sino que lo comprendiera, lo cual es muy diferente”.
Una frase clave de Trier resume el núcleo de la historia: “Las familias no se arreglan hablando”. Señala que el cine ha repetido demasiado esa idea. “A veces se sanan aprendiendo a estar en la misma habitación sin decir nada”. Sentimental Value se construye sobre este concepto: las conversaciones relevantes no ocurren cuando los personajes dialogan, sino cuando comparten un espacio incómodo.
La casa familiar funciona como un tercer personaje en la historia. Eskil Vogt explica que evitaron hacerla un símbolo obvio. “No es una casa embrujada ni un lugar nostálgico, sino simplemente un espacio que ha sido testigo de demasiadas cosas”. Vogt insiste en que los lugares recuerdan aunque las personas prefieran olvidar. “Una casa sabe quién vivió allí; no necesita explicarlo”.
Inga Ibsdotter Lilleaas, quien interpreta a Agnes, conecta esa idea con una escena silenciosa donde su personaje revisa archivos familiares. “No había indicaciones emocionales”, recuerda. “Joachim solo me dijo que leyera los documentos y dejara fluir lo que tuviera que pasar”. Para ella, ese momento resume el espíritu del film: “No es una escena sobre descubrir secretos; es sobre aceptar que el pasado existe aunque no logremos entenderlo completamente”.
La llegada del personaje Rachel, interpretado por Elle Fanning, introduce un tipo distinto de conflicto. Rachel no pertenece a esa familia pero tampoco es una intrusa. “Ella irrumpe con una energía totalmente diferente”, explica Fanning. “No lleva el mismo equipaje emocional pero sí tiene sus propias inseguridades”. La actriz rechaza ver a Rachel como una luz salvadora en medio del caos: “Rachel también está perdida; sólo que su confusión es más visible”.
Fanning destaca una escena donde Rachel enfrenta un rechazo profesional. “Para mí era importante mostrar que no es incompetente”, señala. “Rachel es buena actriz; simplemente no es adecuada para ese momento”. Esa diferencia resulta clave: en Sentimental Value, el fracaso no surge por falta de talento sino por desencaje, por no hallar el lugar correcto para existir.
Trier retoma esa reflexión para hablar del cine y el arte en general: “No creo que el arte nos salve; creo que nos permite observar lo que normalmente evitamos”. Por eso la película no ofrece consuelo ni finales catárticos ni reconciliaciones totales. “Me interesan más las pequeñas concesiones”, dice. “Aceptar una presencia; tolerar un silencio; permanecer”.
Skarsgård coincide: “Gustav no cambia radicalmente”, explica. “Sólo comprende las cosas un poco más tarde de lo debido”. Esa demora resulta fundamental: Sentimental Value no trata sobre aprender a tiempo sino sobre aprender cuando ya resulta incómodo, cuando el daño está hecho y sólo queda convivir con sus consecuencias.
Vogt sintetiza así el enfoque con una frase casi manifiesto: “No queríamos explicar dos más dos; queríamos mostrar dos y dos y confiar en que el espectador completaría el resto”. Esa confianza se siente en cada escena, en cada pausa y en cada mirada sin diálogo.
Al final, Sentimental Value no cuestiona si la familia puede repararse sino algo más inquietante: cómo seguir adelante sabiendo que algunas cosas nunca se reparan. Trier lo dice sin énfasis, casi como una constatación: “Hay relaciones que no se resuelven; sólo se transforman”. Y esa transformación lenta e incompleta es el verdadero corazón del film.
No es una historia sobre cerrar heridas sino sobre aprender a vivir con ellas. Y en un cine contemporáneo obsesionado con conclusiones claras, Sentimental Value se atreve a hacer algo mucho más difícil: dejar las cosas abiertas.
Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.









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