Fuente: Listin diario
Thrash: una oportunidad fallida en el cine de desastre y tiburones
“Thrash” cuenta con todos los ingredientes necesarios para destacar dentro de su género: una premisa convincente, un elenco competente y un escenario con atractivas posibilidades visuales, pero no logra encontrar la forma adecuada de ensamblarlos.
La película parte de una idea que, en teoría, debería funcionar casi por sí sola. Un huracán arrasa una ciudad costera, el agua inunda las calles y junto a ella llegan tiburones que transforman el desastre natural en una matanza. Es un concepto que no requiere complejidad para resultar entretenido, solo una ejecución adecuada, ritmo y cierta comprensión de las demandas del género.
El inconveniente es que este filme, estrenado en Netflix el 10 de abril pasado, parece desconocer esa última condición, y lo que se esperaba como una experiencia intensa termina siendo principalmente una ocasión desaprovechada.
Resulta especialmente frustrante ver cómo una propuesta tan directa se convierte en una obra sorprendentemente insípida. No es cuestión de que los personajes actúen sin sentido o que la trama abrace lo absurdo; eso es parte esencial de este tipo de cine.
La verdadera falla reside en la falta de intención en la dirección. La película no consigue generar tensión ni anticipación, y lo que debería ser una sucesión frenética de acontecimientos se percibe estático. No hay energía ni urgencia. Solo una cadena de sucesos sin consecuencias evidentes.
Tommy Wirkola, director que ha demostrado en otros trabajos su manejo del exceso y del humor autoreferencial, aquí parece atrapado entre dos vertientes que nunca logra armonizar.
En ciertos momentos, “Thrash” intenta abordarse con seriedad, apoyándose en el drama personal de sus personajes y la gravedad del desastre.
En otros, parece querer apostar por el espectáculo exagerado que su premisa invita a explorar. Sin embargo, nunca se compromete plenamente con ninguna de las dos opciones, y esa vacilación constituye su principal debilidad.
Un director como Wirkola debería saber que este género no tolera la indecisión: o se abraza el caos a fondo o se construye el suspenso con precisión. Aquí no sucede ninguna de las dos cosas.
La historia tampoco colabora. Se fragmenta en varias líneas narrativas que no logran integrarse eficazmente.
Por un lado, está Lisa, una mujer embarazada atrapada durante la inundación, cuya situación tenía potencial para ser el núcleo de una historia más contenida y tensa sobre supervivencia.
Por otro lado, un investigador marino intenta rescatar a su sobrina en medio del caos.
Además, hay un grupo de niños en una subtrama que parece pertenecer a otra película; su lógica y tono chocan con el resto del relato.
El resultado es una estructura dispersa que interrumpe constantemente cualquier intento de construir tensión, como si la cinta dudara sobre cuál historia seguir hasta el final.
Esa falta de enfoque se traduce inevitablemente en pérdida de ritmo.
La película salta entre personajes en momentos que rompen la continuidad emocional, incluso durante escenas donde debería mantenerse la sensación de peligro.
En lugar de aumentar la intensidad, la dispersa. Es una elección desconcertante en un género que depende tanto del desarrollo progresivo del suspenso y de hacer sentir al espectador que el peligro es real, inmediato e inevitable.
Las escenas de ataque, que deberían impulsar el filme, tampoco destacan. Hay sangre, movimiento e intentos por impactar visualmente, pero rara vez se percibe auténtico peligro.
Gran parte de la acción transcurre confusamente, con amenazas que muchas veces ni siquiera son claras.
La violencia existe pero carece de peso; no provoca reacción ni deja huella. No es problema de presupuesto ni ambición sino de realización: las mejores películas dentro del subgénero han sabido generar miedo desde la anticipación y no acumulando imágenes. “Thrash” ignora esa enseñanza.
El aspecto técnico tampoco logra suplir estas deficiencias. Aunque inicialmente crea cierta atmósfera —una ciudad poco a poco dominada por la fuerza del agua y cuya geografía podría funcionar como un personaje más— dicho impulso desaparece rápido.
Los efectos especiales, sobre todo hacia el final, no contribuyen a reforzar la credibilidad y la película nunca encuentra una identidad visual propia que potencie su propuesta. Todo resulta funcional pero nada memorable.
No obstante, existen elementos que muestran lo que pudo haber sido. Phoebe Dynevor aporta una presencia capaz de sostener cierta credibilidad incluso cuando la historia falla. Su personaje es lo más cercano a un centro emocional genuino; en sus mejores instantes se vislumbra el potencial perdido si se hubiera apostado por contar una historia más enfocada.
Djimon Hounsou también brinda solidez y peso a sus escenas habituales. Sin embargo, ambos parecen atrapados en un filme incapaz de aprovechar sus recursos y los pone en situaciones límite sin dedicar tiempo a hacerlas significativas.
Lo más llamativo es que “Thrash” falla no por exceso sino por defecto. No abraza el absurdo inherente a su premisa ni construye el suspenso necesario para su contexto.
Se instala en un punto medio donde nada termina funcionando. Incluso los momentos destinados a lo exagerado llegan demasiado tarde; parece como si finalmente reconociera su potencial pero sin tiempo ni convicción para explotarlo.
El resultado es una experiencia que no resulta suficientemente entretenida para justificar su simpleza ni lo bastante consciente para convertir esa simplicidad en virtud.
Con todos los elementos para triunfar dentro del género —una premisa sólida, actores capaces y un entorno con reales posibilidades visuales— nunca logra organizarlos adecuadamente. En ese vacío queda no el caos prometido sino una sensación persistente de oportunidad perdida.
En definitiva, “Thrash” es una película recordada menos por lo que hace y más por todo aquello que decide no llevar a cabo.
Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.









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