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Un cuerpo consumido por las llamas y un espíritu liberado del sufrimiento

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Una historia de fe, amor y resiliencia: Sobrevivir contra toda esperanza (Editora Búho, Santo Domingo, 2026), un libro que despliega ante mis ojos y mi sensibilidad lectora múltiples facetas.

Fuente: Hoy Digital

Una historia de fe, amor y resiliencia: Sobrevivir contra toda esperanza (Editora Búho, Santo Domingo, 2026), un libro que despliega ante mis ojos y mi sensibilidad lectora múltiples facetas. Al detenerme en sus páginas y sumergirme en la profundidad humana de cada capítulo, confieso que sentí cierto desconcierto. Me cuestioné: ¿Cuál de las variadas dimensiones emocionales debo explorar? ¿Qué experiencias físicas, espirituales, personales y familiares difíciles debo elegir para quedarme?

Leer esta obra fue para mí una verdadera revelación. Recordemos que revelación, del latín revelatio, -onis, con el prefijo re- (de nuevo o hacia atrás) y el verbo velare (cubrir o velar), derivado a su vez de velum (cortina o velo), significa descubrir o quitar ese velo. En sus páginas hallé no solo el relato valiente y crudo de una tragedia desgarradora vivida por una joven madre y esposa de apenas 25 años, sino, lo que más ilumina, lo que deslumbra al levantar el velo y resulta radicalmente revelador: encontré un espíritu lleno de una profunda fe cristiana; un alma convencida del poder interior que sostiene la esperanza resiliente y el camino liberador del amor; un temple espartano en la lucha y estoico frente a la adversidad, con la mirada puesta en la voluntad de sobrevivir; un espíritu rebosante de gratitud consoladora y solidaridad responsable; y además, tuve la fortuna de descubrir en su autora a una escritora exquisita.

Por ejemplo, el primer capítulo comienza con una fuerza expresiva y un dominio del idioma tan destacado que un lector no experimentado podría ser seducido por la aparente magia de un fragmento narrativo ficticio: “Despierto desorientada, turbada, en un espacio frío de no más de tres metros cuadrados. Estoy tendida en una cama desconocida, envuelta casi por completo en gasas, con tubos que atraviesan mi piel y máquinas que registran lo que aún late dentro de mí. El aire es denso, impregnado del olor metálico de los instrumentos estériles, mezclado con un leve zumbido de monitores que no cesan de emitir su lenguaje incomprensible” (p.13). Esta muestra se repite a lo largo del libro y revela cómo nuestra autora eleva, gracias a su manejo acertado del lenguaje y la sinceridad de su confesión, la objetividad del testimonio al nivel conmovedor y simbólicamente múltiple de una escritura creativa notable.

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Este libro también representa un intenso recorrido hacia las profundidades ilimitadas del dolor. Su autora lo define como “un canto de celebración por la vida” (p.12), aunque enfrenta la ineludible necesidad de confrontar repetidamente la amenaza feroz e inoportuna de una muerte tempestuosa. Pero no: la fe —esa que define Hebreos 11.1 como “Certeza de lo que se espera y convicción de lo que no se ve”—; esa fe que, siguiendo al maestro Eckhart, consiste en permitir que Dios sea Dios; además el amor entendido como atención absoluta al otro —como Paul Celan describe la poesía— porque en su forma más elevada el amor valora más la vida del otro que la propia; especialmente cuando se trata del amor filial vivido por una madre atrapada en una jaula infernal junto a su hijo también en peligro; y finalmente la esperanza —que Beulah describe como “una carrera silenciosa” (p.45)— esa misma esperanza que Byung-Chul Han califica como fuerza espiritual confiando en posibilidades pese a las probabilidades adversas; estos valores junto a otros como la resiliencia, gratitud, amistad y solidaridad brindaron a aquel “cuerpo marcado por las llamas” (p.93) la fortaleza para seguir viviendo frente a pronósticos clínicos desfavorables y para enfrentar las consecuencias del accidente sin dejarse vencer ni condicionar su entereza ni su existencia por un cuerpo convertido en cicatrices ni por un mundo apenas aparentemente ajeno.

Pero no fue así. Ella ha conquistado ese mundo y muestra en su sonrisa la sanación liberadora de sus heridas. Con determinación logró transformar sus cicatrices para que ya no duelan sino brillen y para que sus palabras escritas con amor rindan homenaje a la vida superando incluso el voraz fuego destructor.

Por eso mismo Beulah afirma con justicia: “Mis cicatrices —esas huellas que el fuego quiso dejar como recordatorio— son ahora símbolos de una fuerza que no imaginaba poseer” (p.123). Es el emblema de la superación creativa, reveladora y beneficiosa frente al dolor, lo trágico y el miedo.

Su cuerpo y alma resistieron los embates constantes de medicamentos, cirugías y ataques bacterianos despiadados porque en cada instante consciente centraba su escaso aliento vital en la certeza esperanzadora: volver a abrazar a su hijo Jean Carlos —rescatado por ella misma aquel 24 de septiembre entre las llamas— y luego acompañar a su segundo e inesperado hijo Jean Alberto en sus sueños y aspiraciones.

Este libro me abrió los ojos —permítanme confesarlo expresando así mi sincera gratitud hacia su admirable autora— para liberarme definitivamente de un estado anímico enquistado dentro mío como costumbre escéptica sobre la vida que encontraba refugio en versos dolorosos como los tremendos versos de César Vallejo: “Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé! / Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, / la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma… Yo no sé!”. He padecido golpes profundos semejantes a esos “hondos caídos de los Cristos del alma” del gran poeta peruano universal; he sentido también cómo “todo lo vivido / se empoza como charco de culpa en la mirada”. Pero este maravilloso libro habla más bien de respiraciones profundas; más que tristezas nos habla de alegrías; lejos del hundimiento emocional nos invita a orar confiando en milagros; lejos del amarga derrota nos llama a cantar himnos victoriosos. No hay odio sino compasión y amor divino entre sus páginas.

Gracias a esta obra comprendí que “la resiliencia no nace de la ausencia del dolor sino de la capacidad para transformarlo” (p.123), según palabras propias de Beulah Reynoso. Durante su proceso curativo —que incluyó más de cuarenta cirugías durante meses plagados por apuestas letales contra su vida hasta rozar momentos en los cuales recibió extremaunción— ella salió victoriosa porque más allá de fragilidades humanas, abanderada por fe y amor y apostando contra toda adversidad a renacer, mantuvo viva su alma ardiente entre “la esperanza y el miedo” (p.31) hasta redimirse enamorándose nuevamente de sí misma: un yo indomable instalado ahora en un cuerpo reconstruido pero irreductible e identitario suyo único.

Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.

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