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Isabelle Huppert se esconde en ‘Bérénice’ dentro de un impresionante montaje escénico de Castellucci

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Finalmente, un montaje dedicado a capturar la magia de la poesía y la belleza, estimulando la imaginación del público.

Fuente: Liz Perales/liz_perales@elespanol.com

Finalmente, un montaje dedicado a capturar la magia de la poesía y la belleza, estimulando la imaginación del público. Sin embargo, también puede resultar tedioso por su complejidad, ya que descifrar las metáforas de este director teatral no es tarea sencilla. Me refiero a Bérénice, la más reciente creación del italiano Romeo Castellucci, que se presentó el pasado fin de semana en los Teatros del Canal con Isabelle Huppert interpretando a una princesa judía poco convencional, inspirada libremente en la obra de Racine.

La producción, de una ambición artística y técnica poco común en nuestro país salvo en el ámbito operístico, generó opiniones encontradas en Francia. Esto ocurrió tanto entre los seguidores de Racine que esperaban una versión fiel, como entre quienes reprocharon la actuación de Huppert por incomprensible (y estamos hablando de una leyenda del cine francés).

Las tres funciones ofrecidas en Madrid contaron con subtítulos en español, lo que permitió comprender sin dificultades las lamentaciones de Bérénice/Isabel al recibir la noticia del rechazo de su amado, el militar romano Tito. No obstante, algunos asistentes con quienes hablé confesaron su desconcierto por no entender nada; hubo quienes abandonaron la sala durante el estreno. A pesar de ello, Huppert recibió varios bises y terminó siendo ovacionada de pie.

Reconocido por la crítica y los grandes festivales como uno de los directores más singulares de la posmodernidad del siglo XXI, Castellucci crea obras exigentes y complejas para el público general. Acudir a uno de sus montajes implica no tener expectativas convencionales y dejar atrás la idea de ver a Huppert encarnando a una gran trágica.

En cambio, su figura pequeña y ágil se presenta como una aparición que vaga por un escenario oscuro, donde apenas se distinguen su corona ni el vestuario diseñado por Iris van Herpen, supuesto rico y sofisticado. Un telón de gasa junto con la niebla dispersa aumentan la distancia entre ella y el espectador.

Lo que prevalece entonces es su voz, que actúa como guía hacia un experimento teatral y sonoro revelador: vaciar sus palabras de sentido para volverlas ininteligibles mediante un codificador electrónico conforme crece su pena y desgarro; sin Tito a su lado siente que pierde todo, incluso el habla.

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Huppert se entrega a una declamación caótica y fragmentada que en ocasiones parece escupir o balbucear palabras, con cierto humor. Alarga las sílabas que se funden con el impresionante paisaje sonoro creado por Scott Gibbons, lleno de sonidos puros y frecuencias extrañas que recuerdan ruidos industriales; en conjunto alteran la percepción del texto creando un efecto más musical que dramático, más próximo a una ópera primitiva que al teatro tradicional.

Castellucci ha descrito el texto como “una suerte de deconstrucción basada en la arquitectura poética de Racine, que desemboca en el caos del lenguaje, su fase final, hasta llegar a la fuente misma cuando el lenguaje se convierte en aliento, en nada”. Además explicó que los demás personajes no interactúan con Bérénice porque son como fantasmas: la intención es plasmar su soledad y dolor tras el abandono de Tito.

En esencia, no ocurre acción dramática dentro de esta obra; el director se centra en manifestar un estado anímico, como si estuviéramos dentro de la mente de la princesa o alguien que afirma ser ella.

Quienes conocen las piezas de Castellucci saben que prioriza lo visual sobre lo verbal y que su estética está por encima del relato dramático. En este caso, el montaje es deslumbrante y onírico; me recordó los dibujos a carboncillo presentes en las escenografías vacías y misteriosas de Appia. La paleta monocromática con toques rojos en el epílogo es espléndida; ignoro si es obra del técnico Andrea Sanson o del propio director.

Todo el aparato escénico resulta una locura: una verdadera obra artística repleta de detalles delicados. Telones negros y etéreos se deslizan suavemente para revelar una escena blanca que luego se vuelve negra como si petróleo fluyera por las paredes del escenario. Hay objetos simbólicos y metafóricos repartidos por toda la escena —tan surrealistas como una lavadora o un radiador al cual la diva se abraza— además de un cartel con las palabras “¡Aj! ¡Oh!”.

En ocasiones estos elementos resultan demasiado crípticos o difíciles de interpretar; intentar descifrar jeroglíficos no entretiene a todos los espectadores. Castellucci estimula la imaginación del público y a mí, acostumbrada ya a algunos de sus montajes, me atrapó.

Por ejemplo, el inicio es perturbador: antes de que Huppert aparezca, en una pantalla blanca se despliega la composición mineral del cuerpo humano con sus porcentajes —carbono, hidrógeno, nitrógeno— hasta llegar al oro (0,0000003%). De un peine desciende una línea dorada horizontal similar a una espada y detrás surge Bérénice. Comprendo: el oro simboliza realeza y ella es princesa judía en Palestina.

Pero Castellucci continúa con minerales y cifras: titanio, uranio… ¿Qué pretende? Tal vez sea una alegoría al opus nigrum alquímico que sostiene que la materia con alma debe descomponerse para liberar el espíritu y recomponerse después; como ese jardín floral que veremos destruirse más adelante.

La obra consta de tres actos y un epílogo. Solo Bérénice/Huppert habla en escena; los otros personajes como Tito o Antíoco aparecen mudos y casi desnudos en el segundo acto cuando ella no está presentes; forman junto con los senadores reunidos al fondo una hermosa composición coreográfica tras decidir que Tito no puede casarse con una princesa judía si desea suceder a su padre como emperador romano. El matrimonio político es cuestión estatal.

En el tercer acto un gran cortinaje blanco recubre las paredes; pese a los pliegues leemos una inscripción romana: “Isabelle es la sinécdoque del teatro mundial”. Ahora Bérénice se ha convertido en Isabelle; comparten espíritu y desengaño amoroso. El personaje se transmuta en actriz mientras Castellucci declara sin tapujos que ella es “la actriz definitiva para una obra definitiva”.

Con su identidad recuperada es momento de mostrarse para demostrar que no hubo engaño: aquella Bérénice es esta Isabelle. Se levanta el telón de gasa dejando ver un hermoso vestido rojo y amarillo mientras ella nos grita que no la miremos. ¡Oh! Paradoja: justamente habíamos venido para eso.

Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.

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