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Tras dos candidaturas derrotadas, miles de millones de dólares erogados en preparativos y un debate nacional sobre si todo ello ha valido la pena, los Juegos Olímpicos de Invierno se inauguran el viernes en Pyeongchang, con una ceremonia de gala cuyo tema principal es la forma en que Corea del Sur salió de la pobreza y se convirtió en una de las naciones más modernas de Asia.
Esta localidad en las montañas, una de las más frías y pobres dentro de una Corea del Sur por lo demás próspera, se constituirá durante un par de semanas en la capital de los deportes invernales, del movimiento olímpico y, quizás, de la reconciliación entre las dos Coreas.
Habrá muchas emociones para los fanáticos de los deportes que se practican en la nieve y el hielo, y también para quienes sólo echan un vistazo a estas disciplinas cada cuatro años.
Está por verse si los 168 deportistas de Rusia, que deben competir con uniforme neutral y bajo la bandera olímpica como sanción por un abarcador programa de dopaje, pueden conseguir alguna presea de oro para un país que bajo otras circunstancias sería una de las grandes potencias de estos juegos.
Pero más allá del aspecto deportivo, Pyeongchang 2018 podría quedar en el recuerdo por una serie de acontecimientos políticos que rodean la celebración deportiva.




