Durante el último siglo, el dólar estadounidense ha perdido cerca del 90 % de su poder adquisitivo. Este fenómeno, aunque muchas veces ignorado en el debate público, explica en gran medida por qué el costo de la vida ha aumentado de forma sostenida, incluso en economías consideradas estables. No se trata únicamente de que los precios suban, sino de que el dinero, como unidad de medida, vale cada vez menos.
Desde el abandono del patrón oro y la expansión del dinero fiduciario, el dólar ha sido respaldado principalmente por la confianza, la deuda y la política monetaria. La Reserva Federal, al igual que otros bancos centrales, ha recurrido de manera recurrente a la emisión monetaria y a tasas de interés artificialmente bajas para estimular el crecimiento económico. El resultado ha sido una inflación estructural que erosiona el poder adquisitivo de salarios y ahorros.
Tasas negativas: el experimento europeo y japonés
En las últimas décadas, Japón y la Unión Europea llevaron estas políticas aún más lejos al implementar tasas de interés negativas, una medida sin precedentes a gran escala. El objetivo era incentivar el consumo, evitar la deflación y estimular la inversión. Sin embargo, el efecto colateral fue profundo: el dinero dejó de tener un costo real, distorsionando la asignación de capital.
Este contexto dio lugar a una estrategia ampliamente utilizada por grandes inversionistas institucionales: tomar préstamos baratos en euros o yenes y reinvertir esos fondos en deuda estadounidense, que ofrecía rendimientos relativamente más altos. Este “carry trade” fortaleció artificialmente la demanda por bonos del Tesoro de EE. UU. y, por extensión, al dólar.
El fin de una era monetaria
Hoy, ese modelo muestra claros signos de agotamiento. Europa y Japón enfrentan inflación persistente, déficits fiscales crecientes y poblaciones envejecidas, lo que limita su capacidad de seguir sosteniendo políticas de tasas negativas o ultra bajas. Continuar por ese camino implicaría una mayor pérdida de credibilidad de sus monedas y un deterioro aún más profundo del poder adquisitivo de sus ciudadanos.
Como consecuencia, estas economías comienzan a replantear su rol como economías de consumo financiadas por deuda barata, y se ven obligadas a adoptar políticas más restrictivas, aun cuando esto implique menor crecimiento a corto plazo.
BRICS y el retorno a los activos tangibles
Mientras tanto, los países del bloque BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, junto con nuevos miembros) están siguiendo una estrategia distinta. En lugar de depender exclusivamente de deuda y monedas fiduciarias, están incrementando sus reservas de oro, fortaleciendo activos reales y mejorando su relación deuda-activos.
Este movimiento no es casual. Representa una clara intención de reducir la dependencia del dólar, protegerse frente a la inflación global y construir sistemas financieros más resilientes ante choques externos. El oro y otros activos tangibles vuelven a ocupar un lugar central como respaldo de valor y confianza.
¿Está en riesgo la hegemonía del dólar?
Todos estos factores convergen en un punto crítico: la incertidumbre creciente sobre el futuro del dólar como principal moneda de reserva mundial. Si los países continúan reduciendo su exposición a la deuda estadounidense y diversificando sus reservas, el rol del dólar podría verse gradualmente erosionado.
Esto no implica un colapso inmediato, pero sí un cambio estructural. El dólar podría dejar de ser percibido como el refugio automático de estabilidad financiera global, dando paso a un sistema más fragmentado, con múltiples monedas, activos reales y acuerdos regionales compitiendo por relevancia.
En definitiva, el mundo parece estar transitando hacia un nuevo orden monetario, donde la confianza ya no se basa únicamente en la emisión de deuda, sino en la solidez de los activos, la disciplina fiscal y la credibilidad a largo plazo de las economías.










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