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Tokio: una travesía anhelada y una señal sorpresiva

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Partí desde Berlín, donde acababa de pasar la Navidad con familiares, con destino a Frankfurt.

Fuente: Listin diario

Partí desde Berlín, donde acababa de pasar la Navidad con familiares, con destino a Frankfurt. Desde allí tomé un vuelo Frankfurt-Qatar y luego Qatar-Tokio. El viaje fue largo, pero me preparé bien y conseguí descansar lo suficiente para arribar con energía.

Desde niña, escuchaba muchas historias de mi padre acerca de Japón, y gracias a la influencia de Mamoru Matsunaga (paisajista y judoka japonés muy cercano a mi padre) en nuestras vidas, siempre quise conocer ese país. Ahora que vivo en Colonia, Alemania, sentí que por fin era el momento adecuado.

Adquirí el pasaje con cerca de siete meses de anticipación. Partí desde Berlín, donde justo había pasado las fiestas navideñas con familiares, rumbo a Frankfurt.

De allí tomé el vuelo Frankfurt-Qatar y luego Qatar-Tokio. Fue un trayecto extenso, pero logré organizarme bien y descansar lo necesario para arribar con energía.

Aterricé en Narita y, tras superar el control migratorio (algo caótico), abordé el tren hacia la ciudad. Llegué a mi alojamiento cerca de las 8:30 p.m.

Mi primera estancia fue en Taito City, próximo a Asakusa, una zona más tranquila que las áreas turísticas más conocidas de Tokio. Elegí quedarme allí porque estaba cerca del templo más antiguo de Tokio, Senso-ji, lugar que no quería dejar de visitar.

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El hostal era una pequeña casa tradicional japonesa con pocas habitaciones, lo que le daba un ambiente más íntimo; lo reservé mediante Hostelworld. Opté por una habitación compartida exclusiva para mujeres (4).

Contaba con un bar pequeño anexo, donde se reunían locales y viajeros en un ambiente relajado y acogedor. Sin embargo, en vez de quedarme a socializar o descansar, dejé mis cosas, me duché y salí a caminar rumbo a Senso-ji.

Me detuve en varias esquinas sin motivo especial, observando mi alrededor y tratando de asimilar todo. El camino se extendió entre pausas y desvíos; sentía como si estuviera dentro de una película.

Por el camino entré a un 7-Eleven y compré algo para beber y un sándwich de huevo, que guardé para más tarde, ya que había leído que comer mientras se camina es considerado descortés en Japón. Cuando finalmente lo probé, entendí la fama: ¡delicioso!

Al llegar al templo había muy poca gente. Mientras recorría el lugar, me llamó la atención una pareja haciendo ruido. Me acerqué y descubrí el omikuji. Por 100 yenes (37 pesos), podías conocer tu fortuna.

Seguí las instrucciones y al abrir el mío y leer “la mejor de las suertes”, me emocioné hasta las lágrimas. No era sólo por el papel: venía de un año difícil y llevaba años deseando estar ahí. En ese instante, con esa señal inesperada, todo encajó perfectamente.

Volví al hostal donde al día siguiente desayuné por 500 yenes (188 pesos): sopa de miso con bolas de arroz, sorprendentemente sabroso. Allí conocí a otra viajera que también estaba sola y decidimos salir juntas.

Regresamos al templo Senso-ji y la experiencia fue completamente diferente a la noche anterior. Donde antes reinaba el silencio ahora había multitud por doquier, tiendas abiertas, humo de incienso y filas para comprar amuletos. Recorrerlo en ese contexto fue distinto pero igual de increíble.

Caminamos por las calles circundantes, entramos en pequeñas pero encantadoras tiendas hasta llegar al Tokyo Skytree, la torre más alta de Japón. Compramos entradas online y subimos los 350 metros en menos de un minuto en ascensor.

Desde lo alto se veía una ciudad infinita. Incluso pudimos observar el Monte Fuji en el horizonte, algo no siempre posible y que me llenaba de ilusión.

Después de pasar el día caminando por diversos templos y santuarios, fuimos a una calle repleta de restaurantes donde elegimos uno especializado en tempura. Pedí un plato vegetariano que resultó espectacular.

Volvimos temprano al hostal porque al día siguiente debía enfrentar uno de los momentos que más me inquietaban: no perderme en la estación central para tomar mi tren hacia Kioto.

Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.

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