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Salón Romero ofrece auténtica comida de pata negra en Zafra

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Sus calles antiguas, impregnadas del sabor andaluz, han hecho que desde el siglo XIX se le conozca como Sevilla la Chica.

Fuente: Don Poleo/don_poleo@hoy.es

El 9 de enero de 1882, el rey Alfonso XIII otorgó a Zafra el título de ciudad. Una de las particularidades de esta localidad, cuyos 17.000 habitantes son conocidos como los churretines por su aspecto pulcro y cuidado según los vecinos de la zona, es que cuenta con 25 bares y restaurantes ubicados en edificios históricos. Sus calles antiguas, impregnadas del sabor andaluz, han hecho que desde el siglo XIX se le conozca como Sevilla la Chica.

Esta ciudad burguesa y elegante, que sorprende al visitante en medio de un entorno rural, dispone de restaurantes y hoteles de alta categoría. Destaca la calle Tetuán, apodada Calle Fina por las grandes mansiones que allí construyeron las familias acomodadas, donde es difícil encontrar una fachada menor a los 10 metros. Además, posee una vía principal comercial llamada Sevilla, en honor a la ciudad hermana más grande.

La calle Sevilla conecta la plaza de España con las plazas Grande y Chica, dos joyas urbanísticas y monumentales que representan el equilibrio entre lo moderno y lo tradicional, esencia misma de Zafra. En el inicio de esta calle se encuentra el Salón Romero, una cafetería y restaurante muy concurrido a cualquier hora del día —ya sea para desayunar, tomar el aperitivo, comer, disfrutar del tardeo o cenar— y con un valor histórico añadido: fue el lugar donde cada día 1 y 15 se negociaban millones de euros en cerdos ibéricos, funcionando como una especie de lonja o bolsa para el mercado del jamón pata negra, reflejo de la gastronomía local ligada a los segedanos, otro gentilicio de sus habitantes.

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El Salón Romero abrió sus puertas como teatro el 25 de septiembre de 1911. Antes de convertirse en restaurante y cafetería, su escenario acogió compañías teatrales y figuras políticas destacadas. El comedor se sitúa al fondo en un reservado agradable con sillas modernas de madera, mesas sólidas y una vajilla elegante. Detalles como una antigua registradora o una caja repleta de monedas antiguas rememoran la importancia económica del lugar en la ganadería del sur extremeño.

Víctor, encargado del Salón Romero, nos atiende con amabilidad y conocimiento; nos presenta una carta con apetitosos entrantes para compartir como tartar de atún rojo (16 euros), un risotto de boletus muy logrado (15 euros) o migas extremeñas con sus acompañamientos y huevo frito (10 euros). Entre los platos principales destacan un calamar de potera frito a la andaluza (14 euros) y una ensalada con pollo crujiente (13 euros). Sin embargo, son las carnes las protagonistas en este tradicional restaurante vinculado al ibérico: presa con mojo rojo (18 euros), wok de secreto con verduras (14 euros), carrilleras en salsa (15 euros) y secreto ibérico con torta del Casar (18 euros), conforman una selección muy tentadora a la que se suman costilla de angus (15 euros), entrecot de vaca madurada (22 euros) y chuletillas de cordero (18 euros).

En cuanto al pescado, sorprenden el bacalao confitado gratinado con alioli y salsa vizcaína (19 euros) y un original pulpo a la plancha acompañado de hummus de garbanzos (19 euros). Los postres oscilan entre 4 y 5 euros e incluyen tentadoras opciones como tartas de queso o chocolate, tocinillo del cielo, tiramisú, cookie caliente o flan.

Disfrutamos sin falta un plato excelente de jamón ibérico (12 euros media ración; 22 entera), un magnífico surtido ibérico (15 euros) y una tabla menos impactante de quesos extremeños (14 euros). Las croquetas realmente caseras de jamón ibérico (10 euros) nos impresionaron por su cremosidad, calidad y textura perfecta del rebozado.

Para refrescar el paladar probamos tostas de sardina ahumada con guacamole y mermelada de tomate sobre pan chapata (12 euros). Luego regresamos a sabores intensos con unos langostinos crujientes con mayonesa al curry (13 euros), aunque en este caso la masa cubría demasiado al marisco. Un chupito refrescante de buen salmorejo preparó nuestro gusto para montaditos de lomo ibérico y brochetas adobadas.

Fue una comida magnífica profundamente arraigada en su entorno que culminó tras delicados bocados de tarta San Marcos con un soberbio pastelón de hojaldre y crema, postre tradicional muy familiar en Zafra, Los Santos y Fuente del Maestre.

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