Fuente: LaVanguardia
El respaldo del bloque comunista a Hanói fue clave para que la derrota de EE. UU. no fuera algo impensable. La hazaña de David contra Goliat podría repetirse, aunque con roles diferentes esta vez.
“Cuando visites una pagoda, viste como un monje budista; si caminas con un fantasma, lleva ropa de papel”. Este proverbio vietnamita era frecuentemente citado por Le Duan, líder norvietnamita, para ilustrar los equilibrios que debía mantener para preservar la autonomía frente a las presiones de chinos y soviéticos durante la guerra contra Estados Unidos.
Separados por más de cinco décadas, los conflictos en Vietnam y Ucrania comparten ciertos paralelismos, especialmente en la participación de potencias mayores que no solo apoyan a sus aliados en dificultades, sino que también buscan obstaculizar los intereses de sus adversarios.
“Apoyamos plenamente el derecho inherente de Ucrania a defenderse y a escoger sus propias medidas de seguridad”, afirmó la declaración oficial de la cumbre de la OTAN celebrada en Madrid a finales de junio de 2022. Esta posición no dista mucho del discurso mantenido por Moscú y Pekín en las décadas de 1960 y 1970. Soviéticos y chinos justificaron su respaldo a Vietnam del Norte basándose en el derecho del país asiático a protegerse frente a ataques estadounidenses.
Desde 2022, la ayuda militar brindada por la OTAN ha sido fundamental para debilitar al ejército ruso en Ucrania; algo similar ocurrió durante la guerra de Vietnam. En aquel entonces, las armas y equipos enviados por China y la URSS fueron determinantes para fortalecer la resistencia de Hanói y desgastar a las fuerzas estadounidenses.
“No cabe duda que el apoyo chino y soviético a Vietnam del Norte intensificó la inquietud estadounidense sobre la situación militar en el sudeste asiático”, señala con claridad Mark A. Lawrence, profesor en la Universidad de Austin (Texas) y autor del libro The Vietnam War. A Concise International History (Oxford University Press, 2008).
Vietnam representa un claro ejemplo de conflicto limitado o por delegación, modalidad característica de la Guerra Fría. Estados Unidos y la Unión Soviética evitaron enfrentarse directamente —por temor a una escalada nuclear— pero fomentaron enfrentamientos en terceros países para debilitar al adversario. Por su parte, aunque también comunista, China fue desarrollando su propia agenda regional y actuó cada vez con mayor independencia respecto al Kremlin.
Mientras que la ayuda militar occidental es esencial para que Ucrania resista las ofensivas rusas, en los años sesenta los roles eran inversos. En primavera de 1965, EE. UU. intervino directamente en Vietnam enviando tropas de combate e iniciando grandes bombardeos contra el régimen comunista de Hanói mediante las operaciones Flaming Dart y Rolling Thunder.
Frente a esta intensidad, Moscú respondió como lo hizo la OTAN desde febrero de 2022: enviando asesores y armamento avanzado.
“Este apoyo impactó significativamente en la capacidad defensiva vietnamita frente a los ataques estadounidenses y fue uno de los motivos por los cuales Vietnam se acercó más a la Unión Soviética a finales de los años sesenta”, comenta Sergey Radchenko, profesor en Johns Hopkins University y autor de Two Suns in the Heavens. The Sino-Soviet Struggle for Supremacy, 1962-1967. En ese período se decía que Hanói contaba con una de las redes antiaéreas más efectivas del mundo.
Conforme el conflicto avanzaba, los soviéticos suministraron aviones MiG-17 y MiG-21 a Hanói. China, aún sin su actual poderío militar, aportó armas menos sofisticadas como rifles y artillería.
Mao Zedong también desplegó decenas de miles de soldados norvietnamitas para labores ingenieriles o manejo de posiciones antiaéreas, lo que permitió que el gobierno enviara tropas al sur para combatir.
Otro punto común entre Ucrania y Vietnam es que ambas partes consideraban cuidadosamente las líneas rojas para evitar escalar hacia un conflicto directo entre grandes potencias.
La operación Rolling Thunder duró más de tres años, pero Washington restringió su uso completo por temor a que destruir Vietnam del Norte provocara una intervención directa china o soviética. De igual modo, se evitaban ataques sobre ciertas áreas para prevenir enfrentamientos con Pekín o Moscú.
