El adversario está afuera y la unidad interna es lo único que garantiza la victoria. En la construcción de proyectos colectivos, los procesos internos suelen generar tensiones legítimas; sin embargo, desgastarse en ataques intestinos debilita el espacio común de cara a la verdadera contienda electoral. Al igual que en los Estados Unidos, el diseño institucional dominicano obliga a la negociación constante: es prácticamente imposible gobernar con estabilidad o retener el poder de manera unilateral sin construir mayorías sólidas que permitan vencer en los torneos electorales. En este ecosistema, todos los actores son importantes.
El fenómeno de Donald Trump demuestra que el conflicto frontal y el canibalismo político pueden encender a las bases en el corto plazo, pero a la larga erosionan las estructuras organizativas, ahuyentan al votante independiente —clave en cualquier elección moderna— y fracturan el partido, dejándolo vulnerable ante la oposición. Si el Partido Revolucionario Moderno (PRM) no asimila esta lección histórica y permite que los ataques entre David Collado y Carolina Mejía trasciendan los límites del debate democrático sano, corre el riesgo de repetir el aislamiento y la polarización del trumpismo, reviviendo además las históricas divisiones partidarias dominicanas que tradicionalmente hunden a las fuerzas oficialistas. Ganar una convención interna destruyendo al rival es una victoria pírrica si el costo final es un partido fragmentado e incapaz de concertar.
Desde una perspectiva geopolítica y estratégica, el PRM debe entender que la estabilidad de la República Dominicana no opera en el vacío. En un contexto global marcado por la polarización y la fragilidad institucional en América Latina, el país se ha consolidado como un faro de estabilidad democrática y crecimiento económico en la región. Esta posición de liderazgo internacional depende directamente de la predictibilidad del oficialismo. La radicalización o el quiebre interno del partido gobernante no solo arriesgarían la continuidad del poder, sino que enviarían una señal de debilidad hacia los mercados internacionales y los socios estratégicos de Occidente. El resurgimiento de liderazgos mesiánicos o divisionistas, al estilo de las corrientes más extremas de la política estadounidense, socava los contrapesos democráticos y ahuyenta la inversión extranjera directa, la cual exige consensos maduros y no guerras civiles partidarias.
Gobernar y retener el poder no es un acto de fuerza unilateral. La política contemporánea requiere de frenos, contrapesos y, sobre todo, de una profunda madurez operativa. Los liderazgos inteligentes comprenden que la competencia actual es meramente temporal y que, tarde o temprano, se necesitará de la cohesión de ambos bloques para sostener el proyecto de nación. Corregir el rumbo a tiempo y mantener abiertos los puentes del acuerdo no es un síntoma de debilidad, sino la única garantía de supervivencia y éxito continuo.
A nuestros precandidatos punteros, David Collado y Carolina Mejía; al excelentísimo señor presidente, Luis Abinader; a José Ignacio Paliza, Deligne Ascención Burgos y a toda la militancia del Partido Revolucionario Moderno: ¡Con sabiduría y prudencia, avancemos!
Cristian Rafael Rosa Rosario
Neófito, Aprendiz y Genuino
cristianrrosar@gmail.com







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