Comienzo a teclear estas líneas en la cocina del apartamento donde resido. Una estancia bastante reducida, que permite moverse en un área de apenas un metro de anchura y tres de longitud. Trabajo en el portátil sobre una mesa plegable, que se tambalea, asentado en un asiento de madera que, con sigilo y mesura, he trasladado desde el salón. Es una de las secuelas de redactar al amanecer, antes de que claree, momento en que todos descansan y el único sitio donde el golpeteo de mis dedos sobre el teclado no molesta, es esta pequeña cocina. A otras horas, puedo hacerlo en la encimera del reducido espacio que tengo dispuesto en una de las habitaciones, cual pequeña oficina. Pero, claro, al ser otros momentos, de algún modo, el entorno es más apacible, aunque a la vez, existen otros impedimentos y desafíos a los que hacer frente.
Esto de hallar el instante oportuno para escribir, esconde múltiples aporías y, encontrar las condiciones óptimas, implica una complicación que a veces resulta ardua de resolver, pues estamos expuestos a innumerables sucesos que cortan la labor: la inercia, las distracciones, los quehaceres diarios, las responsabilidades profesionales… son tantos y tan diversos que ese sitio ideal (lugar y tiempo) para crear, muy probablemente no exista.
Y en este punto, resulta inevitable recordar episodios en los que otras personas han atravesado circunstancias parecidas. El arte, sin duda, nos muestra lo minúsculo que es el ser humano y lo endeble que es el orden. En esta línea, hay un poema de Charles Bukowski que, con su perspectiva irreverente y jocosa, juega con aspectos que forman parte de la existencia, y no nos queda más remedio que aceptarla o rendirnos. El texto al que me refiero se denomina: “Aire, luz, tiempo y espacio” y en una sección del mismo, alude a esa circunstancia de que, si deseamos componer, lo haremos a pesar de todas las trabas que engloba la vida:
“no, amigo, si deseas crear crearás aunque labures dieciséis horas diarias en una mina de carbón o estés desempleado y vivas en un tugurio con tres chiquillos, crearás aunque te hayan extirpado trozos del cuerpo y del alma, crearás estando ciego lisiado demente crearás aunque un felino se te suba a la espalda y la urbe entera se estremezca sacudida por un sismo o por los explosivos, las inundaciones o los incendios”.*
Incluso hay una adaptación visual del poema que conserva el tono desenfadado, en la que se ve al autor obstinado en su escritura a pesar de que afuera se desarrollan todo tipo de calamidades. Así es, quiero decir, la visión con cierto humor del asunto, “tomárselo con filosofía”, porque la realidad intrincada puede derivar en escenarios desalentadores. En una red social, encontré una reflexión de alguien a quien le gustaba escribir, quien lamentaba que en su vida cotidiana le era imposible hacerlo debido a que tenía demasiadas labores que atender y tal cúmulo de faenas que le resultaba inalcanzable. Imposible, no solo por el escaso tiempo que le quedaba, sino por el enorme agotamiento que le generaba todo ese esfuerzo. Sencillamente, cuando llegaba a su hogar tras finalizar su jornada, se hallaba tan exhausto física y mentalmente que solo anhelaba que el día concluyera de una vez por todas.
Es ineludible que un panorama así, afecte a nuestra vida. Y con el tiempo la degrade. Por ello, considero crucial hallar un remanso para nosotros mismos. Un lugar donde poder dedicarnos a aquello que nos entusiasma. Hace años que compongo mayormente en las primeras horas de la mañana, es la primera ocupación al empezar la jornada. Por supuesto, no es un dogma, no es que lo siga al pie de la letra, pero pretendo que así sea. Acostumbrarme a esa hora fue un acto de preservación, una adaptación a la mudanza. Puesto que he redactado en otros momentos del día, como por la tarde, tras la faena o incluso durante una etapa lo hacía al anochecer tras cenar. Pero en cierto punto, el horario y la rutina laboral me dejaban exhausto, no tenía bríos ni ganas de ponerme a ello. Entonces modifiqué mis costumbres para poder continuar con mi escritura a pesar de que había gente que no comprendía cómo podía levantarme a esas horas para eso. Con el tiempo he verificado, con satisfacción, que es una de las mejores resoluciones que tomé, porque lo primero que hago al despertar es aquello que da sentido a mi existencia y que es mi auténtica vocación, por mucho que yo sea el único que lo perciba.
Y ahora que cuento con un sillón ergonómico, con un monitor grande, con una mesa de trabajo confortable y todos los instrumentos para facilitar la labor, me encuentro relegado a la cocina, como única manera de seguir percutiendo las teclas de mi ordenador cada mañana, antes de iniciar la rutina profesional. Es la única vía para ejercitarme antes de todo ese torbellino de faenas y actividades diarias que acaban dejándome exhausto física e intelectualmente. Quizás, todo esto no sea más que otro intento de eludir la desesperación, de evadirse un poco de la compleja realidad del mundo que nos ha tocado vivir. Tal vez tan solo sea un acto de preservación. Únicamente eso.
Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.















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