Por ejemplo, no bombardearon el puerto Haiphong donde llegaban el 70 % de los suministros militares chinos y soviéticos destinados a Vietnam del Norte. También se evitaba operar cerca de la frontera china para impedir incidentes armados descontrolados.
La cautela llegó al extremo en que Lyndon B. Johnson autorizó atacar baterías antiaéreas solo si estas disparaban primero contra aviones estadounidenses, evitando así bajas innecesarias entre asesores soviéticos o chinos.
Sin embargo, pese a todas las precauciones no se pudieron evitar pérdidas humanas: Max Hastings registró 771 muertos chinos y 18 soviéticos causados por los bombardeos Rolling Thunder en su libro La guerra de Vietnam. Una tragedia épica, 1945-1975 (Crítica, 2019).
La preocupación no solo era militar sino también diplomática. Lawrence explica que “en etapas avanzadas del conflicto los estadounidenses temían menos una intervención directa soviética que un deterioro en las relaciones con ella justo cuando necesitaban su apoyo para finalizar la guerra y reducir tensiones globales”.
También hubo moderación dentro del bando comunista. Moscú dudaba en enviar armas antiaéreas avanzadas o bien entregaba versiones menos potentes para exportación. Para Mao Zedong, cruzar la línea roja significaba un ataque a territorio chino o un intento estadounidense por derrocar al régimen norvietnamita.
Durante el mandato de Joe Biden hubo consenso occidental sobre cómo asistir a Kyiv; sin embargo, bajo Donald Trump surgieron discrepancias dentro de la OTAN respecto al alcance adecuado del apoyo militar para frenar a Rusia.
En el sudeste asiático también se evidenciaron pronto las crecientes diferencias entre Moscú y Pekín surgidas en los años sesenta. Desde época colonial rusa había delegado en Mao ayudar a los comunistas vietnamitas; pero con la entrada estadounidense el conflicto se volvió un epicentro crucial durante la Guerra Fría.
“Moscú debía demostrar liderazgo mundial revolucionario apoyando a Vietnam; no hacerlo era terreno fértil para que China explotara esa ausencia reforzando su influencia sobre Hanói y cuestionando la credibilidad soviética”, afirma Radchenko.
Vietnam del Norte nunca fue una simple marioneta comunista sino que impuso su propia agenda. Por ejemplo, llevó adelante la ofensiva del Tet en enero de 1968 pese a oposiciones tanto chinas como soviéticas. Los primeros apostaban por una guerra prolongada al estilo maoísta mientras los segundos preferían negociar para evitar escaladas con EE.UU.
A pesar de esas tensiones tripartitas ninguno podía permitirse abandonar a Hanói: “Aunque soviéticos deseasen terminar con el conflicto debían mantener su prestigio entre movimientos comunistas y no alineados”, relata Lawrence.
EE.UU., por su parte, intentó sacar partido a esas divisiones. En octubre de 1969, mediante lo llamado teoría del loco, Nixon provocó una alerta nuclear para presionar tanto al Kremlin como a Hanói hacia negociaciones para poner fin a la guerra (promesa electoral presidencial).
No obstante, el gran movimiento táctico estadounidense llegó tres años después durante máxima presión militar norvietnamita sobre Vietnam del Sur con la ofensiva Pascua 1972. Un año antes China había iniciado acercamientos con EE.UU mediante “diplomacia del ping-pong” mientras el Kremlin priorizaba cerrar conversaciones SALT sobre armas nucleares.
En ese escenario Washington aprovechó que China y Unión Soviética estaban dispuestas a negociar para presionar conjuntamente a Vietnam del Norte con cortar apoyo militar si persistían las hostilidades.
Los soviéticos respondieron amplificando sus envíos armamentísticos en 1974 aprovechando crisis política estadounidense derivada Watergate y recortes militares aprobados por Congreso; cuadruplicaron tanques y armas ofensivas hacia Hanói.
China detuvo envíos debido al inicio creciente enemistad entre Pekín y Hanoi; sin embargo las armas soviéticas fueron suficientes para lanzar ofensiva final que concluyó con caída Saigón. Aun así, fieles a su deseo constante por autonomía estratégica, dicha operación fue diseñada exclusivamente por militares norvietnamitas.
Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.








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