Una mañana de abril, miré mi teléfono resignado a encontrarme con más noticias sobre las calamidades del mundo. En cambio, había una alerta de Fotos en la que me avisaba que los robots procesadores de imágenes de Google habían creado una especie de colección con mis videos.
Ya había visto ese tipo de videos producidos con inteligencia artificial -los que hace Facebook del resumen de tu año son una desgracia recurrente-, así que no esperaba mucho. Entonces, presioné reproducir y, en treinta segundos, estaba hecho una ruina, con la cara larga y llorosa.
El video era de mi hija de 5 años, Samara: casi cada momento que ha estado despierta ha sido conmemorado de forma minuciosa y permanente por mí, su padre obsesionado con las cámaras. Mi obsesión ha creado una pesadilla archivística; los videos y las fotos de Samara y su hermano mayor, Khalil, ambos nacidos en la era de los teléfonos inteligentes, ahora abarcan varios terabytes -más imágenes de las que un humano podría tener el tiempo de revisar de manera exhaustiva-. Alguien se podría preguntar, ¿para qué capturar todos esos momentos?
Bien, en esta simple colección de dos minutos, Google Fotos me permitió observar un destello de la respuesta.
Las computadoras de Google pueden reconocer rostros, incluso los que envejecen. Google Fotos también parece entender el tono y el valor emocional de las interacciones humanas, cosas como las sonrisas, las risitas nerviosas, fruncir el ceño, los berrinches, los bailes de alegría e incluso fragmentos de diálogos como “¡Feliz cumpleaños!” o “¡Bien hecho!”. Sincronizado con una música de película de Hollywood, el resultado fue un montaje en el que se mezclaron eventos que eran de una importancia evidente -cumpleaños, obras de teatro escolares- con decenas de momentos comunes y corrientes de dicha infantil.
Ahí estaba Samara de bebé cuando le cortaron el pelo, cuando dio unos pocos pasos tambaleantes; Samara de pequeña cuando jugaba con su hermano, cuando peleaba con él, cuando se zambullía con bravura en su clase de natación; Samara ya en edad preescolar mientras comía pizza en un viaje en auto, cuando le sacaba la lengua a la cámara. No puedo publicar el video aquí; sería como si mostrara su diario. Sin embargo, si Samara alguna vez se postula como presidenta de su clase en el kínder, el video de Google podría ser equivalente al video Man From Hope de Bill Clinton y ganaría con un triunfo aplastante.
A esto me refiero cuando hablo de un “golpe que me tomó por sorpresa”: ¿quién creería que un software le haría llorar? Las imágenes en Instagram y Snapchat podrán conmoverte en el día a día, pero Google Fotos no es una red social; es una red personal, un servicio que comenzó hace tres años, cuyo objetivo en esencia era funcionar como una base de datos que albergara nuestras crecientes colecciones de fotos privadas, y un servicio que en su mayoría dirigen máquinas, no otros humanos que publican cosas a las que les dan me gusta.
Y, a pesar de todo, de las tecnologías que uso con regularidad, Google Fotos se ha convertido en una de las más relevantes en términos emocionales. Es extraordinaria, no solo por el grado de utilidad que tiene, sino porque ha eliminado cualquier dolor de cabeza que provocaban el almacenamiento y la búsqueda a través del tsunami de fotos que todos producimos. Más aún: Google Fotos es extraordinaria porque presagia un posible entendimiento de nosotros mismos por medio de la fotografía.
Con su enfoque intenso en la estructuración por medio de inteligencia artificial, Google Fotos sugiere el inicio de una nueva era de historiadores robot personalizados. Los billones de imágenes que tomamos todos se convertirán en la materia prima de los algoritmos que organizarán los recuerdos y construirán las narrativas sobre nuestras experiencias humanas más íntimas. En el futuro, los robots sabrán todo de nosotros y contarán nuestras historias.




