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La educación artística como enseñanza de la sensibilidad

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La educación artística como una pedagogía de lo sensible no puede concebirse hoy sin la formación de la mirada.

Fuente: Hoy Digital

La educación artística como una pedagogía de lo sensible no puede concebirse hoy sin la formación de la mirada. Educar la mirada es una responsabilidad que compete a todos los involucrados: estudiantes, docentes, directivos y gestores educativos. En este sentido, quiero compartir una experiencia personal. En septiembre de 2023, fui invitado por la Caribbean University de Puerto Rico para participar en el Foro Internacional Academia SDG-ODS sobre educación y desarrollo sostenible, celebrado en San Juan, la capital. Inicialmente, mi intervención debía centrarse en la pertinencia y relevancia del currículo y la oferta académica en el ámbito educativo, desde la escuela hasta la universidad. Sin embargo, decidí darle un giro que consideré más oportuno: hablé sobre el lugar que ocupan las culturas visuales en el currículo educativo actual.

Comencé con una constatación amarga: los docentes hemos ido perdiendo relevancia en la sociedad. Ya no somos —si alguna vez lo fuimos— el principal referente de instrucción y orientación como en el pasado. Tampoco lo son los académicos, intelectuales o filósofos. Hoy, los grandes referentes son comunicadores, opinadores y los llamados “influencers”. Son ellos quienes lideran el discurso público, influyen en la opinión masiva y moldean actitudes. Los estudiantes confían cada vez más en estas figuras emergentes de la era global y menos en sus maestros; prestan más atención a los gurús de la comunicación digital que a sus profesores, indiferentes al aporte que estos podrían ofrecerles desde el aula con su ejemplo y práctica pedagógica.

Gilles Lipovetsky, pensador francés contemporáneo, ha analizado el rol de la educación en esta era global que denomina “era del individualismo” o “hiperindividualismo”. Según él, vivimos en una “hipermodernidad” donde la educación ha cambiado radicalmente su enfoque. El modelo tradicional y autoritario centrado en el maestro ha sido sustituido por un modelo liberal y autónomo que pone al estudiante como eje central. En este nuevo paradigma, el docente ha perdido el estatus privilegiado que tenía antes; su prestigio parece haberse diluido. Mientras que en el enfoque tradicional el maestro era protagonista absoluto del proceso educativo, cargando con autoridad y saber, ahora es el estudiante quien ocupa el centro con su autonomía. Sin embargo, considero que ni el docente ni el estudiante constituyen el verdadero eje central: es el proceso mismo de enseñanza-aprendizaje entendido como construcción conjunta. Me pregunto si dentro de este proceso aún es posible recuperar la posición perdida del docente.

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Curiosamente, durante aquel foro internacional no faltaron voces que cuestionaron o negaron rotundamente no solo el papel del arte en la sociedad, sino incluso la necesidad e importancia de enseñar artes durante el ciclo formativo. Este negacionismo obtuso me sorprendió especialmente entre académicos, como si una formación integral dependiera exclusivamente de las ciencias y las humanidades y las artes fueran completamente prescindibles.

Mi respuesta fue inmediata. Para subrayar la importancia de una pedagogía de lo sensible, ilustré mi intervención con el caso del artista visual dominicano Jorge Pineda, fallecido en febrero de 2023 y homenajeado póstumamente con la 30ª Bienal Nacional de Artes Visuales de Santo Domingo. El Museo de Arte Moderno —sede tradicional de la bienal— exhibía una retrospectiva con algunas de sus obras más emblemáticas. Una pieza generó gran revuelo entre el público, especialmente porque por primera vez coincidieron simultáneamente la bienal y la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo durante agosto-septiembre de 2023.

Se trataba de una instalación titulada "Maniquí de adolescente embarazada". La obra mostraba un maniquí representando a una estudiante embarazada vestida con uniforme escolar junto a un ropero que contenía blusas y faldas escolares. Ubicada en el primer piso del museo, fue ampliamente visitada por estudiantes acompañados por sus maestros como parte de la visita obligatoria a ambas muestras culturales. Una maestra se escandalizó al verla; llamó a la prensa y publicó un mensaje censurando la obra en redes sociales. Inmediatamente otros comunicadores se sumaron a las críticas y pronto surgió una ola viralizada de opiniones que condenaban la pieza acusando a Pineda —ya fallecido— de promover la inmoralidad, dar mal ejemplo a los jóvenes y estimular el embarazo adolescente.

Si bien se dice que la ignorancia es lo único infinito en el universo, también es cierto que la hipocresía es sumamente extendida. La obra de Pineda fue malinterpretada y se convirtió en una nueva víctima simbólica de los censores locales. No solo hubo una lectura errónea del objeto estético expuesto: se hizo un ejercicio público lleno de hipocresía y mala fe. En lugar de alarmarse sin más, aquella maestra debería haber investigado sobre la obra y su autor antes de emitir un juicio negativo; igualmente, los comunicadores debieron informarse mejor antes de reaccionar precipitadamente buscando tal vez algunos “me gusta” en redes sociales. Pineda no celebraba ni fomentaba el embarazo adolescente; por el contrario, lo exhibía como un síntoma evidente de un problema social profundo, un signo del deterioro moral colectivo. No daba lecciones morales sino que señalaba con crudeza una herida abierta; su obra cuestionaba abiertamente algo incómodo para muchos.

Por falta absoluta de comprensión sobre los niveles semánticos presentes en una obra artística, los censores no hicieron distinción entre denotación y connotación, ni entre representar y significar. Algunos podrían alegar libertad interpretativa: “Tengo derecho a interpretar esa obra según mi percepción; para mí defiende y promueve el embarazo adolescente.” Esto es cierto solo hasta cierto punto porque toda interpretación tiene límites definidos por los significados implícitos en la obra misma; además aquí no se discute solo el derecho a opinar sino también la capacidad necesaria para ver y apreciar correctamente un objeto artístico o estético. Leer e interpretar arte no consiste en decir cualquier cosa ni emitir juicios arbitrarios o caprichosos. El posmodernismo ha promovido un relativismo estético bajo el lema “todo vale”, pero paradójicamente esta postura pretende ser universalmente válida.

En tiempos medievales, la escolástica transmitía contenido religioso mediante imágenes para reforzar la fe. Hoy debemos enseñar a leer e interpretar las propias imágenes. En esta era dominada por noticias falsas es fundamental educar a niños y adolescentes para discernir críticamente noticias, información e imágenes: ¿qué significa esa imagen? ¿Qué me comunica o sugiere? ¿Es verdadera por sí misma? ¿Cómo debo mirarla? ¿Cómo puedo relacionarla con mi vida cotidiana?

Por ello sostengo que las culturas visuales y audiovisuales deben formar parte integral del programa curricular dentro de Educación Artística. No basta con enseñar al estudiante preuniversitario cómo apreciar obras artísticas o expresarse creativamente; es necesario también que aprenda a “leer” las imágenes presentes en su entorno cotidiano y relacionarlas con su vida diaria. Este podría ser un buen punto inicial para que niños y adolescentes aprendan a descifrar ese gran libro abierto que es el mundo.

En resumen: la educación artística preuniversitaria contribuye a fomentar la creatividad, despertar sensibilidad y construir identidad personal. El nuevo enfoque curricular prioriza más las competencias del estudiante que la mera transmisión de conocimientos. Creo firmemente que debe otorgarse mayor relevancia a una competencia clave: saber ver, aprender a mirar críticamente.

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