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Muere Eduardo Palmer, figura clave en los inicios del cine dominicano

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En enero de 1959, utilizó seis cámaras en color —un detalle que refleja una ambición técnica poco habitual para ese tiempo— para registrar la entrada triunfal de Fidel Castro a La Habana.

Fuente: Listin diario

En enero de 1959, utilizó seis cámaras en color —un detalle que refleja una ambición técnica poco habitual para ese tiempo— para registrar la entrada triunfal de Fidel Castro a La Habana. En ese entonces, era propietario de su propia empresa, Cuba Color, donde Spencer Tracy realizó el doblaje de escenas de “El viejo y el mar”.

Jorge Muñoz S. me escribió por WhatsApp. Solo tres palabras fueron suficientes: Murió Eduardo Palmer. Lo conocí en el lugar donde se reúnen quienes deciden dedicar su vida a observar, en Cinevisión, hoy canal 19, el singular estudio cinematográfico del inquieto Johnny Dauhajre en Santo Domingo, durante la época de Planeta 3 —el primer programa dominicano de debate político que desde 1983 se transmitió semanalmente para 16 países latinoamericanos, con Àlvaro Vargas Llosa y Jaime Bayly como voces habituales. Tío Camilo, Carra, había creado el piloto.

Recuerdo esa reunión en la que ambos acordaron que Jorge Muñoz sería su sucesor. Tres hombres en un cuarto determinando quién continuaría la conversación. Hoy ese círculo se cierra con un mensaje de WhatsApp.

Pero Palmer había comenzado a observar mucho antes. En enero de 1959, con seis cámaras y en color —un rasgo que denota una ambición formal poco frecuente para la época— capturó la entrada triunfal de Fidel Castro a La Habana. Por aquel entonces poseía su propia empresa, Cuba Color, donde Spencer Tracy grabó las voces para escenas de “El viejo y el mar”.

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El mismo hombre que asistió a Tracy para plasmar la soledad de un pescador frente al mar fue quien luego registró la marea humana de una revolución.

La historia tiene esa dureza: te coloca en el centro de sus contradicciones sin pedir permiso alguno. Ese material se transformaría en “Gesta inmortal”, un documental que con los años le causaría incomodidad.

Existen imágenes que uno graba creyendo captar una cosa y que el tiempo transforma en otra. Palmer lo sabía mejor que nadie. Había documentado seis guerras latinoamericanas.

Sus ojos claros y curiosos presenciaron la guerra de abril dominicana de 1965 usando la misma cámara con la que había filmado el júbilo habanero de 1959. El júbilo y la metralla. La promesa y su ruptura.

Dejó Cuba en 1960. En 1963 fundó en República Dominicana una nueva empresa, el Noticiero Nacional, y emprendió una filmografía imparable. Coprodujo “Vudú sangriento” (1973). Produjo dos películas que hoy son hitos del cine cubano en el exilio: Los Gusanos (1978), de Camilo Vila, y Guaguasí (1983), de Jorge Ulla —ambas rodadas en suelo dominicano, como si fuese posible reconstruir la isla en otro lugar con suficiente voluntad y luz. Una docena de largometrajes. Quinientos programas televisivos. Más de cien documentales.

Sin duda alguna, Palmer fue una de las figuras más prolíficas del cine cubano, tanto dentro como fuera de su isla natal.

Desde 1996 residía en Miami, donde seguía produciendo contenidos para PBS con alcance continental.

En 2015 publicó su autobiografía. Donó treinta y cinco títulos sobre Cuba a una emisora federal porque consideraba que allí era el mejor lugar para preservar ese material. Como si supiera que los ojos que habían grabado esas imágenes no durarían para siempre.

Eduardo Palmer documentó el siglo XX latinoamericano con una constancia que hoy resulta casi inconcebible, cuando todo se graba pero poco se conserva. Tenía ojos azules, una cámara y la convicción de que lo que ocurría merecía ser mostrado. Eso, al final, es todo lo que un cineasta necesita.

Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.

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