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Calorías vacías el impacto de la energía sin nutrientes en la alimentación

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No se trata únicamente de la cantidad de calorías que ingerimos, sino de los nutrientes que las acompañan y del papel que desempeñan los alimentos con alta densidad energética en nuestra dieta.

Fuente: Hoy Digital

No se trata únicamente de la cantidad de calorías que ingerimos, sino de los nutrientes que las acompañan y del papel que desempeñan los alimentos con alta densidad energética en nuestra dieta.

Las calorías representan, fundamentalmente, una medida de la energía que nuestro cuerpo obtiene de los alimentos y utiliza para mantener sus funciones vitales. Sin embargo, no todas las fuentes calóricas ofrecen el mismo valor nutricional. Existe un término comúnmente empleado para referirse a ciertos alimentos y bebidas que aportan mucha energía pero pocos nutrientes: las "calorías vacías".

Este concepto no implica que estos productos carezcan de energía; al contrario. Se refiere principalmente a aquellos alimentos y bebidas que entregan calorías pero contienen escasos nutrientes esenciales en proporción a esa energía, como fibra, vitaminas y minerales. Frecuentemente, también presentan altos niveles de azúcares añadidos, grasas saturadas o sodio.

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Entre los ejemplos más habituales están las bebidas azucaradas, golosinas, algunos tipos de dulces, galletas, productos de bollería y ciertos alimentos ultraprocesados. Las bebidas alcohólicas también suministran calorías con un contenido limitado en nutrientes, aunque deben considerarse de forma particular debido a sus efectos sobre la salud.

Esto no quiere decir que debamos catalogar los alimentos simplemente como “buenos” o “malos”. Lo esencial es evaluar la calidad global de nuestra alimentación y la frecuencia con la que consumimos estos productos.

Cuando se ingieren con regularidad alimentos y bebidas con alta densidad energética pero bajo aporte nutricional, pueden desplazar otros alimentos ricos en fibra, proteínas, vitaminas y minerales. Por ejemplo, reemplazar habitualmente una fruta por una golosina o el agua por una bebida azucarada modifica considerablemente la calidad nutricional de nuestra dieta.

Mejorar la alimentación no implica necesariamente comer menos ni sentir hambre. Se trata de otorgar mayor protagonismo en nuestra mesa a los alimentos con mayor valor nutricional. Un cambio sencillo puede ser optar por agua en lugar de un refresco o elegir una fruta acompañada de frutos secos en vez de galletas. De este modo incorporamos fibra, vitaminas, minerales y grasas insaturadas mientras reducimos el consumo de azúcares añadidos.

Al momento de hacer la compra, revisar la etiqueta nutricional y la lista de ingredientes puede ser muy útil. Es importante prestar atención a las cantidades de azúcares añadidos, grasas saturadas y sodio, pero sin centrarse exclusivamente en un solo componente. La composición general del producto y la frecuencia con que lo consumimos son factores mucho más relevantes. Hay que recordar que no todos los alimentos procesados son poco saludables. Las habichuelas enlatadas, los vegetales congelados, la leche pasteurizada o el yogur natural pueden formar parte perfectamente de una dieta equilibrada. El procesamiento por sí solo no determina la calidad nutricional del alimento.

La Organización Mundial de la Salud recomienda que una dieta saludable incluya una amplia variedad de alimentos sin procesar o mínimamente procesados, como frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, frutos secos y semillas, además de fuentes adecuadas de proteínas. Asimismo, aconseja limitar el consumo de alimentos y bebidas con altos contenidos de azúcares libres, sodio y grasas poco saludables.

Por eso, más allá de obsesionarnos con contar calorías, debemos cuestionarnos qué nutrientes acompañan esas calorías. Una alimentación sana no consiste solo en reducir la energía consumida, sino en obtenerla principalmente a partir de alimentos que también aporten los nutrientes necesarios para nuestro organismo.

En definitiva, la cuestión no debería ser únicamente cuántas calorías contiene lo que comemos, sino qué recibimos a cambio de esas calorías. Cuando los alimentos reales vuelven a ocupar un lugar central en nuestra dieta, mejorar nuestra alimentación deja de ser una cuestión basada en restricciones para convertirse en un tema ligado a la calidad.

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