Entretenimiento

El auge del true crime como forma de entretenimiento

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El género "true crime" domina la industria del pódcast, representando el 24 % de los programas con mayor número de oyentes.

Fuente: Agencia EFE/agencia_efe@hoy.com.do

De ocupar las secciones menos destacadas de la prensa sensacionalista a establecer récords de audiencia: los contenidos relacionados con crímenes reales atraviesan una etapa dorada gracias a millones de espectadores que hallan en la crónica negra una peculiar forma de evasión.

El género "true crime" domina la industria del pódcast, representando el 24 % de los programas con mayor número de oyentes.

Las mujeres tienen casi el doble de probabilidades que los hombres de escuchar podcasts sobre crímenes reales con regularidad (44 % frente al 23 %).

El 57 % de los adultos consume habitualmente contenido relacionado con crímenes reales y un 63 % opina que estas historias contribuyen a que la población esté más alerta.

Para millones alrededor del mundo, el ritual antes de dormir ha dejado de lado la música tranquila o los sonidos de lluvia, para dar paso a la voz de un narrador que detalla los pasos de un asesino en serie o los detalles de un homicidio múltiple.

Lo que hace décadas quedaba circunscrito al morbo sensacionalista o a un nicho específico se ha convertido en un coloso del entretenimiento contemporáneo. Series documentales que baten récords de audiencia, podcasts que encabezan listas globales y comunidades llenas de investigadores aficionados confirman una única tendencia: la fiebre por el "true crime".

La paradoja es evidente: ¿cómo es posible que relatos plagados de violencia extrema atraigan tanto, sirvan como escape o incluso ayuden a desconectar a grandes audiencias? La explicación no reside en una rareza perversa.

Disciplinas como la psicología evolutiva, las ciencias del comportamiento y la criminología coinciden en que esta fascinación responde a antiguos instintos de supervivencia, a la neurobiología del miedo y a la necesidad humana por hallar explicaciones en medio del caos.

El voraz apetito por este género en cifras.

Según una encuesta realizada por YouGov, el 57 % de los adultos en Estados Unidos consume regularmente contenido sobre crímenes reales. Más aún: un 63 % considera que seguir estas historias ayuda a las personas a ser más precavidas y a cuidar mejor su seguridad personal.

En el ámbito del audio, un estudio del Pew Research Center sobre los programas más populares en Estados Unidos reveló que el "true crime" es el indiscutible líder del sector, concentrando el 24 % de los pódcasts más escuchados.

Esta ola sonora, impulsada en 2014 por el fenómeno 'Serial' —el primer pódcast en alcanzar cinco millones de descargas en tiempo récord dentro de iTunes— encontró pronto su reflejo en la televisión bajo demanda.

Un ejemplo claro fue en 2022 con el estreno en Netflix de 'Dahmer – Monster: The Jeffrey Dahmer Story'.

La miniserie superó los mil millones de horas vistas en apenas 60 días, según datos oficiales de la plataforma, estableciendo uno de los mayores récords históricos del streaming.

Lejos de tratarse de una moda pasajera, estos números evidencian una industria consolidada que aprovecha una reacción común: la dificultad para apartar la mirada ante aquello que inquieta o perturba.

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El cerebro frente al peligro: curiosidad y supervivencia.

Durante mucho tiempo, el psicoanálisis tradicional interpretó la atracción por lo macabro como un síntoma patológico o una pulsión destructiva. Sin embargo, investigaciones actuales apuntan en otra dirección: interesarse por la violencia ajena es en realidad una ventaja adaptativa moldeada por la evolución.

Así lo afirma Coltan Scrivner, investigador del comportamiento vinculado al Laboratorio de Miedo Recreativo de la Universidad de Aarhus y a la Universidad Estatal de Chicago, creador de la conocida "Escala de Curiosidad Mórbida".

Su estudio, publicado en 'Personality and Individual Differences', define esta inquietud no como un defecto moral, sino como una búsqueda activa de información sobre posibles peligros desde un entorno seguro.

Tal como explicó en The Jordan Harbinger Show, su origen es ancestral. Para sobrevivir, nuestros antecesores necesitaban anticipar movimientos de depredadores y rivales hostiles.

En este sentido, la curiosidad por lo macabro funciona como un radar biológico para evaluar amenazas. Al ver documentales sobre un asesino metódico se activa lo que la neurociencia denomina "miedo recreativo".

La amígdala dispara señales y libera adrenalina y dopamina, pero el córtex prefrontal recuerda pronto que se está seguro en casa. Gracias a ese mecanismo mental, esa descarga fisiológica se convierte en una sensación estimulante y en una especie de simulacro seguro de supervivencia.

