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Levantado con piedra de sillería, este puente ubicado en Burgos es reconocido como uno de los máximos exponentes de la ingeniería medieval en la provincia

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Su estructura, realizada mayormente en piedra sillar, es el principal distintivo del pequeño pueblo que lleva su nombre.

Fuente: Alberto Gómez/alberto_gomez@eldiario.es

— El puente andaluz de casi 100 metros de altura construido a segunda y con sillares de piedra del Tajo

Al norte de Burgos, se encuentra una estructura datada en el siglo XIII que se considera uno de los mejores ejemplos de la ingeniería medieval en esta provincia. Hablamos del puente de Villanueva-Rampalay, edificado sobre el río Ebro, cuya construcción fue fundamental para unir diversas rutas comerciales y facilitar el paso desde la Meseta hacia los valles septentrionales. Su estructura, realizada mayormente en piedra sillar, es el principal distintivo del pequeño pueblo que lleva su nombre. Se presume que este puente gótico reemplazó a una construcción anterior, posiblemente de origen romano; sin embargo, su silueta aún domina el paisaje del valle de Zamanzas y atrae visitantes por su valor patrimonial.

El diseño del puente no solo perseguía la funcionalidad, sino que también refleja un sentido estético propio de la arquitectura civil de aquella época. La magnitud técnica del puente es impactante: mide 91 metros de largo en total, cuenta con una anchura de 4 metros y alcanza una altura máxima de 11 metros. Está compuesto por cinco arcos principales tallados en sillería, entre los cuales destaca el gran arco central. Este vano presenta una forma apuntada típica del estilo gótico y tiene una luz importante de 17 metros. A ambos lados del arco mayor se disponen otros arcos de medio punto con tamaños decrecientes que completan el conjunto.

Punto Vida

Es notable la presencia de dos arquillos de aligeramiento, una técnica común para aminorar el peso de la estructura. Estos permiten que el puente soporte mejor las crecidas del caudaloso río Ebro que corre bajo sus bóvedas. La combinación de estos arcos ofrece una sensación de robustez que ha garantizado su permanencia hasta hoy. La autoría se atribuye tradicionalmente al cantero Ferrán Peláez, figura destacada del siglo XIII; sin embargo, hay referencias literarias que asocian su origen con épocas de Don Pelayo. Pese a estas leyendas, el predominio estilístico es claramente gótico temprano en gran parte de la obra original.

A lo largo del tiempo, el puente ha sido objeto de distintas intervenciones documentadas para mantener su integridad y funcionalidad. En el siglo XVII intervinieron maestros como Juan de la Puente Liermo, Diego de la Riva y Francisco de la Portilla. Estas reformas explican por qué no todos los elementos pétreos presentan un estilo puramente gótico. La mezcla de materiales incluye sillares, mampuestos, madera y, en tiempos recientes, algo de hormigón. Cada fase constructiva ha dejado huellas visibles en la apariencia actual de este monumento burgalés.

La importancia estratégica del puente radicaba en su ubicación como paso obligado hacia el centro peninsular. Durante la Baja Edad Media, formaba parte esencial del llamado camino real que enlazaba villas castellanas importantes. Por él circulaban diariamente rebaños y mercancías destinadas a las cortes de Burgos, Valladolid y Segovia. Era una infraestructura vital para la economía regional al facilitar el flujo constante de víveres y otros productos. Documentos fechados en 1656 destacan que era el único paso o vado existente en ocho leguas a la redonda, lo que lo convertía en un nodo crucial para las comunicaciones y transporte con carretas en todo el territorio. Sin esta obra, las relaciones comerciales entre los valles norteños y la Meseta se habrían visto gravemente afectadas.

El análisis arquitectónico revela detalles técnicos avanzados para su época, como los tajamares y contrapilares empleados. Aunque hoy ha perdido su función original para transporte pesado, su valor arqueológico e histórico ha ido creciendo con el tiempo. Es probable que su construcción buscara no solo eficiencia sino también resistencia ante las fuertes corrientes del río. Los sillares regulares proporcionaron durabilidad frente al desgaste climático y temporal. Además del arco apuntado central, los petriles pétreos brindaban seguridad a quienes cruzaban antaño. La técnica en sillería demandaba gran especialización por parte de los maestros canteros medievales; todo este despliegue técnico hace que esta estructura sea un referente dentro del patrimonio civil burgalés.

Actualmente, su uso es principalmente peatonal y público, ya que quedó fuera de servicio para el tráfico rodado habitual debido a la reciente edificación cercana de un puente contemporáneo que soporta las cargas vehiculares modernas. Sin embargo, esta antigua estructura sigue siendo un acceso clave para disfrutar del entorno natural circundante al río. La vegetación próxima —como algunos árboles— representa en ocasiones un riesgo para la estabilidad del muro, motivo por el cual las autoridades locales trabajan para preservar esta joya arquitectónica para futuras generaciones.

El paisaje alrededor del puente Villanueva-Rampalay posee una belleza única al estar rodeado por los bosques ribereños del Ebro. El entorno está dominado por cañones y desfiladeros que realzan la monumentalidad del trabajo pétreo realizado por Ferrán Peláez. Existen varias rutas senderistas para quienes deseen contemplar vistas panorámicas excepcionales mientras recorren la antigua calzada medieval sobre este gran río. Este espacio natural protegido por su valor ecológico complementa perfectamente la visita al patrimonio histórico burgalés. La integración del puente en el valle de Zamanzas lo convierte en uno de los principales atractivos turísticos provinciales: un lugar ideal para apreciar cómo la ingeniería humana supo dominar la fuerza impetuosa del río Ebro.

Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.

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