Fuente: Listin diario
Nuestro cerebro actúa como una máquina dedicada a la supervivencia. Su función no es maximizar nuestra felicidad o bienestar, sino asegurarse de que permanezcamos con vida.
Según un reciente y sólido análisis psicológico del clínico Charlie Heriot-Maitland, de la Universidad de Stanford (Estados Unidos), en su libro ‘Controlled Explosions in Mental Health’, las conductas de autolesión y autosabotaje, que van desde pellizcarse hasta evitar a otras personas, son productos de mecanismos evolutivos diseñados para conservar la vida.
El autor examina en su obra las necesidades biológicas que motivan estos comportamientos perjudiciales. Sostiene que, aunque puedan parecer ilógicos, el cerebro utiliza estas pequeñas heridas como una forma de protección para impedir daños más graves. Por ejemplo, alguien puede retrasar el inicio de un proyecto perjudicándose a sí mismo, pero intenta así evitar un daño aún mayor: el fracaso o el rechazo.
Nuestro cerebro funciona como un mecanismo para sobrevivir. No está diseñado para optimizar nuestro bienestar o felicidad, sino para mantenernos vivos. Requiere que vivamos en un entorno predecible, detesta las sorpresas y no desea que nos tome desprevenidos, explica Heriot-Maitland.
Aunque enfrentarse a amenazas y peligros ya es complicado, el estado más riesgoso para los humanos es estar expuestos a peligros imprevisibles. “Nuestro cerebro no puede tolerarlo e interviene para ofrecernos versiones más controladas y predecibles de esas amenazas. Preferiría que fuéramos nosotros mismos quienes provocáramos nuestra caída antes que arriesgarnos a ser derribados por factores externos. También prefiere que estemos preparados para enfrentar la hostilidad interna antes que no estar listos para la externa”, detalla el especialista.
Este mecanismo protector se basa en un principio esencial: el cerebro opta por enfrentar una amenaza conocida y controlable antes que arriesgarse con una desconocida y fuera de control.
La base científica de esta teoría radica en la evolución del cerebro humano, concebido para sobrevivir y no necesariamente para ser feliz. Está programado para detectar peligro constantemente, lo que facilitó la supervivencia de la especie. Sin embargo, hoy esto provoca que estemos atentos a cualquier posible daño futuro, ya sea físico o emocional.
Heriot-Maitland propone esta estrategia evolutiva de “más vale prevenir que lamentar”: aunque sabemos que no es saludable comer una bolsa completa de chocolates, lo hacemos para evitar una vergüenza mayor derivada del fracaso. Otro caso es evitar a alguien aunque no nos odie realmente, con tal de esquivar un posible rechazo aún peor.
Nuestros cerebros han evolucionado para detectar amenazas incluso donde no existen, con el fin de activar respuestas protectoras. Todos heredamos un sistema sensible para identificar y reaccionar ante peligros, señala el psicólogo.
Las conductas autosaboteadoras más frecuentes incluyen procrastinar, perfeccionismo y pesimismo. El perfeccionismo funciona parecido a la procrastinación pero mediante distintos mecanismos; mientras procrastinamos desviando la atención de las tareas, los perfeccionistas pueden mostrar hiperconcentración buscando evitar errores. La motivación principal suele ser evitar fracasar, pero esto puede generar estrés y agotamiento extremo.
La autocrítica también constituye una forma de autosabotaje, ya sea intentando mejorar o culpándose para ganar sensación de control; todos estos comportamientos implican un secuestro neurológico donde el sistema cerebral encargado de responder a amenazas utiliza funciones cognitivas superiores como la imaginación y el razonamiento.
El sistema encargado de detectar amenazas emplea estas funciones cognitivas; por eso cuando sentimos miedo nuestra imaginación se llena rápidamente de escenarios que anticipan ese temor, explica el experto.
Un problema del autosabotaje, destaca Heriot-Maitland, es que con frecuencia se vuelve una profecía autocumplida. “Si creemos que no somos buenos en algo, quizá no nos esforcemos lo suficiente y terminemos rindiendo menos de lo que podríamos si tuviéramos otra creencia”, señala. “O si pensamos que alguien no nos aprecia y lo evitamos, nuestro miedo al rechazo puede impedirnos formar una relación”.
Muchas veces estas conductas están relacionadas con experiencias difíciles: traumas, amenazas o tragedias vividas. No obstante, las explosiones controladas nos dañan; debemos tenerlo presente.
Las intervenciones psicológicas efectivas se enfocan en tratar el dolor emocional subyacente, dice Heriot-Maitland; sin embargo reconoce que es “una decisión compleja” y poco probable que exista una “solución rápida”. Ante esto afirma: “Resolver el daño subyacente suele implicar dos aspectos: generar seguridad frente a la situación temida y lamentar la pérdida de una necesidad esencial insatisfecha o negada en dicha situación”.
Para romper el ciclo del autosabotaje la clave no es aumentar la autocrítica —que solo desgasta aún más las vías neuronales— sino practicar la autocompasión. Para aprovechar la neuroplasticidad cerebral y adquirir hábitos menos dañinos las personas deben reconocer deliberadamente sus comportamientos primero: “Fomentar esta motivación compasiva en procesos así requiere tiempo, esfuerzo e intención; no sucede automáticamente”, argumenta el psicólogo.
Finalmente, Heriot-Maitland señala que entender primero el origen evolutivo del autosabotaje permite reconocer su función protectora y al mismo tiempo abordar los daños causados sin juzgar. Concluye: “No buscamos combatir estos comportamientos ni tampoco dejarlos dominar nuestras vidas sin control; tenemos opciones”.
Este contenido fue hecho con la asistencia de una inteligencia artificial y contó con la revisión del editor/periodista.









Agregar Comentario