Quién pueda leer, que lea

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Por Mel Adames

La culminación del proceso de las Primarias en la Campaña electoral presidencial de los Estados Unidos, ha encontrado a los ciudadanos de la gran nación del norte, en un acuciante dilema.

Hace algunos meses, y en respuesta al encontronazo entre Donald J. Trump, y el periodista de origen mexicano, Jorge Ramos, yo comentaba que Donald Trump no era todavía mi candidato.

Personalmente, no creo que esté todavía en disposición de aceptar completamente el hecho de que él (Donald J. Trump) pudiera ser una mejor opción; pero, aun en esa angustiante posición, la pregunta continúa asaltando mis preocupaciones: ¿Será que habrá una mejor opción?

El aval moral de Hillary Rodham Clinton, es turbio — por no decir despreciable. A la señora Clinton le acompañan una nube impenetrable de intriga, engaño y falsedad, y un expediente mediocre — por no decir desastroso. Sus  gestiones como senadora por el estado de Nueva York y como Secretaria de Estado son expediente vergonzoso de la irreverencia política que ha dominado la plataforma demócrata durante las últimas décadas.

Queriendo distanciarse del núcleo de cabezas calientes dentro del partido Republicano, Donald J Trump, por su lado, ha demostrado un temple impulsivo — a veces errático y obtuso — que lo ha colocado en una significativa desventaja con el electorado — por lo menos, hasta ahora.

Dada la presente coyuntura histórica, a la precaria situación cultural y social de los Estados Unidos, se le ha añadido la noción de que sus ciudadanos están en un encrucijada inmisericorde, la cual demanda de ellos, algo que ellos mismos no están preparados para aceptar — no todavía.

Con cada ciclo electoral, las emociones se enturbian, y las nociones de vida comunitaria y social sufren de embestidas suicidas que las amenazan desde dentro. Los Estados Unidos comienzan a dar tumbos, como borracho que no sabe a dónde va.

Lo cierto es que los EE.UU padecen en estos momentos graves indigestiones internas. Como es bien sabido de todos, las indigestiones, no tienden a ser mortales — solo hacen imposible el disfrute de la vida misma.

La vida del ciudadano promedio estadounidense ha desmejorado notablemente en los últimos 10 años, mientras que la fibra social y cultural de la nación norteamericana se tambalea ante los siempre cambiantes factores de una economía que ya no vibra con la prosperidad y holgura de los años pasados.

Esa condición, por un lado, ha empujado al electorado a abrazar posiciones un tanto extremas, y lo ha lanzado—por el otro lado — hacia una aventura política, la cual lejos de ser auspiciosa, lo que hace es tender, sobre la nación misma, un manto de incertidumbre y desconfianza.

Ninguno de los dos candidatos del momento, tiene el aval político-social para hacer despejar tales inseguridades. Y como diría uno de mis cuñados: Ahí fue que me dio miedo.

Lo que sí es ineludible, sin embargo, es el hecho de que ante la disyuntiva que le ha sido impuesta al proceso electoral norteamericano, no parece haber otra salida sino aquella de abandonar “al malo conocido” y forzosamente “abrazar al bueno por conocer.”

El que pueda leer, que lea.

 

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