Fuente: Matthew Chance/matthew_chance@cnnespanol.cnn.com
Si Donald Trump fuera presidente de Rusia, probablemente negociaría un acuerdo rápido y sencillo para poner fin a la cruenta guerra en Ucrania, incluso —según él mismo podría afirmar— en apenas 24 horas.
Desde la perspectiva de Trump, la decisión sería evidente.
Poner fin a este conflicto desgastante, que ya entra en su quinto año, no solo detendría la matanza de lo que Trump denomina miles de “jóvenes y hermosos muchachos” asesinados cada mes en el frente, sino que —y esto es fundamental— resultaría sumamente rentable.
Se eliminarían las sanciones contra Moscú y, sin duda, surgirían lucrativos acuerdos comerciales. En esencia, prevalecerían la paz y la prosperidad.
No obstante, Trump no es el presidente de Rusia. Ese puesto lo ocupa Vladimir Putin, y el hombre fuerte del Kremlin parece mostrar poco interés en sacrificar sus objetivos bélicos declarados en Ucrania, ni por salvar vidas rusas y ucranianas ni siquiera por inyectar miles de millones de dólares a las arcas estatales.
Este es un malentendido crucial que ha impulsado los infructuosos esfuerzos de la administración Trump por negociar el fin del conflicto, algo que quedó nuevamente patente durante la reciente reunión clave en San Petersburgo entre Steve Witkoff, socio empresarial de Trump convertido en su principal negociador, y el propio Putin.
En ese encuentro, Putin expresó a Witkoff su “curiosidad” respecto a los resultados de las reuniones celebradas el día anterior en Noruega, donde funcionarios de Estados Unidos, Europa y la OTAN se reunieron con el presidente ucraniano Volodymyr Zelensky para delinear nuevas propuestas de paz, algunas de las cuales incluían incentivos económicos para Moscú.
Posteriormente, un alto funcionario del Kremlin confirmó que el enviado de Trump informó al líder ruso sobre esas conversaciones para luego añadir —como era previsible— que "en realidad contenían poco valor real para resolver la crisis ucraniana".
Este desenlace era completamente previsible por parte de un Kremlin que se ha negado obstinadamente a ceder en sus posturas rígidas, que incluyen obtener el control total de la región del Donbás, en el este de Ucrania, y tener voz y voto en futuros acuerdos de seguridad para Kyiv.
Sin embargo, es posible que la Casa Blanca hubiera albergado una esperanza genuina de que el Kremlin mostrara mayor disposición a negociar, especialmente tras la decisión de Trump la semana pasada de levantar las sanciones a las exportaciones rusas de diésel; una medida motivada por intereses políticos para reducir los precios del combustible en EE.UU. de cara a las elecciones legislativas intermedias, pero que también representó un enorme beneficio económico para Moscú.
Más tarde, Trump anunció una tregua energética (que no prosperó) que habría obligado a Ucrania a cesar los dañinos ataques con drones contra refinerías petroleras rusas.
En medio de las acusaciones —que afectaron el intercambio de información de inteligencia con Estados Unidos— Trump también pidió un cambio en el liderazgo ucraniano; todo ello fue música para los oídos del Kremlin.
Sin embargo, para Moscú, los acuerdos, los incentivos e incluso el desprecio compartido hacia Kyiv no se interpretan como una señal para ceder o retroceder, sino como una prueba de que su estrategia hacia Estados Unidos está dando frutos.
Y esa estrategia, a diferencia de la estadounidense, es clara: el líder del Kremlin entiende qué motiva a Trump y logra distraer sin esfuerzo a su temperamental homólogo en la Casa Blanca con la promesa de grandes negocios económicos.
El Kremlin presentó más propuestas similares durante la reunión con Witkoff en San Petersburgo; allí Putin elogió el polémico acuerdo sobre el diésel antes de sugerir que Rusia también podría aumentar las exportaciones clave de fertilizantes a Estados Unidos, entre otras iniciativas.
“También estamos discutiendo varios proyectos como centros de datos, iniciativas energéticas y cooperación en el sector energético”, afirmó Kiril Dmitriev, director del fondo soberano ruso e interlocutor clave del Kremlin ante funcionarios del Gobierno Trump, tras concluir las conversaciones que duraron tres horas.
Pero no son solo los atractivos económicos lo que el Kremlin utiliza para halagar y seducir o para asegurar una actitud receptiva en Washington.
La liberación por parte de Putin —antes del encuentro en San Petersburgo— de Stephen Hubbard, ciudadano estadounidense de 74 años detenido en Rusia tras ser capturado en Ucrania en 2022 al inicio de la invasión rusa a gran escala, fue calificada por un complaciente Witkoff como un acto “humanitario”.
Se informa que Hubbard, originario de Michigan, sufrió graves problemas médicos durante sus cuatro largos años en una remota colonia penal rusa. Sin embargo, su liberación fue celebrada por la Casa Blanca como muestra del talento negociador de Trump y del respeto que Putin le tiene.
“Estados Unidos, por respeto al presidente Trump, no tuvo que ofrecer nada a cambio: una situación sin precedentes para Rusia”, decía un comunicado publicado en Truth Social, plataforma propia de Trump.
Pero es poco probable que el implacable exagente de la KGB que dirige el Kremlin comparta esa visión.








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