Fuente: Listin diario
Una infección urinaria puede representar un riesgo considerable para la salud de una persona mayor, especialmente si se encuentra en estado de fragilidad, está postrada o depende de otros para su cuidado. Identificar los cambios a tiempo es fundamental para iniciar el tratamiento antes de que surjan complicaciones.
La ausencia de fiebre no elimina la posibilidad de una infección. Por otro lado, la falta de actividad física no causa directamente una infección urinaria. No obstante, la movilidad reducida puede dificultar el acceso al baño y favorecer una ingesta insuficiente de líquidos o la dependencia en la higiene personal.
Es necesario prestar especial atención a casos con retención urinaria, diabetes o empleo de sonda urinaria. Los síntomas urinarios que deben motivar una consulta médica incluyen ardor al orinar, aumento en la frecuencia, urgencia nueva, dolor en la parte baja del abdomen y presencia de sangre en la orina.
La presencia de fiebre, escalofríos o dolor en un costado o en la espalda puede señalar una infección renal. Sin embargo, un olor fuerte o turbidez en la orina por sí solos no son suficientes para diagnosticar una infección.
Con el envejecimiento
En algunos adultos mayores, una enfermedad aguda puede manifestarse mediante confusión repentina, desorientación, dificultad para concentrarse, agitación o somnolencia inusual.
También pueden aparecer pérdida del apetito o una reducción brusca en su capacidad para sentarse, desplazarse o realizar actividades habituales. Estos cambios no deben atribuirse automáticamente a la edad o al Alzheimer; requieren evaluación médica urgente.
¿A qué se atribuye?
La confusión no indica necesariamente una infección urinaria. Puede originarse por deshidratación, efectos secundarios de medicamentos, alteraciones en los niveles de glucosa u otras enfermedades. Además, muchas personas mayores presentan bacterias en la orina sin estar infectadas; un cultivo positivo sin síntomas compatibles generalmente no amerita tratamiento con antibióticos.
La valoración debe centrarse en identificar la causa real del deterioro. Es imprescindible acudir a emergencias si el paciente presenta dificultad para despertar, problemas respiratorios, desmayos, presión arterial muy baja, piel fría o moteada, disminución notable de la producción de orina o un empeoramiento rápido.
También requiere atención inmediata si hay fiebre acompañada de escalofríos intensos, dolor intenso en un costado o vómitos persistentes. Una infección grave puede desencadenar sepsis, una respuesta orgánica que daña los órganos y pone en riesgo la vida.
Tratamiento oportuno
Familiares y cuidadores deben observar cualquier cambio respecto al estado habitual del paciente, registrar temperatura y síntomas, y controlar la cantidad de orina eliminada. Es recomendable facilitar el acceso al baño, mantener una adecuada higiene y promover la movilidad dentro de sus capacidades. La hidratación debe ajustarse según indicaciones médicas, especialmente si existen insuficiencias cardíaca o renal.
No se deben administrar antibióticos que hayan sobrado ni retrasar la consulta médica esperando la aparición de fiebre. Un tratamiento temprano puede favorecer la recuperación; aunque en personas frágiles la confusión y debilidad pueden tardar más en resolverse. Si el paciente ya recibe antibióticos y presenta empeoramiento, requiere reevaluación inmediata; asimismo, si no muestra mejoría en 48 horas debe contactar al médico.








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