Fuente: Hoy Digital
La captura de Nicolás Maduro y las dudas sobre el regreso de los venezolanos
Dos días luego de la detención de Nicolás Maduro, Patricia Bullrich, exministra de seguridad y actual senadora oficialista, se dirigió a un millar de venezolanos que celebraban en el obelisco de Buenos Aires: “Maduro no está más. (…) A Maduro se lo llevaron.” Ante la ovación, añadió: “Y ahora comienza un camino donde todos ustedes van a volver a su Venezuela querida. Muchísimas gracias. Los vamos a extrañar”. La respuesta del público cambió notablemente: escasos aplausos, algunos abucheos y mucho silencio. Este marcado contraste, que se difundió rápidamente en redes sociales, plantea interrogantes profundos para los gobiernos latinoamericanos: ¿cuándo podrán regresar los 7,9 millones de venezolanos a su país? O más directamente, ¿volverán?
Las diásporas y el regreso tras los conflictos
En casos de diáspora como el venezolano, la idea del retorno voluntario al país natal enfrenta desafíos complejos: ¿qué sucede cuando el conflicto termina pero ya existe una integración local? Tras los conflictos, el retorno suele ser limitado y depende de varios factores clave: seguridad, estabilidad institucional, perspectivas económicas y vínculos emocionales e identitarios. En líneas generales, las poblaciones en diáspora consideran regresar cuando perciben que su país de origen ofrece condiciones mínimas de seguridad y gobernabilidad junto con oportunidades económicas razonables.
Sin estas condiciones, el retorno es poco probable. Además, existe una dimensión emocional complicada que oscila entre el apego identitario y el compromiso con la reconstrucción nacional por un lado, y los nuevos vínculos creados tras años de desplazamiento por otro. Estas tensiones explican por qué el vínculo con el país de origen, aunque puede traducirse en un regreso permanente, frecuentemente adopta formas alternativas como remesas, inversiones, visitas o retornos temporales.
Seguridad y estabilidad institucional inciertas
Tras la captura de Maduro, el Estado socialista venezolano permanece casi intacto. Aunque no está claro el alcance real de las palabras del presidente Trump: “vamos a manejar Venezuela”, sí se sabe que su administración apoya a Delcy Rodríguez, vicepresidenta de Maduro y leal al régimen, como nueva presidenta. Con ella, el núcleo duro del chavismo —incluidos Diosdado Cabello y Vladimir Padrino López— continúa en el poder. Los signos políticos son contradictorios. Mientras Rodríguez muestra colaboración con Estados Unidos, afirmó que “Jamás volveremos a ser colonia de ningún imperio”. Aunque se anunció la excarcelación de presos políticos —realizándose solo algunas— organizaciones sociales denuncian violencia estatal y nuevas detenciones.
Por otro lado, el secretario de Estado Marco Rubio afirmó que pensar en elecciones es prematuro, coincidiendo con el énfasis de Trump en reafirmar la Doctrina Monroe y en el destino del petróleo venezolano más que en restaurar la democracia. Esta última ni siquiera fue mencionada por Trump ni por otros oradores durante la mañana del 3 de enero. Por ello, los hechos iniciales sugieren que un cambio de régimen orientado a fortalecer la seguridad y la estabilidad democrática resulta sumamente incierto.
Incertidumbre económica
Aunque la situación política mejorara drásticamente, las perspectivas económicas seguirían siendo sombrías. Primero porque no está claro cuál es el plan de la administración Trump respecto al petróleo venezolano. La infraestructura petrolera está devastada tras años de mala gestión y falta de inversión. Según Bloomberg, recuperar significativamente la capacidad productiva requeriría invertir unos 100 mil millones de dólares —10 mil millones anuales durante una década—. Esto se complica con la caída cercana al 25% en los precios del petróleo durante el último año, lo cual afecta seriamente la rentabilidad del sector. Por ello no parece probable una avalancha inversora hacia Venezuela.
En consecuencia, el incentivo económico para que los venezolanos regresen y reconstruyan su país es incierto. Además, muchos migrantes ya están establecidos económicamente en sus países receptores; tienen empleos, negocios y redes profesionales. El costo de abandonar esos logros para volver a un panorama económico incierto es considerable.
El factor emocional e identitario
Es esencial considerar también las dimensiones emocionales e identitarias del desplazamiento. Después de años viviendo fuera, el amor por la patria perdida se vuelve complejo. Pensemos en adolescentes nacidos en la diáspora, niños escolarizados allí, jóvenes que huyeron buscando un futuro mejor o quienes han construido comunidades en sus países receptores. Su apego a Venezuela es seguramente fuerte y genuino pero convive con un vínculo real hacia las sociedades que los acogen —a las cuales también han aportado—. La identidad se vuelve transnacional: un puente entre la patria originaria, el país receptor y las comunidades globales en diáspora.
Este amor complejo coexiste con una identidad nacional fracturada. Regresar significa volver a un lugar donde persisten las causas del éxodo. No es falta de patriotismo ni indiferencia sino un proceso identitario propio de desplazamientos prolongados; atravesado por tensiones y muchas veces condicionado por un estatus legal definitivo en el país receptor mediante permisos o naturalización.
Repensando el retorno
El regreso tras un conflicto rara vez es lineal. En un escenario ideal muchos venezolanos mantendrán vínculos con su país mediante remesas, inversiones o visitas periódicas. Otros optarán por migración circular alternando estancias entre ambos lugares. Muchos seguirán participando activamente para promover cambios políticos mientras sólo algunos retornarán definitivamente para contribuir a la reconstrucción nacional. Exigir o esperar una repatriación masiva ignora tanto los obstáculos sociopolíticos como las vidas legítimas y complejas construidas por los migrantes; ignorando también que esto ha ocurrido no solo con permiso explícito de los países receptores sino también debido al uso político-electoral del conflicto venezolano por parte de gobiernos latinoamericanos.
La marcada diferencia en las reacciones frente al Obelisco porteño debería servir como advertencia. Los países receptores y la comunidad internacional no pueden asumir un retorno automático tras la captura de Maduro. Las diásporas no se revierten simplemente con el fin del conflicto —más aún cuando este “supuesto fin” está rodeado por altos niveles de incertidumbre como ocurre en Venezuela—. El silencio observado cambia la pregunta: no es cuándo o si volverán los venezolanos sino si las sociedades latinoamericanas están preparadas para reconocer la compleja realidad que enfrentan estos migrantes y respetar sus decisiones legítimas.
Ernesto Fiocchetto es sociólogo por la Universidad Nacional de Cuyo y doctor (PhD) en Relaciones Internacionales por Florida International University. Asesor en Pan-American Strategic Advisors e investigador posdoctoral en la Steven J. Green School of International and Public Affairs de Florida International University.
Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.








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