Fuente: Hoy Digital
A las cinco y media de la madrugada, Carmen ya está despierta. Antes de pensar en desayunar, debe ayudar a su madre a levantarse, preparar sus medicamentos, dejar lista la comida y coordinar quién podrá acompañarla durante el día. Luego irá a trabajar y, si todo va bien, regresará a casa a tiempo para continuar cuidando. Si surge algún inconveniente, tendrá que pedir permiso, faltar, llegar tarde o resolver cuestiones que nadie más puede atender. Carmen probablemente dirá que está cuidando a su mamá, no que está trabajando.
La historia de Carmen es, desgraciadamente, el reflejo cotidiano de millones de mujeres latinoamericanas sobre quienes recae, casi en total soledad, el cuidado de personas adultas mayores.
El estudio ¿Quién cuida? Cómo apoyar y reconocer a quienes cuidan de personas mayores en América Latina y el Caribe, elaborado por el Banco Interamericano de Desarrollo, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos y la Agencia Francesa de Desarrollo, presenta datos que deberían impulsarnos a considerar el cuidado como un tema económico y político urgente. La región envejece rápidamente, pero sus sistemas de protección social permanecen estancados.
Actualmente, alrededor de ocho millones de personas mayores de 65 años requieren apoyo para realizar actividades básicas cotidianas. Para 2050, esta cifra se triplicará. Esto es preocupante porque la brecha entre la demanda de atención y la oferta crece exponencialmente mientras los sistemas públicos de cuidados siguen siendo insuficientes.
Las empresas necesitan empleados puntuales, concentrados y que cumplan sus jornadas laborales. Las familias deben cubrir las necesidades de cuidado que los servicios públicos no satisfacen. La economía requiere que alguien prepare alimentos, acompañe, supervise, administre medicamentos y esté disponible cuando una persona dependiente lo necesita. Este rol suele recaer en una mujer.
El sostén no remunerado y la trampa del género
Hoy en día, cerca de 25 millones de personas mayores de 15 años brindan cuidados no remunerados a personas mayores en la región, dedicando en promedio 7,5 horas semanales a estas tareas. Alrededor del 60% son mujeres, que además destinan más horas semanales que los hombres.
Pero las horas dedicadas solo cuentan una parte del relato: las mujeres asumen especialmente las tareas menos flexibles y más demandantes, como preparar alimentos, bañar y alimentar a la persona mayor, acompañarla a citas médicas o permanecer atentas sin apoyos ni formación específica.
Este denominado "cuidado pasivo" es particularmente revelador porque evidencia cómo el tiempo femenino puede quedar atrapado incluso cuando la mujer participa activamente en el mercado laboral formal. El estudio destaca que esta carga limita sus oportunidades laborales remuneradas, educativas y recreativas.
El resultado es una transferencia silenciosa de recursos desde las mujeres hacia sus familias, empleadores y la economía en general. Ellas absorben con su tiempo una responsabilidad que, si no fuera cubierta gratuitamente por ellas, debería ser asumida mediante servicios públicos o soluciones privadas.
La desigualdad persiste en los cuidados remunerados
La realidad es que los cuidados están feminizados tanto cuando son gratuitos como cuando son remunerados. Sin embargo, al ingresar al mercado laboral remunerado, esta desigualdad también se reproduce e incluso se agrava. La fuerza laboral pagada dedicada al cuidado está compuesta mayoritariamente por mujeres y las condiciones laborales reflejan una preocupante precariedad que evidencia un caso sistémico de "suelo pegajoso".
Esta carga implica un costo laboral y económico severo ya que quienes permanecen en el mercado deben reducir su jornada laboral en promedio dos horas semanales. Según la Organización Internacional del Trabajo, el 47% de las cuidadoras reduce su jornada o abandona su empleo remunerado por incompatibilidad con las exigencias del mercado laboral.
Se trata de un "impuesto invisible y altamente feminizado" que disminuye sus ingresos, limita su desarrollo profesional y condena sus pensiones futuras a condiciones precarias. Además, la protección laboral no acompaña la relevancia de su labor: en promedio solo poco más de la mitad de las cuidadoras remuneradas cotiza a la seguridad social según la encuesta del BID.
Por otra parte, más del 70% de las personas cuidadoras reporta niveles no saludables de estrés, soledad o síntomas depresivos. Curiosamente cuidar también puede generar satisfacción, fortalecer vínculos y otorgar sentido; pero el problema surge cuando esa capacidad se convierte en una obligación constante. Por ello es crucial incorporar el cuidado en las políticas públicas.
El estudio del BID alerta sobre la necesidad regional de ampliar considerablemente la fuerza laboral dedicada al cuidado e invertir en formación profesional, acompañamiento emocional y licencias para quienes cuidan. Es imprescindible construir sistemas capaces de distribuir equitativamente una responsabilidad que actualmente recae desproporcionadamente sobre las mujeres.
El desafío es enorme dado que la cobertura pública sigue siendo mínima: solo el 5% de las personas mayores con necesidades recibe servicios financiados por el Estado. Mientras tanto la demanda crece, las familias se reducen y millones de mujeres continúan subsidiando con su tiempo, salud física y mental así como con sus oportunidades laborales un sistema de cuidados excesivamente dependiente de ellas.
La discusión sobre cuidados debe integrarse plenamente en los debates sobre empleo, productividad, seguridad social, pensiones, pobreza y crecimiento económico. Las empresas deberán cuestionarse cuánto descansa su productividad en el tiempo invisible dedicado por sus trabajadoras; los Estados tendrán que calcular cuánto les cuesta mantener el cuidado en manos familiares; y los hombres deberán asumir que sostener la vida nunca debió ser una responsabilidad exclusiva femenina.
Carmen no está ayudando a su familia cuando deja su trabajo para cuidar; está realizando un trabajo. Exigir a las mujeres cuidar gratis significa trasladar hacia ellas un costo que debería ser compartido. El problema es que este subsidio femenino lleva demasiado tiempo operando desde bases injustas y estereotipadas; aquello que resulta gratuito para el Estado y las empresas sale muy caro para las mujeres.
El bienestar futuro en la región dependerá de la capacidad social para dejar atrás esta concepción del cuidado como un recurso moralmente sostenible, inagotable y gratuito.
Susana Reina es psicóloga con máster en Políticas Públicas con enfoque de género. Especialista en Transformación Cultural y Coaching Ontológico. Directora de FeminismoINC. Autora de "Incomodar para Transformar" y "Atrevidas: Manual de trabajo personal por el activismo feminista".








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