Fuente: Hoy Digital
Un avance gradual hacia la peatonalización en la Zona Colonial de Santo Domingo obedece a criterios urbanos, patrimoniales y estéticos que van más allá de una mera reorganización del tránsito. No se trata solo de prohibir el paso vehicular, sino de redefinir la conexión entre los habitantes, la memoria histórica y el entorno construido. Como señalan arquitectos, expertos en estética e historiadores, las ciudades fundacionales —y Santo Domingo es ejemplo para América— demandan intervenciones que superen lo funcional: es necesario conservar la memoria tangible sin paralizar la vida actual que las habita.
Reconocida como el primer trazado urbano europeo permanente en América, la Ciudad Colonial tiene un valor fundacional que exige abordar cualquier modificación bajo principios de conservación integral. Sus calles angostas, la piedra coralina como material predilecto, las técnicas constructivas coloniales y la proporción de sus fachadas fueron diseñadas para un tránsito peatonal y un ritmo lento que invita a la contemplación. La presencia del automóvil, objeto de otra época histórica, rompe con esta lógica sensorial, alterando la experiencia estética y ejerciendo presiones físicas sobre edificaciones centenarias cuya estabilidad depende muchas veces de equilibrios estructurales delicados.
Por ello, la peatonalización no solo protege el patrimonio tangible al disminuir vibraciones, contaminación y carga vehicular, sino que también recupera el valor simbólico del espacio. Pasear por la Zona Colonial es más que desplazarse: es interpretar la ciudad como un texto histórico. Cada callejón, plaza o claustro suma capas temporales que forman un palimpsesto urbano donde convergen siglos de historia. Desde una perspectiva estética urbana, este espacio funciona como un campo sensorial donde luz, sombra, textura pétrea y escala arquitectónica generan una experiencia de contemplación activa. La supresión del tráfico intenso permite que ese sentir emerja, restaurando la relación entre el cuerpo humano y su entorno histórico.
No obstante, toda medida urbanística trae efectos secundarios. La limitación vehicular ha provocado un problema creciente en torno al estacionamiento. La disminución de espacios para parqueo dentro del área colonial —debido a restricciones físicas, normativas patrimoniales y criterios visuales— ha generado una tensión entre preservar y facilitar el acceso. Si bien el visitante puede recorrer a pie el casco histórico, primero debe llegar a él. Aquí se revela una deficiencia operativa que impacta tanto en la experiencia turística como en el uso cotidiano local del centro histórico.
La complejidad aumenta cuando se considera el papel de las modernas cartografías digitales. Actualmente, la interacción con la ciudad está mediada por sistemas de geolocalización que emplean inteligencia artificial para señalar restaurantes, museos, monumentos y rutas peatonales con gran precisión, optimizando así el recorrido del visitante. Sin embargo, estas plataformas presentan una carencia notable: la información sobre infraestructura para estacionamientos es fragmentaria, desactualizada o carece de clasificación adecuada. Lugares cerrados siguen apareciendo como disponibles; espacios nuevos no están registrados; además rara vez se diferencia entre parqueos públicos, privados o restringidos. La inteligencia artificial orientada al consumo cultural no ha incorporado completamente la logística del acceso vehicular.
Esta deficiencia pone en evidencia la necesidad de modernizar los sistemas de información territorial. Un mapa patrimonial contemporáneo no puede limitarse a marcar puntos históricos; debe incluir las infraestructuras que permiten su acceso. La IA aplicada a la gestión urbana debería integrar datos actualizados en tiempo real sobre disponibilidad, tarifas, horarios y ocupación para articular una movilidad acorde con la peatonalización vigente.
El problema no afecta exclusivamente al turista; también tiene una dimensión social frecuentemente ignorada: los habitantes locales que visitan la Zona Colonial por motivos culturales, académicos o recreativos. Instituciones como la Academia Dominicana de la Lengua, junto a las Academias de Historia, Medicina y Ciencias, además de museos, centros culturales y espacios para conferencias atraen a públicos especializados que requieren accesibilidad vehicular tanto durante el día como en horarios nocturnos. La escasez de parqueos provoca demoras, estrés logístico y en ocasiones disuade su asistencia. Así el centro histórico corre el riesgo de convertirse en un escenario pensado solo para visitantes extranjeros, perdiendo su función cívica para los ciudadanos nacionales.
Desde el ámbito urbanístico, está claro que justificar nuevos espacios para estacionar no implica sacrificar patrimonio sino manejarlo inteligentemente desde lo espacial. La solución no pasa por saturar el centro histórico con parqueos visibles sino por crear infraestructuras compatibles con su estética. Opciones viables ya implementadas en cascos antiguos europeos y latinoamericanos incluyen aparcamientos subterráneos, estructuras perimetrales, sistemas internos eléctricos para transporte y bolsas camufladas en manzanas interiores.
En este marco surge una necesidad estratégica específica: diseñar un mapa exclusivo dedicado a los parqueos en la Zona Colonial. No un plano turístico general sino una cartografía funcional enfocada únicamente en localizar estacionamientos. Esta herramienta debería contar con iconografía clara, tipologías diferenciadas, indicaciones sobre capacidad, horarios operativos y grado de proximidad a puntos culturales relevantes. Su utilidad sería inmediata tanto para visitantes como residentes al acortar tiempos de búsqueda, descongestionar calles periféricas y mejorar la experiencia al acceder al área histórica.
La integración de este mapa con sistemas basados en inteligencia artificial aumentaría aún más su eficiencia. Mediante sensores para medir ocupación, aplicaciones móviles y señalética inteligente sería posible conocer disponibilidad antes incluso de ingresar al perímetro colonial e incluso gestionar reservas durante eventos culturales importantes articulando movilidad, seguridad y planificación urbana en tiempo real.
La cuestión vinculada al estacionamiento trasciende ser un tema menor pues impacta dimensiones profundas relacionadas con la gestión patrimonial. Un centro histórico inaccesible para sus propios habitantes corre el riesgo de funcionar como un espacio elitista funcionalmente hablando. Garantizar accesibilidad vehicular a ciudadanos comunes —estudiantes, académicos, familias o gestores culturales— es parte fundamental para democratizar el patrimonio cultural. La memoria urbana debe vivirse corporalmente y no observarse distante desde afuera.
Peatonalizar fue un paso acertado y necesario: ha protegido estructuras históricas, embellecido recorridos y restablecido una escala humana apropiada al espacio originario. Pero para que esta ciudad histórica siga viva requiere contar con infraestructuras complementarias que conjuguen conservación con habitabilidad contemporánea. Incrementar y organizar los parqueos sin afectar visualmente el patrimonio forma parte esencial de esa evolución necesaria.
Preservar no significa detenerse ni inmovilizarse; implica permitir que el pasado dialogue con el presente bajo condiciones funcionales dignas. Un sistema actualizado de estacionamientos acompañado por cartografías inteligentes claras y accesibles asegurará que la Zona Colonial continúe siendo no solo una reliquia histórica sino también un espacio vivo donde converjan cultura, academia y ciudadanía. Porque conservar verdaderamente no es aislar la memoria sino hacerla transitable para todos.
Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.









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