La fotografía digital tiene gran parte de culpa. Con su aparición dejó de ser importante escoger el momento perfecto para hacer una foto que luego habría que revelar, imprimir y pagar. Aunque en realidad los mayores responsables sean los teléfonos móviles inteligentes omnipresentes y sus sofisticadas cámaras. Nos hemos acostumbrado a sacarlos del bolsillo y hacer una foto de un detalle arquitectónico, de la plaquita de un museo, de nuestro grupo de amigos en una reunión social, de un concierto, de un paisaje inolvidable y sí, claro, de una y mil puestas de sol.
Así que cuando hace unas semanas me fui a Maui, en Hawái, para relajarme un poco, tomar el sol y tratar de nadar con tortugas, no pude imaginarme que sería tan difícil fotografiarlas. No tuve ningún tipo de problema para conseguir hacer esta foto del crepúsculo perfecto o esta otra del desayuno con arco iris idílico. Pero de mis sesiones de snorkel con tortugas y un sinfín de otra fauna marina (cuyo nombre desconozco) no queda gran cosa más allá de mis recuerdos.




