Fuente: Juan Salazar/juan_salazar@listindiario.com
Existe una percepción casi unánime de que el año 2025 fue especialmente complicado. He notado esta sensación en charlas con amigos, colegas, compañeros de trabajo y familiares, así como en entrevistas realizadas por diversos medios sobre las expectativas para el año que comienza.
Al revisar los análisis del 2024 y las proyecciones para 2025, encontré que son muy similares a las actuales. Tal vez la gran diferencia entre ambos años fue la tragedia ocurrida en la discoteca Jet Set, donde fallecieron 236 personas y cerca de 180 resultaron heridas. Si ese evento se trasladara al 2024, el año pasado se percibiría de mejor manera.
Un dato revelador en este sentido es que, durante el operativo preventivo de Navidad y Año Nuevo 2024-2025, 838 personas sufrieron intoxicación por alcohol y, de ellas, 94 eran menores de edad.
En el informe presentado el jueves pasado referente al operativo 2025-2026, el Centro de Operaciones de Emergencias (COE) comunicó que hubo 769 intoxicados por alcohol, con 65 menores entre ellos. Aunque la cifra disminuyó, sigue siendo preocupante.
¿Por qué cada año continúan intoxicándose niños, niñas y adolescentes con alcohol en las festividades navideñas y de fin de año?
Los gobiernos destinan miles de millones en campañas publicitarias para promocionar sus logros e incluso las obras más pequeñas que realizan, pero no destinan ni un centavo a campañas educativas sobre los daños que causa el consumo de alcohol en grupos vulnerables como los menores y las embarazadas.
Quizás el pesimismo que se siente al terminar cada año y comenzar uno nuevo se debe a observar cómo se repiten anualmente realidades, a veces con mayor crudeza, que parecen integrarse a la rutina diaria y tristemente terminamos aceptando como normales.
A menos que ocurra algo fuera de lo común —como el colapso del techo en Jet Set el 8 de abril de 2025 o la conmoción causada por un escándalo de corrupción sin castigo en Senasa— la corrupción impune, feminicidios vergonzosos, desapariciones sin resolver, delincuencia alarmante, deficiencias en servicios públicos, caos vial, justicia parcializada, educación y salud insatisfactorias, deterioro económico constante, aumento del costo de vida y pobreza disfrazada con dádivas insignificantes son males que forman parte del recuerdo colectivo al evaluar cada año.
Tanto a nivel personal como respecto a la dirección del país, la valoración es negativa; sumado al tenso panorama geopolítico mundial, esto dibuja un panorama poco alentador para 2026. Sin embargo, no debería ser así.
Un año marcado por dolor, sufrimiento, pruebas y retos inesperados no debería definir lo que viene después. Perder la esperanza sería renunciar a algo fundamental que siempre debe acompañarnos pese a las adversidades.
Cuando el apóstol Pablo reflexionó sobre la supremacía del amor en una carta escribió: “Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor” (1ra. de Corintios 13-13. Biblia, versión Reina-Valera).
Sacado fuera de contexto parecería que fe y esperanza son descartables; sin embargo, si bien el amor prevalece más, ambas siguen siendo esenciales.
De ahí vienen tantas expresiones diferentes para describir la esperanza y su importancia: “Luz en la oscuridad”, “El motor de la vida”, “El combustible del alma”, “Mientras hay vida hay esperanza”, “Lo último que se pierde”.
Creo que para 2026, a pesar del legado negativo dejado por 2025, conservar la esperanza será siempre nuestra mejor elección; aunque debe ir acompañada por acciones necesarias para generar cambios personales y colectivos.
Así evitaríamos caer en la dura crítica del filósofo alemán Friedrich Nietzsche quien afirmó: “La esperanza es, en verdad, el peor de los males, porque prolonga las torturas de los hombres”.
Prefiero compartir la visión positiva del activista estadounidense Martin Luther King cuando dijo: “Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo hoy todavía plantaría un árbol”.
El mejor símbolo de una vida esperanzada es dormir cada noche con la certeza firme de despertar al día siguiente. Entregamos nuestro sueño sin miedo a no abrir los ojos nuevamente.
No podemos prever qué traerá 2026 a nivel personal ni nacional; al final será nuestra forma de enfrentar lo que marcará la diferencia. El próximo año puede ser tan productivo como lo imaginemos y gestionemos.
No se trata solo de esperar pasivamente una mejora o quedar paralizados ante dificultades; debemos actuar sembrando ese árbol aunque haya pronósticos adversos como sequías.
En cuanto a nuestras autoridades, mantengamos la confianza en que durante todo 2026 se darán pasos para evitar terminar con cifras tan desalentadoras que reflejen “un año más” sin soluciones a problemas históricos.
Salvo que otra tragedia evitable similar a la ocurrida en Jet Set o un nuevo robo millonario en sectores vitales como la salud marquen una diferencia negativa este año ya iniciado.
Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.










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