Salud

Dispositivos digitales, estrés y la falsa sensación de estar siempre conectados

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La necesidad de revisar una notificación aun cuando estamos conversando con alguien.

Fuente: Listin diario

Nueva reflexión sobre la influencia silenciosa de las pantallas en nuestra vida cotidiana

El impulso para redactar estas líneas surgió durante una de las sesiones de la certificación en Mental Health Aid que estoy realizando actualmente en Rhode Island con el Maestro Raúl Mickle, quien posee un don muy humano para transmitir su conocimiento.

Recientemente, uno de los temas tratados fue la relación que hemos establecido con las pantallas y cómo, de manera silenciosa, nos están arrebatando la vida.

No fue necesario un debate extenso para comprender que no se trataba de una preocupación teórica. Es algo que nos afecta a todos, en diferentes niveles y dimensiones; estas pantallas se han apoderado de nuestras rutinas.

Ese acto automático de buscar el teléfono apenas hay un segundo sin ruido. La necesidad de revisar una notificación aun cuando estamos conversando con alguien. Esa sensación extraña de terminar el día con la mente saturada y el corazón, muchas veces, más vacío que acompañado.

Vivimos en una época en la que estar conectados parece sinónimo de presencia real, pero ¿somos realmente conscientes? Estamos disponibles para todo y atentos a todos, aunque cada vez más alejados de nosotros mismos.

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El teléfono vibra y respondemos. La pantalla se ilumina y atendemos. La red se actualiza y sentimos la obligación de no quedarnos rezagados. Así, esta relación se ha convertido en una dependencia difícil de reconocer porque está normalizada por la costumbre.

En este contexto, uno de los fenómenos más comunes es el FOMO, siglas en inglés para fear of missing out: el miedo a perderse algo.

Aunque esta sensación no es nueva, las redes sociales la han intensificado como nunca antes. Son una vitrina constante de momentos seleccionados, filtrados y diseñados para ser admirados. Noticias y escenarios que se viralizan y muchos temen quedarse fuera de algún tema relevante.

Desde la psicología, este patrón tiene una explicación clara. Las pantallas, y especialmente las redes sociales, suelen funcionar mediante recompensas intermitentes.

No siempre encontramos algo relevante al revisar el teléfono, pero algunas veces sí: un mensaje, una reacción, una validación o una novedad. Esa incertidumbre es justamente lo que engancha.

El cerebro aprende a esperar esa pequeña recompensa próxima, y por eso vuelve una y otra vez. No es casualidad; es un hábito reforzado.

Las consecuencias son profundamente humanas: atención fragmentada, disminución en la calidad del descanso y empobrecimiento de la conversación real.

También reaparecen otros efectos como fatiga mental, irritabilidad, necesidad constante de estimulación, dificultad para tolerar el aburrimiento y esa ansiedad anticipatoria que hace creer que algo importante puede estar sucediendo en cualquier momento justo fuera de nuestra vista.

A esto se suma la llamada nomofobia: el temor excesivo a quedarse sin teléfono, sin batería o sin conexión.

Nunca había sido tan complejo mantener una presencia auténtica. Nos comunicamos más por escrito, pero a veces nos escuchamos menos. Miramos más pantallas y menos rostros. Y casi nunca a los ojos; con frecuencia perdemos sensibilidad hacia lo que ocurre cerca nuestro.

Modificar esta relación no es tan sencillo como apagar el teléfono por unas horas. El uso compulsivo de las pantallas no solo responde al entretenimiento; muchas veces sirve para llenar el silencio, distraer la tristeza, evitar incomodidades o escapar del vacío. Por eso dejar la pantalla implica a veces reencontrarse con emociones que habíamos aprendido a evadir.

La tecnología es indispensable para la vida: obtenemos información, nos ilustran, acercan, nos mantienen al día, facilitan procesos y acompañan. El problema surge cuando ocupan el lugar de otros aspectos también necesarios: descanso, pausa, reflexión, conversación y contacto humano.

La tarea entonces no consiste en renunciar al mundo digital sino en recuperar el control sobre nuestros hábitos y asignar a cada cosa su lugar adecuado.

Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.

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