Fuente: Hoy Digital
Actualmente, es posible hallar alimentos listos para consumir en cualquier lugar. Esta comodidad tiene sus beneficios, pero conviene reflexionar: ¿cuánto de lo que ingerimos sigue siendo un alimento auténtico y cuánto es un producto creado por la industria alimentaria?
No todos los alimentos procesados son perjudiciales; su procesamiento permite conservarlos, garantizar su seguridad, facilitar su preparación o mejorar su disponibilidad. Por ejemplo, las habichuelas secas requieren remojo y cocción, mientras que las habichuelas enlatadas constituyen una opción práctica. Verduras congeladas, leche pasteurizada o yogurt natural también pasan por procesos que no los hacen automáticamente poco saludables.
La clasificación NOVA organiza los alimentos según el grado y el propósito de su procesamiento en cuatro grupos:
Alimentos sin procesar o mínimamente procesados
Ingredientes culinarios procesados
Alimentos procesados
Productos ultraprocesados.
Los alimentos sin procesar o mínimamente procesados son aquellos fácilmente reconocibles: frutas, verduras, legumbres, cereales, huevos, pescados, carnes, leche, nueces y semillas. Pueden presentarse frescos, congelados, secos o sometidos a procesos mínimos que no alteran su esencia. Estos deben constituir la base de nuestra dieta.
Los alimentos procesados incluyen aquellos a los que se les añade sal, azúcar o aceite para conservarlos o hacerlos más agradables. Algunos pueden formar parte de una dieta saludable dependiendo de su composición y la cantidad consumida.
En cambio, los ultraprocesados son productos industriales elaborados a partir de sustancias derivadas de alimentos y otros ingredientes, a menudo con numerosos aditivos. Entre ellos están las bebidas azucaradas, golosinas, galletas, cereales azucarados, ciertos embutidos, snacks y comidas listas para consumir.
Una forma sencilla de identificar estos alimentos es revisando la lista de ingredientes. Si esta es muy extensa e incluye numerosos componentes como colorantes, saborizantes, edulcorantes, emulsionantes, aceites modificados o almidones modificados, probablemente se trate de un producto ultraprocesado.
En nuestro país aún no contamos con una ley o regulación sobre el etiquetado frontal de advertencia nutricional. Estas etiquetas alertan sobre excesos en azúcares, sodio, grasas totales, grasas saturadas o grasas trans y pueden ayudarnos a reconocer productos cuyo consumo frecuente puede afectar la calidad de nuestra alimentación.
No existe una cantidad ni porcentaje universal considerado “seguro” para el consumo de ultraprocesados en todas las personas. En lugar de preguntarnos "¿cuántos ultraprocesados puedo comer?", es mejor cuestionar qué lugar ocupan dentro de nuestra alimentación.
Si la mayor parte de nuestras comidas está compuesta por frutas, verduras, legumbres, tubérculos, cereales, huevos, pescado, carnes, leche, yogurt natural, nueces y semillas, un producto procesado ocasional no determina la calidad de nuestra dieta.
El problema surge cuando estos productos desplazan sistemáticamente a los alimentos reales: cuando el refresco reemplaza al agua, las galletas sustituyen la fruta, los embutidos ocupan el lugar de otras fuentes proteicas o una comida lista para consumir se convierte en la opción habitual frente a una preparación con alimentos básicos.
La Organización Mundial de la Salud señala que una alimentación saludable debe basarse en una variedad de alimentos sin procesar o mínimamente procesados y contener bajos niveles de grasas no saludables, azúcares libres y sodio.
El propósito no es generar culpa cada vez que consumimos algo empaquetado sino más bien observar nuestro plato y cuestionarnos cuánto proviene de alimentos reconocibles en una cocina. La mejor meta no es eliminar todos los ultraprocesados sino lograr que los alimentos reales recuperen su protagonismo en nuestra mesa.
Esta columna corresponde a la sección educativa de la Sociedad Dominicana de Nutrición Clínica y Metabolismo. Envía tus preguntas a sodonuclim@gmail.com y síguenos en @sodonuclim.








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