Fuente: Hoy Digital
La historia está colmada de guerras cuyas explicaciones oficiales constituyen solo una parte de la verdad. Los dirigentes de las potencias imperialistas han utilizado siempre razones nobles y respetables para justificar lo que en esencia no es más que la codicia, saciada a costa del derramamiento de sangre de aquellos militarmente más débiles. La conquista española de América no se basó principalmente en difundir la fe cristiana entre los pueblos originarios, como se afirmaba; su motivación central fue la búsqueda de oro, plata, tierras y esclavos. De manera similar, las cruzadas no fueron únicamente un enfrentamiento entre cristianismo e islam; detrás estaba también la ambición imperial europea. De hecho, la Cuarta Cruzada (1202-1204) atacó y saqueó Constantinopla, un enclave cristiano.
El escritor inglés Rudyard Kipling resumió en forma poética otro argumento presuntuoso y común entre los colonizadores: la conquista era un sacrificio realizado en beneficio de los conquistados:
"Tomad la carga del hombre blanco, enviad lo mejor de vuestra estirpe; atad a vuestros hijos al exilio para servir a las necesidades de vuestros cautivos; esperar con pesado arnés, sobre pueblos agitados y salvajes, vuestros pueblos recién capturados, hoscos, mitad demonios y mitad niños".
En épocas modernas, especialmente tras la Segunda Guerra Mundial, la construcción de democracia —otro concepto moralmente intachable— ha sido utilizada como justificación para la agresión.
No obstante, al igual que con los verdaderos fines de la colonización tradicional, el motivo real detrás de las guerras modernas emprendidas por países como Estados Unidos no es la democracia, sino intereses económicos, particularmente relacionados con el petróleo. Esto cobra especial relevancia en el caso del Medio Oriente y Venezuela.
Quizás no exista un reconocimiento oficial más claro de esta conexión entre intereses petroleros y agresión que el discurso sobre el Estado de la Unión pronunciado por el presidente Jimmy Carter en enero de 1980. Al referirse a los desafíos para Estados Unidos, Carter subrayó "la abrumadora dependencia de las democracias occidentales respecto a los suministros de petróleo del Medio Oriente". Posteriormente dejó explícita la implicación estratégica: hablando del Golfo Pérsico afirmó que "cualquier intento de fuerza externa por controlar esa región será considerado como una agresión a los intereses vitales de Estados Unidos de América, y esa agresión será repelida por cualquier medio necesario, incluida la fuerza militar" (Discurso sobre el Estado de la Unión, 23 de enero de 1980).
Este no era el discurso de un oscuro teórico conspirativo. Era el presidente estadounidense —por cierto, uno de los más coherentes en materia de derechos humanos y valores democráticos en su historia moderna— hablando ante el Congreso y señalando claramente al petróleo del Medio Oriente como fundamental para la seguridad occidental, declarando que el control del Golfo Pérsico (y por ende del estrecho de Ormuz) constituía un interés vital para Estados Unidos.
Esto nos conduce a la invasión de Irak. Alan Greenspan, lejos de ser un izquierdista y habiendo ocupado durante décadas puestos clave en el establishment económico estadounidense hasta presidir la Reserva Federal, escribió en su libro La era de las turbulencias (2007): "Me entristece que sea políticamente incorrecto reconocer lo que todos saben: la guerra en Irak se debe en gran medida al petróleo".
En cuanto a Donald Trump, pese a su grandilocuencia y autoelogios constantes, ha sido transparente respecto a sus intereses materiales. El 3 de enero de 2026, justo tras la operación militar para capturar a Nicolás Maduro, al preguntársele si las fuerzas estadounidenses mantendrían presencia en Venezuela respondió sin rodeos: "Vamos a tener una presencia en Venezuela en lo que respecta al petróleo", porque "vamos a extraer una cantidad tremenda de riqueza del suelo".
Los eventos posteriores hacen aún más significativa esa declaración. El 28 de agosto Trump anunció lo que denominó: "¡EL MAYOR ACUERDO PETROLERO EN LA HISTORIA DEL MUNDO!" Afirmó que bajo sus órdenes el Secretario de Estado Marco Rubio y el Secretario de Guerra Pete Hegseth habían asegurado "el control mayoritario por parte de Estados Unidos sobre más de 65 MIL MILLONES DE BARRILES" de reservas probadas venezolanas (las mayúsculas son del original).
Posteriormente, la Casa Blanca describió este acuerdo como una maniobra destinada a garantizar el dominio energético estadounidense "para el próximo siglo" y confirmó que Estados Unidos obtuvo control mayoritario sobre más de 65 mil millones de barriles probados en Venezuela, junto con derechos administrativos, propiedad económica y acceso garantizado al petróleo a precios inferiores a los del mercado.
Sin embargo, lo transparente que pueda ser Trump no implica novedad alguna. Ya en 1950 Estados Unidos había puesto su mirada —y sus recursos— en el petróleo venezolano. Un documento secreto norteamericano señalaba entonces que "todas las políticas estadounidenses hacia Venezuela están afectadas en mayor o menor medida por el objetivo de asegurar un suministro adecuado de petróleo para Estados Unidos" (Declaración de Política del Departamento de Estado sobre Venezuela, junio 1950).
Puede que Trump sea más franco acerca de las verdaderas motivaciones, pero sus objetivos coinciden con los del imperialismo tradicional: extraer riquezas de naciones militarmente más débiles. Lo relevante para Washington es el petróleo venezolano y no si el régimen Maduro es democrático o dictatorial. Mientras Irán favoreciera a empresas occidentales con contratos petroleros leoninos era aliado; no importaba que el Sha fuera un déspota corrupto. Cuando llegaron los ayatolás y nacionalizaron el petróleo iraní pasó a ser enemigo. No importa que Arabia Saudita sea una monarquía absolutista teocrática donde gran parte del petróleo financia negocios familiares lujosos; mientras las potencias occidentales mantengan acceso preferencial a su crudo.
La Rusia encabezada por Putin también está presente en esta lista: con invasiones en Georgia, Crimea y Donbás (Ucrania), bombardeos en Siria para sostener al dictador Assad y preservar su influencia regional, e intervenciones directas o mediante el Grupo Wagner en diversas zonas africanas.
Ciertamente ni Estados Unidos con sus aliados OTAN ni las antiguas potencias coloniales europeas detentan exclusividad sobre la violencia militar. Pero son precisamente estas potencias quienes predican moralidad desde posiciones hegemónicas mientras menosprecian al resto del mundo. Por ello resulta grotesco que intenten ocultar su brutalidad alegando que se trata solo de difundir la palabra divina, civilizar “pueblos hoscos, mitad demonios y mitad niños” o democratizar sociedades. Estos discursos han servido para encubrir su disposición a poner su superioridad militar al servicio de la codicia y vestir con discursos idealistas la aplicación brutal del derecho del más fuerte en las relaciones internacionales.
Por tanto, la cuestión no es si se invade por intereses económicos —eso ha sido casi siempre así— sino si dichos intereses se reconocen honestamente, cómo se persiguen y si cuando se opta por la guerra como instrumento se justifican sus enormes costos humanos.
Esa debería ser la conversación previa —no posterior— al próximo ataque militar.








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