Fuente: Salvador Sostres/salvador_sostres@abc.es
Durante unos segundos no recordé nada, aunque tampoco tenía fuerzas para sentirme extraño. Fue entonces cuando una enfermera me habló en inglés y recordé que estaba en Bedgebury, condado de Kent, durante el verano en que mi madre me había enviado a estudiar inglés. Eso lo reconocí enseguida, especialmente cuando vi al director del colegio junto a la enfermera, quien también comenzó a decir palabras muy amables.
Sin embargo, me llevó algunos minutos recuperar la memoria sobre lo sucedido. Yo era el portero del equipo de fútbol y, a veces, jugábamos entre nosotros y otras veces contra un equipo del pueblo, siempre en los campos del castillo donde estaba nuestro internado. Eran campos de césped muy bien cuidados, con líneas recién pintadas y redes en las porterías. No estaba acostumbrado a eso en España. Era portero y un buen portero porque me importaba más atrapar el balón que hacerme daño. Aquella tarde, un jugador venía solo hacia mí y me lancé a sus pies; sin querer, me dio un golpe en la cabeza. El impacto, el momento del golpe, no sé si lo recuerdo o es un recuerdo inducido, pero lo que vino después me lo tuvieron que contar: cómo el chico empezó a llorar al verme tirado e inconsciente, y siguió llorando mientras intentaban despertarme y durante el tiempo que tardó en llegar la ambulancia; además, aunque se lo prohibieron, se subió con ella y estuvo a mi lado llorando todo el camino hasta el hospital. Allí permaneció sobre mi cabeza sin dejar de llorar hasta que desperté y lo vi; era lo único que podía ver mientras la enfermera no dejaba de hablar y el director decía palabras amables.
Cuando le pregunté su nombre me dijo que se llamaba Michael y añadió, aún sollozando como si fuera su apellido: "no quiero que te mueras". Me contó cómo fue la jugada y se disculpó atropelladamente con muchas palabras juntas. Aunque me dolía la cabeza y estaba mareado, le pedí a la enfermera que me incorporara un poco para poder abrazarlo y calmarlo. Todo esto quedó muy grabado en mí porque pensé que ni siquiera estando al borde de la muerte puedes estar seguro de ser lo más urgente o alarmante. Me hizo sonreír pensarlo, aunque fue una sonrisa interna, porque yo tenía entonces quince años y no sabía formar frases ni conceptualizar mucho.
Pasé unas horas en el hospital; no muchas porque por entonces no era tan común quedarse una noche en observación. El director nos llevó de regreso al castillo a Michael y a mí. Michael me dijo que nos sentáramos los dos detrás del coche; le dije que no porque el director parecería un chófer, algo a lo que sí estaba acostumbrado en España. Pero insistió; el director me miró como apreciando la consideración pero me respondió que no le importaba. Michael seguía preguntándome si me encontraba bien aunque ya no lloraba. Yo tenía bastante con controlar mi dolor de cabeza y consolar a Michael de su desesperación; sin embargo, había algo extraño en él: su aspecto duro, macarra y también de líder o ídolo no concordaba con las lágrimas ni con la dedicación hacia aquel chico indefenso que yo era entonces.
Al llegar al colegio me acompañó hasta la habitación y se tumbó en una cama que pertenecía a un chico italiano. Cuando éste llegó, Michael lo mandó a dormir a una cama libre al fondo de la habitación con tal autoridad que el italiano se levantó sin decir nada llevándose su pijama y algo que tenía sobre la mesita. Michael acercó su cama a la mía y se quedó dormido a mi lado; nadie le dijo nada ni hubo comentarios al respecto. A la mañana siguiente, cuando me dijo que se iba un momento pero volvería enseguida, aquellos más veteranos del castillo —que habían estado otros veranos— me contaron que él era el malo del pueblo: organizaba peleas, pasaba costo (problemas), robaba en tiendas y pegaba fuerte si alguien se metía con él. Tenía diecisiete años —dos más que yo— había dejado los estudios, trabajaba en una embotelladora y algunas noches como camarero en un pub; esto era lo conocido sobre él, además de que jugaba muy bien al fútbol y gustaba a las chicas.
Michael regresó pronto como había dicho. Yo estaba en una clase de inglés —tampoco gran cosa— por la mañana cuando entró sin anunciarse y se sentó a mi lado; nadie le dijo nada; era como si supiera que podía hacer cualquier cosa sin dar explicaciones y no le pedirían ninguna. Al salir de clase me propuso ir al pueblo; le dije que debía pedir permiso pero él afirmó que no hacía falta y le creí. Empezó a preguntarme por mi vida; no contaba mucho sobre la suya pero sí hablaba de sus hazañas: broncas, peleas, lo que hacía con las chicas… Me ofreció un cigarro; le dije que no fumaba y no insistió; encendió el suyo mientras caminábamos. A veces pausaba para dramatizar sus relatos de forma graciosa; yo reía y él parecía complacido de hacerme reír. En ciertos momentos mencionaba el accidente con tristeza profunda —"apesadumbrado" es la palabra— aunque no sé si en 1989 habría sabido decirlo así. Entonces era yo quien empezaba a contar mis travesuras y también disfrutaba cuando volvía a verlo sonreír.
Al llegar al pueblo me presentó a sus amigos; eran una banda similar a él en dureza pero sin carisma. Estaban bebiendo cerveza y me ofrecieron una; respondí negativamente sin saber bien por qué ya que tampoco era muy aficionado —solo bebía Baileys con hielo—. Uno salió casi corriendo para volver pocos minutos después con una botella, un vaso y hielo. Yo estaba acostumbrado a que mi abuela dijera algo para inmediatamente verlo cumplido pero aquello hecho por Michael me pareció increíblemente superior porque ni siquiera tuvo que mencionarlo.
Cuando pensé que así transcurriría la tarde llegaron otros chicos también con pinta de macarras y la situación se tensó. Michael se acercó al más fiero diciendo que conmigo no se metieran; todos estuvieron de acuerdo y empezaron a pelearse. Michael fue el más duro aunque algunos rivales también eran violentos e hicieron sangrar a varios de los nuestros. De alguna manera incomprensible para mí, la batalla terminó tras media hora aproximadamente cuando los malos se retiraron porque habíamos ganado nosotros. Michael proclamó la victoria delante de sus compañeros y volvimos solos caminando hacia el castillo. No se atrevió a entrar con la cerveza; tiré mi botella de Baileys y nos vieron juntos sin preguntar dónde había estado nadie.
Fuimos al campo de fútbol donde nos tumbamos sobre el césped ya anocheciendo; él recostó su cabeza sobre mi barriga aunque yo no podía verlo porque estirado solo miraba el cielo. Empezó a hablar sobre la pelea: cómo había aprendido a dar puñetazos para hacer más daño; luego cambió el tono —sin dramatismos— por uno más frágil y me contó que su mejor maestro para pegar puñetazos había sido su padre quien los golpeaba tanto a él como a su hermano pequeño porque su madre murió atropellada cuando iba a recogerlos al colegio, culpándolos cuando bebía.
Volvió al golpe que me dejó inconsciente en ese mismo campo y lloró otra vez diciéndome que no habría podido soportar mi muerte; simplemente no habría podido hacerlo. Aunque desconocía cómo actuaría una madre ante eso —o algo parecido— acaricié su denso pelo negro dejando que llorara por mi muerte… y por la suya propia.









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