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A través de un viaje al pasado me encuentro con mi otro yo. Ese yo joven y osado, que publicó un poema en el primer boletín de un taller literario que forjó el talento de una gran cantidad de poetas, y de los cuales, hoy, muy pocos permanecen en activo. Otros, lamentablemente, ya se marcharon al infinito.
En efecto, el poema «Lluvia del crepúsculo» fue publicado en el primer boletín del Taller Literario César Vallejo — con fecha 30 de marzo de 1979 –, y se trataba de un colectivo de jóvenes creadores, iniciados en las letras nacionales, que estaba vinculado al Departamento de Difusión Artística y Cultural de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.
El poema en cuestión está compuesto por el título y los siete versos que transcribo.
Y de aquel yo de finales de la década del 70 del siglo pasado, que se dio a conocer en el parnaso nacional, a través de un poema sencillo, regreso a un yo del presente siglo. Un yo definido por la buena crítica como el escritor Rafael García Romero, que dejó de escribir poemas y desde la prosa trabaja cuentos con una audaz singularidad narrativa; y de quien el bardo Persio Pérez escribió el siguiente comentario.
Leamos:
Este cuento de Rafael García Romero titulado «Una despedida formal» recoge en la intimidad de sus palabras revelaciones de una realidad existente, que puede darse en una relación de dos amantes llenos de juventud, belleza y fuerza pasional, mientras ellos conversan sobre la simple ráfaga de silencio y olvido que encierra el tiempo.
Ella le pregunta en la alcoba cómo la recordaría al paso de los años y esa memoria absorta que va acumulando vivencias en los rincones interiores y exteriores del alma, a veces, nos acorrala cuando la realidad onírica o imperecedera permite mirarnos con cierto desdén frente al espejo de los años como algo que fuimos y que no volveremos a ser.
La juventud se ha ido y solo va dejando pasos cansados, huellas de un silencio con olor a flores de Campo Santo. «Una despedida formal» a una mujer que camina rumbo al matrimonio y a la pregunta cómo me recordaría, él le responde: tú vas a ser feliz con él.
Pasaron 50 años cuando en verdad se pierde todo aquello que una vez fuimos para los ojos de la cara y no para los del alma, capaz de dejar una imagen detenida en el tiempo.
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