Fuente: Listin diario
Apenas habían pasado las 9:00 de la mañana de ayer jueves, 5 de noviembre, cuando las aceras internas del sector Honduras ya estaban completamente invadidas, sin un solo centímetro disponible para los peatones.
La decadencia que afecta a este emblemático barrio residencial muestra nuevamente su peor cara, producto de una proliferación descontrolada de talleres improvisados, montones de basura en las aceras y un centro de acopio municipal abandonado.
Un recorrido realizado evidenció cómo mecánicos, vendedores informales de comida y acumulaciones de chatarra automotriz han tomado por completo el espacio público.
Esta ocupación desmedida asfixia la vida comunitaria de un vecindario cuyas vías han sido absorbidas por la informalidad, forzando a los peatones a desplazarse entre vehículos sobre los carriles destinados al tránsito.
Encerrado en un caos derivado del desorden comercial y la invasión ilegal, este antiguo proyecto habitacional es hoy, según han señalado acertadamente sociólogos, el reflejo de “décadas de desatención oficial y permisividad”.
En este contexto, la acumulación constante de residuos y el colapso del tráfico diario amenazan con convertir en monte las áreas residenciales afectadas.
La falta de consecuencias por parte de las autoridades municipales ha consolidado un panorama marcado por una profunda arrabalización.
Lo que en sus inicios fue concebido como un entorno urbano ordenado y tranquilo se ha transformado en un espacio donde la comunidad debe convivir diariamente con el caos.
Las observaciones recogidas durante una inspección matutina realizada por Listín Diario, iniciada puntualmente a las 9:00 a.m., seguida de una pausa y un segundo recorrido a las 11:00 a.m. por el sector y la parte trasera de la Universidad O&M, revelan una realidad desoladora.
Las fotografías captadas por el experimentado reportero gráfico José Alberto Maldonado constituyen una prueba indiscutible que respalda visualmente cada detalle narrado en esta crónica.
Calles y aceras están totalmente invadidas por una red desbordante de talleres mecánicos automotrices, puestos informales de “coge pinches”, venta callejera de alimentos, centros recreativos y talleres de pintura vehicular y repuestos.
Los peatones se ven obligados a arriesgar sus vidas transitando por el centro del carril vehicular debido a esta apropiación del espacio público realizada por negocios y anexos residenciales ilegales.
Mientras tanto, el centro municipal de acopio se encuentra en condiciones críticas de abandono. En uno de sus laterales hay un cúmulo de basura y lodo, mientras que su entrada principal permanece constantemente bloqueada por vehículos averiados y otros en servicio.
El pequeño parque infantil contiguo refleja un escenario total de abandono. Entre columpios oxidados donde apenas un niño intenta mecerse, dos mujeres jugando dominó y personas en situación vulnerable —entre ellas “piperos” famélicos, barbudos y sucios— que cargan sacos para recolectar objetos entre la basura para costear sus adicciones.
Todo esto sucede en Honduras durante el día. Pero quien crea que al caer la noche la actividad cesa y los vecinos pueden descansar para cumplir con sus labores al día siguiente está equivocado.
Varias rondas nocturnas previas confirmaron que el movimiento no da tregua en la zona, recordando inmediatamente la frase inmortal del locutor Manuel Antonio Rodríguez (“Rodriguito”), quien cerraba su legendario programa El Informador Policiaco diciendo: “Pero la vida no se detiene, prosigue su agitado curso”.
Las razones del colapso
Sociólogos y urbanistas coinciden en que el deterioro actual del sector Honduras no es casual sino producto de décadas de crecimiento poblacional acelerado, expansión comercial sin regulación y graves deficiencias en planificación urbana.
Diseñado en 1969, durante los primeros tres años del mandato conocido como “los 12 Años” de Balaguer, para albergar viviendas de baja y media densidad, el barrio limita con avenidas principales como Italia, Independencia, Cayetano Germosén y Correa y Cidrón; esta última también sumida en el desorden, con aceras y carriles invadidos por actividades informales.
Con el tiempo, Honduras incorporó comercios mayoristas, colmados, autolavados, bancas deportivas e intensa oferta gastronómica callejera como pica pollos (en su mayoría administrados por ciudadanos chinos), chimichurris y frituras; todo impulsado por la cercanía con la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), colegios y recintos universitarios privados.
Las calles internas nunca fueron diseñadas para soportar el tránsito constante de camiones pesados ni grandes flujos comerciales. Además, propietarios de apartamentos en plantas bajas y casas han construido anexos, marquesinas y talleres que han reducido aún más el paso peatonal.
Igualmente, los bloques multifamiliares originales construidos en los años setenta no consideraron la alta tasa actual de motorización familiar (de uno a dos vehículos), lo cual obliga a estacionar a ambos lados en calles angostas que colapsan durante las horas pico.
Durante años, la pasividad histórica del municipio frente a talleres móviles instalados ilegalmente, paradas improvisadas para motocicletas y vendedores ambulantes ha afianzado una sensación generalizada de arrabalización.
El mercado semiabandonado
La situación del mercado municipal empeora aún más este cuadro. Este pequeño centro fue concebido originalmente como un punto comunitario para acopio pero estuvo abandonado más de 22 años antes de ser rehabilitado e inaugurado oficialmente el 10 de julio de 2017 bajo la gestión del alcalde David Collado.
Esa intervención implicó una inversión superior a los 23 millones de pesos para habilitar 90 puestos comerciales, un destacamento policial, cámaras de videovigilancia y un dispensario médico.
Sin embargo, hoy opera a un porcentaje muy bajo respecto a su capacidad total. La fuerte competencia de supermercados ubicados en avenidas periféricas junto al caos vial, la carencia de espacios para estacionar y la suciedad del entorno han alejado a los compradores habituales dejando al mercado en estado casi abandonado.
Aunque la Alcaldía del Distrito Nacional bajo Carolina Mejía realiza operativos esporádicos mediante su Dirección de Infraestructura Urbana enfocados en reparaciones menores como pintura, iluminación y limpieza superficial, los residentes reclaman una acción profunda.
Elvira María Heredia, estudiante universitaria que frecuenta la zona para almorzar, expresó que transitar por allí es una odisea diaria debido a las calles estrechas y acumulación constante de basura: “Esto es horrible; esto está muy feo aquí”, afirmó con frustración.
Frente al local “La Esquina del Sabor”, un vecino anciano identificado solo como “Bielo” sostuvo una bolsa con empanadas mientras resumía el sentir general: “Esto es el diario vivir acá… parece que ya nadie le importa nada”.
La carencia persistente de sanciones efectivas por parte tanto de la Policía Municipal como de la Dirección General de Seguridad de Tránsito y Transporte Terrestre (DIGESETT) ante infracciones como parqueos ilegales, contaminación sonora e invasión del espacio público mantiene inquietos a los habitantes quienes aunque aparentan resignación en lo cotidiano claman internamente por una solución definitiva que devuelva orden, seguridad y dignidad al sector Honduras.








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