Fuente: Hoy Digital
Irán bloquea el paso de buques por el estrecho de Ormuz tras el estallido del conflicto con Estados Unidos e Israel, confirmando las históricas inquietudes de expertos en geopolítica y política energética sobre las vulnerabilidades de los sistemas nacionales, muchas veces organizados en redes transfronterizas.
Este conflicto revela dos aspectos clave de dicha vulnerabilidad. Por un lado, pone en evidencia la fragilidad de la producción petrolera y gasífera en la región ante enfrentamientos armados. Por otro, muestra la alta dependencia de los países consumidores respecto a los flujos de petróleo, gas natural y sus derivados, concentrados en una zona con una larga historia de tensiones geopolíticas donde los petrodólares juegan un papel fundamental en la configuración del poder interno y externo de los Estados productores.
Además, se añade como factor agravante la conciencia sobre la dependencia del mercado energético en corredores logísticos críticos, que se convierten en objetivos durante situaciones conflictivas. En este marco, el estrecho de Ormuz, uno de los principales cuellos de botella del suministro energético global, se revela como un eslabón crucial cuya interrupción demuestra cómo la posición geográfica puede ser utilizada como arma geopolítica, provocando serias disrupciones en el abastecimiento mundial de energía y consecuencias económicas importantes.
¿Qué ha ocurrido?
El 28 de febrero, tras el inicio de las hostilidades entre Estados Unidos e Israel contra Irán y las represalias iraníes, se detuvieron los flujos de transporte de petróleo, gas natural y otras materias primas a través del estrecho de Ormuz. Esto afecta al traslado cercano al 19% del petróleo mundial y al 20% del gas natural licuado (GNL), que es el gas enfriado para facilitar su transporte a gran escala.
Como efecto directo, se generó un déficit diario aproximado de 11 millones de barriles en el mercado internacional. Respecto al gas natural, también se interrumpió el flujo de cerca de 286.000 millones de metros cúbicos de GNL, cifra similar a la reducción registrada en los envíos por gasoductos desde Rusia a Europa tras el inicio del conflicto ruso-ucraniano.
Igualmente, el bloqueo impactó notablemente en el suministro de otros derivados vinculados al petróleo y al gas, tales como fertilizantes nitrogenados, helio y azufre. La importancia de Oriente Medio como proveedor principal amplificó estas afectaciones, con repercusiones no solo energéticas sino también en sectores críticos como la agricultura y la industria química.
Las repercusiones
Como consecuencia del agravamiento del conflicto, la tendencia descendente observada durante 2025 en los precios del petróleo, gas natural y derivados se revirtió bruscamente, originando un escenario marcado por aumentos rápidos y alta volatilidad. Los precios subieron considerablemente: el Brent pasó de aproximadamente 69 dólares en enero a superar los 100 dólares, reflejando la gran incertidumbre sobre la duración e intensidad del conflicto.
Los impactos se extendieron globalmente con un incremento generalizado en los costes energéticos. Los países asiáticos —que concentran cerca del 80% de las exportaciones petroleras y el 90% de las gasíferas provenientes de Oriente Medio— se han visto especialmente perjudicados, enfrentando problemas en el abastecimiento, aumento en costos y adoptando medidas urgentes como controles tarifarios, subsidios al consumo, racionamientos y otros incentivos para reducir el uso energético. Sin embargo, dichos efectos también comienzan a sentirse en Europa y algunas regiones africanas, con una tendencia a agravarse a corto plazo conforme se agoten los mecanismos temporales para mitigar la crisis.
Frente a este panorama, diversas acciones se implementaron para contener la volatilidad y paliar el déficit de oferta. El gobierno estadounidense ha señalado que sus operaciones militares son temporales mientras flexibiliza puntualmente sanciones al petróleo ruso e iraní para abastecer grandes mercados como India. Países del Golfo Pérsico como Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos han redirigido parte de sus exportaciones mediante rutas alternativas que evitan el estrecho. Paralelamente, naciones miembros de la OCDE acordaron liberar reservas estratégicas coordinadamente. En conjunto, las estimaciones más optimistas indican que estas medidas han logrado disminuir parcialmente el déficit hasta cerca de 8 millones de barriles diarios, cifra superior al consumo total esperado para América Latina y el Caribe durante 2024.
A pesar de estos esfuerzos, persiste la percepción de que el mercado aún no ha incorporado completamente la gravedad del panorama. Incluso si se mantiene el alto el fuego anunciado el 7 de abril y algunos países retoman gradualmente sus actividades productivas y logísticas petroleras y gasíferas, podrían pasar meses antes que las operaciones vuelvan a niveles normales.
En caso de prolongarse o escalarse el conflicto con mayores daños a infraestructuras energéticas críticas —algo que los productores del Golfo tratan de evitar manteniéndose al margen militarmente— podría desencadenarse una crisis energética con consecuencias económicas mucho más severas que episodios anteriores como el embargo petrolero de 1973 o el comienzo del conflicto ruso-ucraniano. En ese escenario los precios internacionales del petróleo, GNL y derivados podrían alcanzar niveles aún más altos con potencial para provocar una caída significativa en la demanda e impulsar una mayor inflación global junto con riesgo recesivo.
Opciones futuras
Por ello, lo ocurrido en Oriente Medio obliga a los países importadores a prepararse para manejar este contexto incierto generado por la crisis energética actual y anticipar medidas para mitigar impactos ya visibles sobre costos energéticos y productos relacionados.
La respuesta frente a esta crisis prolongada debe combinar acciones inmediatas con estrategias a mediano y largo plazo. A corto plazo resulta prioritario que los países importadores implementen mecanismos para minimizar su exposición al choque sobre la oferta energética cuidando especialmente a los sectores sociales más vulnerables afectados proporcionalmente por los incrementos en precios energéticos.
En horizontes más extensos es fundamental avanzar hacia una diversificación realista tanto en fuentes como rutas para suministrar petróleo y gas natural priorizando colaboraciones con regiones estables aun cuando esto implique mayores costos iniciales.
Los estados más expuestos deben reforzar sus políticas para diversificar matrices energéticas incrementando eficiencia e impulsando fuentes menos intensivas en carbono progresivamente.
Estas políticas deben aplicarse gradualmente aprovechando las condiciones particulares y tecnologías disponibles según cada país debido a la persistencia del rol central del petróleo y gas natural dentro del sistema energético global cuya sustitución enfrenta desafíos significativos. Sectores como transporte pesado, aviación, navegación marítima e industria petroquímica siguen dependiendo fuertemente estos recursos dada la limitada disponibilidad tecnológica competitiva masiva alternativa hoy día.
En este marco aunque avanza la electrificación como estrategia clave para descarbonizar varios sectores económicos su implementación sigue limitada justamente donde la transición resulta más compleja reforzando así la necesidad de enfoques graduales que integren seguridad energética con sostenibilidad ambiental.
En conclusión, más allá de un evento puntual disruptivo esta crisis expone limitaciones estructurales derivadas tanto de la concentración geográfica como dependencia estratégica sobre rutas críticas dentro del sistema energético global; reafirmando así que garantizar seguridad energética debe ser eje esencial dentro las decisiones estratégicas demandando un balance adecuado entre costo económico resiliencia riesgo ante un contexto internacional cada vez más incierto.
Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.









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