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Erik Prince, el contratista militar privado que ataca la Bolsa usando drones con inteligencia artificial

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El 16 de este mes, Swarmer estableció el precio de su oferta pública inicial (OPI) en cinco dólares por acción.

Fuente: Cinco Días

Erik Prince (Míchigan, EE UU, 1969) siempre ha mostrado sin reparos su faceta de mercenario dispuesto a lucrarse con el desorden, especialmente cuando sucede fuera de las fronteras de su querido Estados Unidos. Creador de la privatización militar durante los años más oscuros de la guerra en Irak, y fundador y presidente de la controvertida Blackwater, ahora ha encontrado una veta más discreta y lucrativa que el estrépito de las armas: la fiebre por la inteligencia artificial. Con la salida a Bolsa de Swarmer, un proyecto tecnológico que busca dotar de inteligencia y autonomía a enjambres de drones mediante IA, Prince, quien preside esta empresa, ha conseguido algo que parecía improbable: que Wall Street deje de lado su pasado para enfocarse en el potencial de sus algoritmos.

El 16 de este mes, Swarmer estableció el precio de su oferta pública inicial (OPI) en cinco dólares por acción. Su estreno en el Nasdaq resultó ser un éxito alcista tan rotundo que se convirtió en la mejor salida a Bolsa en EE UU durante el último año. Antes de que los expertos pudieran reaccionar, las acciones se dispararon un 520% en su primera jornada. En apenas dos días, la revalorización alcanzó casi el 1.100%, llevando la capitalización bursátil de esta joven compañía hasta los 670 millones de dólares. No importa que la empresa apenas generara ingresos por 310.000 dólares en el último año o que sus pérdidas superaran los 8 millones; en la batalla por dominar la IA, Wall Street se muestra fascinada por la promesa de un futuro colmado de máquinas inteligentes más que por los beneficios presentes.

Hijo de una de las familias más acaudaladas del estado de Míchigan, los Prince-Broekhuizen, con gran influencia en la política estadounidense, este mercenario reconvertido en tecnócrata estudió en las Holland Christian Schools —de donde proviene su fuerte formación religiosa—. Tras completar su licenciatura en Hillsdale College, inició su breve trayectoria política como becario en la Casa Blanca durante el mandato de George H. W. Bush en 1990. Aquel presidente fue posteriormente objeto de sus duras críticas con un tono homófobo y antiwoke al estilo Donald Trump: “Vi muchas cosas con las cuales no estuve de acuerdo, como invitaciones a grupos homosexuales, el acuerdo sobre el presupuesto, legislación sobre el medio ambiente, y ese tipo de leyes”.

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Insatisfecho con las élites estadounidenses, Prince decidió enlistarse en las fuerzas especiales navales SEAL. Esta elección justificaría con los años su afición por los conflictos armados. Aunque durante su etapa en esta unidad élite no experimentó directamente las atrocidades bélicas, atribuye a ese entrenamiento el nacimiento de su espíritu emprendedor. En 1995 dejó la carrera militar y, tras vender Prince Corporation —empresa fundada por su padre— por 1.350 millones en efectivo a Johnson Controls, adquirió un terreno en el Gran Pantano de Virginia. Esa operación en 1997 marcó el inicio oficial de Blackwater, su empresa emblemática.

El crecimiento de Blackwater fue vertiginoso. Prince supo aprovechar el contexto generado tras el 11S y la llamada Guerra contra el Terrorismo impulsada por EE UU para frenar al yihadismo globalmente. Ante la incapacidad del ejército convencional para cubrir tantos frentes simultáneos, la Casa Blanca optó por subcontratar seguridad en Irak y protección diplomática en Afganistán. Fue entonces cuando Blackwater entró en escena: se convirtió en el mayor contratista del Departamento de Estado al proveer 987 guardias para embajadas y bases extranjeras. Los contratos federales superaron los 1.600 millones de dólares, además de otros acuerdos clasificados cuyo monto exacto sigue siendo desconocido.

¿Qué llevó a Blackwater a superar a sus rivales? La fórmula empleada por Prince fue clara: reclutar exmilitares estadounidenses como mercenarios, formando un núcleo sólido con veteranos de fuerzas especiales que percibían remuneraciones mucho mayores como contratistas que dentro del ejército propio. Pero no solo el Departamento de Estado benefició a Blackwater; desde 2001 la CIA le otorgó contratos clasificados cercanos a los 600 millones y bajo la Administración Obama en 2010 recibió adjudicaciones adicionales por más de 120 millones, demostrando así que los negocios del empresario trascendían cualquier alineamiento político.

El expediente del empresario también incluye episodios tan crudos que ninguna campaña mediática ha logrado borrar su impacto. El punto crítico ocurrió en 2007 con la masacre ocurrida en la plaza Nisour de Bagdad, donde empleados de Blackwater mataron a 14 civiles iraquíes durante un confuso incidente sangriento que desató una crisis diplomática mundial. Este evento no solo derivó en condenas penales —luego perdonadas por Donald Trump— sino que provocó el distanciamiento del gobierno Obama hacia la firma y llevó a Prince a desprenderse de su participación en 2010 para establecerse en Abu Dabi.

No obstante, para Prince ese exilio solo ha sido una incubadora para nuevos negocios. La reputación implacable que le cerró puertas dentro del gobierno estadounidense le abrió durante la última década un abanico comercial fuera del alcance norteamericano. Dejó atrás sus discursos patrióticos para diversificar clientes sin importar ideologías ni creencias religiosas: desde formar un ejército personal para el príncipe heredero abu Dabi hasta explorar oportunidades con el régimen venezolano liderado por Nicolás Maduro o colaborar con Pekín. Ni investigaciones por violaciones a leyes sobre exportación armamentística ni acusaciones sobre vínculos entre círculos cercanos a Trump y Vladímir Putin han detenido su impulso empresarial.

Con 56 años, Prince parece haber comprendido que vender algoritmos basados en inteligencia artificial es hoy más seguro —y rentable— que ofrecer soldados al mejor postor. A través de Swarmer busca redimirse apostando por la precisión tecnológica ajena al caos humano vivido en Bagdad. Por ahora Wall Street ha decidido apostar por esta nueva imagen tecnócrata del mercenario cuya constante sigue siendo monetizar los conflictos desde diferentes ángulos.

Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.

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