Scott Bonn, criminólogo y sociólogo autor del ensayo 'Why We Love Serial Killers: The Curious Appeal of the World's Most Savage Murderers', compara esta experiencia con otra conocida: asomarse a la violencia real genera un subidón similar al que provoca una montaña rusa, pero con una red emocional que protege.

Según Bonn, los asesinos seriales son los monstruos modernos para adultos: encarnan temores profundos pero ver cómo son capturados y castigados al final produce una reconfortante sensación de alivio, orden y justicia frente al caos.

La paradoja del género

Entre todas las dinámicas vinculadas al "true crime", destaca especialmente el perfil del público. De acuerdo con datos del Pew Research Center, las mujeres tienen casi el doble de probabilidades que los hombres para escuchar regularmente podcasts sobre crímenes reales: 44 % frente al 23 %.

Esa mayoría femenina también se refleja en eventos multitudinarios presenciales como CrimeCon, convertidos en puntos clave para aficionados, divulgadores y seguidores interesados en casos sin resolver y ciencias forenses.

Esta marcada preferencia fue analizada por la Universidad de Illinois en un estudio publicado en Social Psychological and Personality Science y difundido mediante el News Bureau institucional. El trabajo estuvo liderado por Amanda M. Vicary y R. Chris Fraley.

Al examinar miles de comentarios en plataformas comerciales sobre libros, observaron que las mujeres publicaban el 70 % de las reseñas relacionadas con obras sobre crímenes reales.

¿Qué despierta más su interés? El estudio reveló que crece notablemente cuando los relatos profundizan en las motivaciones del agresor, brindan pautas preventivas o incluyen testimonios de sobrevivientes.

Por ello, este seguimiento no surge solo por atracción hacia la violencia gratuita sino por una necesidad práctica: funciona casi como un manual para autoprotección. Conocer el modus operandi del agresor se convierte así en una herramienta mental para detectar señales tempranas de peligro.

Adentrarse en la mente del monstruo

El atractivo del "true crime" va más allá del instinto básico; responde también al desconcierto generado por la maldad calculada. Cuando un acto violento rompe con la convivencia social, nuestro cerebro busca instintivamente explicaciones causales para asimilar lo ocurrido.

La psicóloga clínica Chivonna Childs, especialista en Cleveland Clinic Health Essentials, señala que “ver crímenes reales no te vuelve raro ni extraño; es parte natural ser inquisitivo. Este género nos atrae porque nos adentramos en la mente real detrás del acto atroz”.

A diferencia del policial ficticio regido por fórmulas dramáticas previsibles, los casos reales muestran conductas anómalas sin filtros. Figuras como Ted Bundy o Jeffrey Dahmer desafían cualquier noción elemental de empatía.

Por eso el público insiste en entender cómo alguien aparentemente común —un vecino educado, un estudiante brillante o un colega amable— puede albergar semejante violencia.

Sumergirse en interrogatorios, pericias forenses y declaraciones judiciales no solo implica seguir una historia; también es trazar una frontera clara entre la mente criminal y nuestra vida cotidiana.

El espejo oscuro humano

A pesar de sus bases evolutivas y función catártica, consumir sin pausa relatos violentos puede afectar el bienestar emocional. La exposición constante a crímenes o agresiones distorsiona la percepción real del peligro cotidiano.

Desde Cleveland Clinic Newsroom advierten sobre el riesgo creciente cuando este tipo de entretenimiento invade nuestra rutina diaria.

Según Childs: “puede aumentar nuestra ansiedad porque nos volvemos hipervigilantes. Buscamos siempre al villano; cada furgoneta blanca se transforma mentalmente en vehículo potencialmente peligroso”.

Mantenerse permanentemente alerta altera el descanso nocturno, fomenta manías compulsivas como revisar cerraduras repetidamente y mina la confianza básica hacia quienes nos rodean. La línea entre cautela saludable y desgaste emocional se rompe cuando sobresaltos pasan a ser cotidianos.

A este impacto psicológico se añaden consideraciones éticas. Asociaciones víctimas y expertos legales cuestionan cada vez más la comercialización masiva de tragedias ajenas y la fascinación mediática hacia figuras despiadadas mediante producciones millonarias que obligan a familiares afectados a revivir públicamente su dolor convertido en espectáculo popular.

La imponente presencia del "true crime" en pantallas y auriculares refleja simplemente cómo nuestra sociedad moderna utiliza tecnología avanzada para enfrentar miedos ancestrales.

Desde aquellos relatos compartidos junto al fuego para alertar sobre peligros ocultos hasta las docuseries on demand actuales, persiste idéntica necesidad: asomarse al peligro sabiendo que estamos protegidos; tomar nota mentalmente; disfrutar finalmente del alivio reconfortante que supone volver indemnes a nuestra realidad cotidiana.

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