Fuente: Hoy Digital
Durante muchos años, la geopolítica ha sido un campo dedicado a estudiar la influencia que tienen la ubicación, el territorio, los recursos naturales y las características geográficas en el poder y la estrategia de los Estados, cuya evolución se encontraba estrechamente vinculada a estos factores. Su esencia radica en la relación entre espacio y política, incluyendo aspectos económicos, militares y culturales que condicionan la proyección internacional y la competencia por el dominio global. Sin cuestionar su base fundamental, los cambios que han ocurrido en el escenario internacional durante el último año han generado serias dudas sobre los fundamentos de esta visión, en tanto se observa una transformación gradual de la naturaleza de los estados nación, acompañada de nostalgias obsesivas y liderazgos autoritarios.
En particular, desde la consolidación de la doctrina Trump plasmada en la Estrategia de Seguridad Nacional, se han identificado tres momentos clave evidenciados en diversos foros. Esto ocurre en un contexto excepcional marcado por la respuesta del primer ministro canadiense Mark Carney, quien en Davos criticó un escenario que implicaba una ruptura más que una transición; una postura que fue reafirmada tres semanas después por el canciller alemán Friedrich Merz en la 62 Conferencia de Seguridad de Múnich, al declarar que “el orden internacional ya no existe tal y como lo conocíamos”.
Actualmente, Carney lidera las negociaciones entre la Unión Europea y un bloque comercial relevante del Indo-Pacífico integrado por Canadá, Singapur, México, Japón, Vietnam, Malasia y Australia. Tras convocar a estas potencias medias a unir esfuerzos, busca crear una de las alianzas económicas globales más grandes, generando un nuevo bloque comercial con 1.500 millones de habitantes.
El primer momento se presenta en el evento de Múnich, reconocido como el histórico epicentro del transatlanticismo, donde Marco Rubio asumió un protagonismo destacado al atenuar el lenguaje confrontativo y vulgar de su presidente. No obstante, el mensaje resultó desalentador. Rubio apeló con una inusual (¿ingenua?) sinceridad a una identidad común con Europa (“para nosotros, los estadounidenses, nuestro hogar puede estar en el hemisferio occidental, pero siempre seremos hijos de Europa”), basada en un supuesto pasado glorioso que dio origen a “una civilización ejemplar” sin fisuras cimentada en “la fe cristiana”.
De ello sólo podía sentirse orgullo porque “en Europa nacieron las ideas que sembraron las semillas de la libertad que cambiaron el mundo”. La denuncia contra los riesgos de la migración masiva cerró esta narrativa simplista que busca unificar el miedo para configurar una identidad servil entre amplias mayorías preocupadas por su subsistencia. Si el reclamo contra la delincuencia funcionó para favorecer al publicista Bukele, ¿por qué no recurrir ahora a satanizar al otro mediante la exaltación de la “remigración”?
El segundo momento corresponde a la presentación formal el 19 de febrero pasado de la Junta de Paz, concebida inicialmente como una “administración de transición” para Gaza pero cuyo ámbito pretende ahora expandirse globalmente bajo impulso de la Casa Blanca. Estados Unidos aportará diez mil millones de dólares para su funcionamiento una vez que el Congreso lo apruebe. A esta reunión asistieron familiares de Trump (su yerno Kushner), empresarios (Witkoff), personalidades del espectáculo (Infantino), miembros del gabinete (Vance y Rubio) y representantes de 27 países unidos por intereses privados y lealtades compartidas; todos ellos rindieron pleitesía y oficializaron el fin del multilateralismo sin que hasta ahora ninguno haya pagado los mil millones de dólares que cuesta pertenecer a este nuevo club.
En su discurso inaugural Trump se dirigió a los dos únicos presidentes latinoamericanos presentes con palabras cuyo significado no requiere interpretación: “¿Dónde está el presidente Milei? Yo lo apoyé. No se supone que deba apoyar a la gente, pero apoyo a quienes me caen bien… Iba un poco rezagado en las encuestas. Al final, obtuvo una victoria aplastante”. Luego añadió: “El presidente Peña de Paraguay está aquí. Muchas gracias. Es un joven guapo. Siempre es agradable ser joven y guapo. Eso no significa que tengamos que quererlo. No me gustan los jóvenes guapos. Me gustan las mujeres. A mí no me interesa eso. Usted también hace un excelente trabajo”. Milei no tuvo oportunidad de hablar, aunque Peña sí agradeció efusivamente las palabras del anfitrión.
Finalmente, Trump convocó a varios presidentes latinoamericanos a una cumbre en Miami para el 7 de marzo, unas semanas antes de su viaje a Pekín. La lista inicial confirmada incluía a Milei (Argentina), Paz (Bolivia), Noboa (Ecuador), Bukele (El Salvador), Asfura (Honduras) y Peña (Paraguay). Se trata del grupo más leal de la región dentro del nuevo orden imperial. Más tarde se sumó Molino, presidente de Panamá. La cumbre tendrá como objetivo contrarrestar la influencia china en el hemisferio bajo la retórica trumpista del regionalismo cerrado.
Si bien analistas como Ian Bremmer interpretan este tipo de discursos como muestra del auge de una “geopolítica transaccional”, donde las alianzas se evalúan cada vez más según intereses prácticos concretos, personalmente prefiero enfocarme en el carácter más individualista y autocrático del actual momento vasallaje. El presidente estadounidense concentra el poder porque el Congreso le ha transferido competencias mientras aprueba menos leyes que cualquier otro desde mediados del siglo XIX. Además ha logrado convertir a su vocero actual, Marco Rubio —quien ocho años atrás lo calificó como estafador incapaz de manejar códigos nucleares— en un servidor complaciente que satisface plenamente su ego presidencial. Esta situación representa el cénit de la geopolítica centrada en uno mismo; pues Trump narra constantemente los hechos pasados, presentes y futuros siempre en primera persona del singular.
Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.








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