“El paso del tiempo impulsa al olvido”, señala el actor, y al rememorar todo, se da cuenta de que no se formó solo: “Somos el resultado acumulado de cada individuo que encontramos, cada disputa, cada instante compartido con nuestros progenitores”.
Sylvester Stallone se expresa desde una perspectiva que pocos artistas alcanzan: una amalgama de conciencia histórica, franqueza sin disimulo y una competitividad que aún arde con la fuerza de un púgil que se niega a retirarse.
El diálogo sobre “Tulsa King” (de Paramount+), al que Listín Diario tuvo acceso, funciona solo como punto de partida; lo que verdaderamente emerge es el perfil de un hombre que lleva cinco décadas lidiando con la misma interrogante: ¿cómo perdurar en este medio sin perder la esencia humana?
Cuando se le inquiere sobre los desafíos que le presenta la serie, Stallone omite la autoglorificación o la leyenda. Responde con una franqueza casi cruda: la verdadera tensión no reside en la interpretación, sino en la redacción.
“Escribir es la tarea más ardua entre todas las disciplinas artísticas… es una arquitectura verbal”, admite, casi como si confesara una dependencia.
La imagen es palpable: folios tachados, conceptos transformándose, una estructura que parece jamás consolidarse.
En un momento, expone su método: un libreto inicial que deviene en miles de palabras reelaboradas. Ese es el Stallone menos conocido: el artesano consumido, quien erige universos con la misma vehemencia con que se preparaba para Rocky, aquel que redacta en parajes desolados, con las manos adoloridas, o incluso con guantes de boxeo puestos, pues no puede cesar ni en pleno rodaje.
Esta pulsión tiene raíces profundas. Al lanzar su libro *The Steps*, se ve forzado a mirar atrás sin artificios.
“El paso del tiempo impulsa al olvido”, afirma, y al examinar su recorrido, entiende que no se forjó en solitario: “Eres la acumulación de toda persona que conociste, cada contienda, cada instante con tus padres”.
Stallone lo comunica con una certidumbre casi mística: la noción de haber sido “designado” para contar una historia como la de Rocky, sobre un hombre maltrecho que halla un propósito. Lo dice sin alardeos, casi asombrado por su propia intuición de entonces: que tras el boxeo existía un acto trascendental que él mismo no supo discernir hasta décadas después.
Ese espíritu resurge vigoroso al hablar de Dwight Manfredi, su personaje en Tulsa King. Stallone se identifica con Dwight porque comprende a esos hombres que ya han padecido pérdidas significativas. Su enfoque del personaje brota de la nada: Dwight lo pierde todo —hija, pareja, libertad— y debe reconstruirse desde cero. Y Stallone insiste en algo fundamental: el afecto, incluso para un hombre recio, no es un adorno argumental, sino el fundamento. “Sin amor no hay relato”, sentencia, recordando que hasta Rocky solo existe debido a Adrian. Para él, un personaje sin vulnerabilidad es un ser inerte.
Al reflexionar sobre la masculinidad, Stallone se distancia de los moldes de los ochenta. Rechaza al héroe invencible. Su interés actual es exhibir las cicatrices. “Rambo es un joven abandonado, frágil, melancólico”, declara, casi defendiendo al personaje frente a décadas de interpretaciones erróneas. Y sobre Dwight, detalla algo revelador: a sus 75 años, el personaje debe elegir entre socavarse con el resentimiento o cultivar una familia sustituta, porque “el mal más letal del planeta es la soledad”. Ahí se revela el Stallone más auténtico: el individuo que ha visto lo suficiente para saber que el adversario no es la edad, sino el aislamiento.
Cuando aborda su relación con el éxito, el tono se transforma. No hay melancolía, sino un pragmatismo agudo. “La industria se desintegra”, sentencia, como quien ha presenciado la caída de numerosos emporios. Critica sin tapujos el cine que pretende adoctrinar en lugar de narrar, pues para él el arte no debería sermonear, sino “deleitar e iluminar”. Esa frase encapsula medio siglo de trayectoria: Stallone jamás aspiró a ser un predicador, sino un relator.
Stallone valora la sabiduría ancestral a la par que desconfía de las modas actuales. Defiende los tópicos manidos, llamándolos “consenso popular”, y argumenta que la vida cotidiana no varía: cambian las apariencias, pero no las necesidades esenciales del ser humano. En su voz se percibe la aspereza del tiempo, pero también una sensibilidad inesperada al nombrar a sus hijas. Relata que solo comprendió la preeminencia del afecto tras rozar la muerte durante una de sus tantas intervenciones quirúrgicas: “Le hice una promesa a Dios de que cambiaría”, dice, y no es necesario preguntar si la cumplió: su mirada hacia su familia lo confirma.
De todos los temas, hay uno que lo vertebra como espina dorsal: la lucha incesante contra la indiferencia. Stallone es consciente de que la fortuna puede erosionar el espíritu y concibe la alegría como algo totalmente desvinculado de la opulencia. “La felicidad es gratuita”, afirma, recordando las sonrisas de quienes carecen de bienes frente a la indiferencia de quienes lo tienen todo. Cuando se expresa así, no suena a estrella cinematográfica: parece un hombre que ha sobrevivido a sus propias sobredosis de triunfo y derrota.
Es en estas reflexiones donde se siente el verdadero peso de su vivencia. Stallone ha transitado lo suficiente como para reconocer que busca nuevos retos porque no sabe cómo inmovilizarse. “Si pudiera dedicarme a la pesca, lo haría”, confiesa. Pero luego admite lo ineludible: todavía necesita actuar, escribir, memorizar textos, porque ahí encuentra su vitalidad. El cuerpo desfallece —”soy un desastre”, bromea—, pero el intelecto sigue progresando, y eso parece ser todo lo que requiere.
El desenlace llega con una frase que podría funcionar como legado artístico: “¿Qué constituye lo suficiente? ¿Cuándo cesas de intentar demostrar tu valía? La contestación es nunca”. Lo dice sin angustia, sino con sosiego. Como alguien que ha combatido tanto que ya no concibe la existencia sin el cuadrilátero.
Stallone entiende que quizás su punto cúspide fue Rocky. Lo acepta: “Toqué techo”. Pero también sabe que la cúspide no define la vida de un hombre. Lo definen las veces que se levanta de nuevo. Y en ese aspecto, no hay duda: sigue en pie.
Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.















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